Guardianes del Umbral

CAPÍTULO 2: El Eco de la Ausencia, Bloque III: Sombras en el Amate.

Salir del taller fue como emerger dentro de un horno.

El calor de San Salvador lo golpeó de frente apenas cruzó la puerta principal de la empresa. El humo negro de los buses se mezclaba con el aire espeso del mediodía, pegándose a la piel igual que una capa de grasa caliente. Los motores rugían demasiado fuerte. Los cláxones parecían perforarle el cráneo.

Alaric caminó tambaleándose por la acera.

Cada paso pesaba más que el anterior.

Sentía el cuerpo extraño, ajeno, como si sus huesos estuvieran vibrando bajo la fiebre. La estática gris seguía apareciendo frente a sus ojos a intervalos irregulares, cubriendo por segundos partes enteras de la calle. Personas. Semáforos. Vehículos.

Parpadeaba y todo volvía a la normalidad.

“Ocupas dormir.”

Eso era todo.

Estrés.

Calor.

Deshidratación.

Nada más.

Intentó convencerse de ello mientras esperaba el bus con la respiración agitada. El sudor le recorría la espalda y el pecho seguía ardiéndole bajo la camiseta, como si tuviera una resistencia eléctrica encendida dentro del cuerpo.

El trayecto de regreso fue borroso.

Recordó el traqueteo metálico de la unidad. El cobrador gritando destinos. El olor a diésel entrando por las ventanas abiertas. Una señora observándolo con preocupación desde el asiento de enfrente.

—Jovencito, usted se ve bien mal —le dijo en algún momento.

Alaric apenas logró asentir.

Sentía que si hablaba iba a vomitar.

Cuando finalmente llegó a la colonia donde alquilaba su cuarto, el sol comenzaba a inclinarse ligeramente, pero el calor seguía atrapado entre las paredes y el pavimento. Subió las gradas del pequeño pasillo exterior sosteniéndose del barandal oxidado.

Las piernas le temblaban.

Entró al cuarto sin siquiera encender la luz.

El ventilador del techo giraba lentamente, empujando aire tibio de un lado a otro. Dejó las llaves sobre la mesa y colapsó sobre la cama sin quitarse los zapatos.

Por un instante, creyó que iba a desmayarse.

Giró apenas la cabeza hacia la ventana.

Ahí estaba el viejo Amate del jardín vecino.

Siempre había estado ahí.

Grande.

Silencioso.

Parte del paisaje cotidiano.

Pero aquella tarde algo se sentía distinto.

Las hojas no se movían con naturalidad. Se agitaban en pulsos irregulares, como si el árbol respirara con un ritmo propio. Como si tuviera un latido escondido bajo la corteza.

Alaric cerró los ojos.

“No pensés en eso.”

La fiebre terminó arrastrándolo al sueño casi de inmediato.

Pero no fue descanso.

Se sintió cayendo.

No hacia abajo.

Hacia dentro.

Al principio creyó estar soñando con el trabajo. Oscuridad. Pantallas encendidas. Líneas de comandos desplazándose en negro infinito. El zumbido constante de servidores funcionando en la distancia.

Entonces los cables comenzaron a retorcerse.

Las conexiones se deformaron lentamente hasta convertirse en raíces gigantescas que se extendían bajo sus pies, respirando con pulsos de luz blanca.

El sonido de los ventiladores cambió.

Ya no eran máquinas.

Eran voces.

Miles de voces susurrando al mismo tiempo en una lengua imposible de entender.

“Alaric…”

El nombre atravesó el ruido.

Claro.

Familiar.

Dolorosamente familiar.

Alzó la vista.

Entre las raíces y la niebla vio una silueta de espaldas observándolo desde una grieta suspendida en el aire. La figura parecía incompleta, distorsionada por fragmentos de luz blanca y sombras negras que se rompían a su alrededor igual que vidrio flotante.

Lucas.

Alaric intentó avanzar hacia él, pero el suelo bajo sus pies comenzó a fracturarse. Las raíces se contrajeron violentamente y la voz de Lucas fue consumida por una explosión de estática pesada.

Después llegó el rugido.

Profundo.

Lejano.

Antiguo.

Como algo inmenso moviéndose detrás del sueño.

Alaric despertó de golpe.

El aire abandonó sus pulmones mientras se incorporaba bruscamente en la cama, empapado en sudor. La habitación estaba en penumbra. El ventilador seguía girando lentamente sobre él.

Durante unos segundos no recordó dónde estaba.

Solo podía escuchar los latidos descontrolados de su corazón.

Miró el reloj digital junto a la cama.

4:03 p.m.

Había dormido apenas unas horas.

Se llevó una mano temblorosa al rostro. La fiebre seguía ahí. El cuerpo le ardía igual que antes, aunque ahora el dolor parecía más profundo, más instalado dentro de él.

Giró lentamente hacia la ventana.

El Amate permanecía inmóvil.

Completamente inmóvil.

Ni una sola hoja se movía.

Y aun así, Alaric tuvo la sensación insoportable de que el árbol lo estaba observando.

Entonces las vio.

Por apenas un segundo.

Grietas negras extendiéndose lentamente sobre la corteza, supurando una oscuridad espesa entre las raíces.

Parpadeó.

Desaparecieron.

El silencio del cuarto se volvió pesado.

—Delirio febril… —murmuró con la garganta seca.

Se obligó a levantarse. Caminó hasta la pequeña mesa junto a la cocina improvisada y tomó dos pastillas para la fiebre con agua tibia. Necesitaba pensar racionalmente. Necesitaba aferrarse a algo real.

La medicina.

La temperatura.

El cansancio.

Eso sí tenía sentido.

No árboles respirando.

No voces.

No sueños imposibles.

Se apoyó sobre el fregadero, respirando lentamente mientras intentaba estabilizarse.

Pero las sombras en las esquinas del cuarto parecían más densas ahora.

Más profundas.

Como si algo estuviera escondido dentro de ellas, observándolo en silencio y esperando pacientemente a que volviera a cerrar los ojos.

El sonido de una alarma vibrando sobre la mesa lo arrancó de sus pensamientos.

Alaric abrió los ojos lentamente.




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