Guardianes del Umbral

CAPÍTULO 2: El Eco de la Ausencia, Bloque I: La Inercia del Mundo Real

Capítulo 2: El Eco de la Ausencia.

“Se declara el inicio del periodo de la Penumbra. Con la extinción del Eco de Lucas Erodes, el equilibrio de los mundos se ha roto, los exponentes más fuertes han caído y se acerca un caos desde la ruptura impulsados por el hambre de poder y los problemas ocasionados por aquellos que intentarán tomar el lugar de Nyx, el señor del caos primordial que ha dejado su lugar vacío. No buscamos un sustituto para Lucas Erodes, pues lo imposible no se reemplaza; buscamos una coincidencia que permita que los mundos no sigan perdiendo su equilibrio. Los daños colaterales fueron enormes, pero gracias a la increíble labor de Lucas Erodes, la señorita Xena y todo el equipo que dirigió el campamento, Los mundos, Resendar y el comercio mundial de Limine sobrevivió.”Dictamen de Emergencia 002-B del Consejo del Arcontado del Eco, tras recibir los informes de la batalla y daños colaterales.

“La muerte de un Guardián no es el fin de la batalla, sino la transformación de la guerra. No te preguntes por qué el destino te ha elegido a ti para llevar el luto; pregúntate si tu alma es lo suficientemente ancha para contener el vacío que ha dejado un gigante.”Discurso de Elian, Encontre de la Encontría de Resendar, Antiguo Maestro de la Senda del Conocimiento en los institutos del Arcontado del Eco.

Bloque I: La Inercia del Mundo Real

El pitido del despertador no fue lo que despertó a Alaric; fue el silencio residual de la pesadilla. Se quedó mirando el techo de su habitación en San Salvador, con el sudor frío pegándole la camiseta al pecho y la respiración entrecortada. El eco de aquel estallido de luz blanca en el que su hermano desaparecía aún vibraba en sus oídos.

—Fue el calor —se mintió en voz alta, mientras se incorporaba con pesadez—. Calor y falta de sueño.

Se pasó una mano por el rostro, tratando de borrar las imágenes que no tenían lógica. Alaric creía en los voltajes, en los protocolos de red y en las leyes de la termodinámica. En su mundo, las personas no se convertían en luz ni los cielos se fracturaban en dorado y púrpura.

Se vistió casi mecánicamente. El uniforme del trabajo, el carné colgado al cuello, las llaves. Salió de casa con el tiempo justo, sintiendo ya el peso del sol de marzo. Caminó hacia la parada, esquivando las grietas del pavimento que parecían, por un segundo, brillar con ese mismo tono violeta de sus sueños, pero al parpadear solo eran restos de aceite y asfalto caliente.

Cuando el bus de la 101B se detuvo frente a él, el frenazo hidráulico lo devolvió a la tierra. Se subió a empujones, buscando un espacio donde sostenerse mientras el motor rugía con un esfuerzo metálico. El aire dentro de la unidad estaba viciado, una mezcla de perfume barato, sudor y el humo negro que se colaba por las ventanas abiertas. Alaric se sujetó del pasamanos desgastado, sintiendo las vibraciones del motor en sus huesos. “Esto es lo real”, pensó. El roce de los hombros con desconocidos, el cobrador gritando los destinos, el traqueteo del bus subiendo hacia Santa Tecla. Nada de eso era poético. Nada de eso era mágico.

Durante el trayecto hacia el trabajo, el mundo real intentó devorar sus miedos con su rutina habitual. El humo de los buses inundaba el aire, el sol golpeaba el asfalto con una agresividad ciega y el murmullo de una ciudad que nunca tiene tiempo para el duelo lo envolvía todo.

Mientras iba en el bus, Alaric desbloqueó su celular por inercia. Las notificaciones de las agencias de noticias internacionales inundaban la pantalla. «Anomalías atmosféricas sin precedentes», rezaba un titular de la BBC. Él lo leyó con el desapego de un técnico buscando un patrón de error en un servidor. Quería creer que la desaparición de Lucas era una falla en el sistema, algo que se podía reparar con el manual de instrucciones correcto, y no un agujero negro en el centro de su existencia.

«Fallo masivo en los cables submarinos de fibra óptica; el comercio asiático reporta latencias críticas». «Extraña aurora boreal avistada en latitudes tropicales desconcerta a la comunidad científica». «Tormenta electromagnética sin precedentes causa apagones en sectores de Europa y Oriente Medio».

—Vaya desastre de infraestructura —murmuró Alaric, guardando el teléfono. Para él, eran solo problemas de mantenimiento a escala global, fallos de sistema que algún equipo técnico en otra parte del mundo estaría sudando por reparar. No podía imaginar que esos "fallos" eran las ondas de choque de una batalla que había ocurrido en el tejido mismo de la existencia.

Al llegar a la parada de la colonia San Francisco, Alaric corrió. Al entrar a la empresa de mantenimiento técnico, el caos lo recibió de frente. El ambiente estaba tenso; los indicadores de los servidores parpadeaban en rojo.

—¡Erodes! Qué bueno que llegas —le gritó su supervisor sin despegar la vista de un monitor—. Se nos cayó el nodo principal del sector sur. Parece una sobretensión, pero no encontramos el origen.

Alaric asintió y se sumergió en la lógica de los circuitos. Allí, los problemas tenían solución: si un servidor fallaba, se diagnosticaba y se reemplazaba la pieza. Era un lenguaje limpio, binario. A su alrededor, el ventilador de techo giraba con un chirrido constante, tratando inútilmente de disipar el calor sofocante y el olor a soldadura de estaño. Sus compañeros discutían a gritos sobre si los apagones eran culpa de la red nacional o de las famosas "tormentas solares" que mencionaban las noticias.

Alaric trabajaba en silencio. Para él, el trabajo era su ancla; mientras tuviera un destornillador en la mano y un diagrama que seguir, Lucas no había desaparecido, solo estaba "fuera de línea". Pero hoy, su propio sistema interno no respondía. Mientras abría un tablero eléctrico y el olor a ozono y metal caliente le llenaba la nariz, su mente volvía inevitablemente a su hermano.




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