Guardianes del Umbral

CAPÍTULO 2: El Eco de la Ausencia, Bloque II: El Colapso del Recipiente

A las 11:30 a.m., la lógica se rompió.

El taller seguía envuelto en el mismo calor sofocante de toda la mañana. Los ventiladores giraban inútilmente sobre sus cabezas, removiendo aire caliente mezclado con olor a estaño, plástico recalentado y metal oxidado. Las luces fluorescentes zumbaban con una vibración incómoda que comenzaba a perforarle las sienes.

Alaric intentó ignorarlo.

Tenía medio cuerpo metido bajo un panel eléctrico mientras ajustaba el cableado del nodo principal. Sus dedos se movían casi por memoria muscular, rápidos y precisos, pero aquella mañana algo no estaba bien. Ya había dejado caer un tornillo dos veces. Él nunca dejaba caer herramientas.

Parpadeó varias veces, intentando aclarar la vista.

Las líneas del diagrama técnico frente a él parecían moverse apenas, deformándose igual que una imagen corrupta en una pantalla dañada. Pensó que era el cansancio. No había dormido bien desde hacía días. Desde aquella pesadilla.

Se limpió el sudor de la frente con el antebrazo.

El calor era insoportable.

No.

Eso no era calor.

Fue entonces cuando el mundo dio un vuelco.

No se sintió como un mareo. No como una gripe. Fue una sobrecarga. Una sensación brutal de presión interna, como si algo dentro de su pecho estuviera intentando abrirse paso entre sus costillas. El aire abandonó sus pulmones de golpe y tuvo que sujetarse del borde metálico del panel para no caer.

Sintió que su temperatura aumentaba violentamente, igual que un procesador quemándose sin refrigeración.

—¿Alaric? —escuchó decir a uno de sus compañeros al otro lado del taller—. Viejo, estás pálido.

Alaric intentó responder, pero las palabras no salieron bien. El zumbido de las lámparas comenzó a distorsionarse. Durante un segundo, todas las pantallas del área parpadearon al mismo tiempo.

La terminal conectada al servidor mostró una lluvia de interferencias.

Estática.

Líneas fragmentadas.

Patrones imposibles.

Por una fracción de segundo, Alaric juraría haber visto una figura fractal abrirse paso entre el ruido digital, como raíces negras extendiéndose dentro de la pantalla.

Entonces el compañero lo tocó del hombro.

La descarga recorrió el cuerpo de Alaric de inmediato.

No provenía del cableado.

Fue algo más profundo.

Más vivo.

El compañero retiró la mano sobresaltado.

—¡Mierda! ¿Sentiste eso?

Alaric soltó la pinza por reflejo. La herramienta cayó contra el suelo de cemento con un estruendo metálico que resonó demasiado fuerte dentro de su cabeza.

El pecho le ardía.

No como un infarto.

No como fiebre.

Eran brasas vivas bajo el esternón.

Intentó agacharse para recoger la herramienta, respirando con dificultad. La visión se le nublaba por momentos, cubierta de una especie de estática gris que aparecía y desaparecía frente a sus ojos.

Cuando tomó nuevamente la pinza, algo lo hizo detenerse.

El mango metálico ya no se sentía igual.

Parpadeó confundido.

La superficie estaba deformada.

No derretida.

Transformada.

Parte del acero se había vuelto extraño, poroso, con una textura irregular similar a madera vieja cristalizada desde dentro. Como si el metal hubiera olvidado lo que era.

Alaric sintió un vacío helado atravesarle el cuerpo pese a la fiebre abrasadora.

—No… —murmuró casi sin voz.

Giró la herramienta entre sus dedos temblorosos, intentando entender lo que veía. El metal no podía deformarse así. No sin calor extremo. No en segundos. No mientras él simplemente la sostenía.

La soltó de inmediato.

Su respiración empezó a acelerarse.

“No está pasando.”

“Es la fiebre.”

“El calor.”

“El cansancio.”

Tenía que ser eso.

Tenía que haber una explicación lógica.

A su alrededor, el olor a ozono comenzó a intensificarse, mezclándose con el aire pesado del taller hasta volverlo casi irrespirable. Las luces volvieron a parpadear. Una chispa azul recorrió brevemente uno de los monitores antes de desaparecer.

Alaric retrocedió un paso.

Luego otro.

Las piernas apenas le respondían.

—Jefe… —logró decir con la garganta seca—. Creo… creo que me iré temprano.

Nadie discutió al verlo.

Tenía el rostro completamente empapado en sudor, los ojos vidriosos y las manos temblando de forma incontrolable. Cuando intentó marcar su salida en el sistema, falló dos veces porque sus dedos no atinaban a tocar correctamente la pantalla.

Cuarenta grados de fiebre.

Y aun así, el verdadero miedo no era sentirse enfermo.

Era la sensación insoportable de que algo dentro de él estaba despertando… y su cuerpo no sabía cómo contenerlo.




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