El viaje hacia la residencia principal de los Erodes transcurrió en silencio.
Sofía conducía con ambas manos aferradas al volante mientras las luces de San Salvador quedaban atrás poco a poco. El tráfico urbano fue desapareciendo conforme ascendían hacia las zonas altas cercanas al Boquerón, donde el aire comenzaba a enfriarse y el ruido de la ciudad se convertía en un murmullo lejano.
Alaric observaba por la ventana sin decir nada.
Todavía intentaba procesar la idea de un mundo sin Lucas.
Las calles asfaltadas dieron paso a caminos más estrechos rodeados de vegetación húmeda. La neblina comenzaba a deslizarse entre los árboles y las luces amarillas del vehículo iluminaban fragmentos de enormes troncos cubiertos de musgo.
Ceibas.
Amates.
Algunos tan grandes que parecían sostener el bosque entero.
El aire cambió conforme avanzaban.
Se volvió pesado.
Denso.
Cargado de una electricidad estática tan sutil que hacía que el vello de los brazos de Alaric se erizara constantemente.
La presión en su pecho regresó poco a poco.
No tan agresiva como antes.
Pero presente.
Esperando.
Finalmente, el vehículo abandonó la carretera principal y tomó un acceso empedrado oculto entre árboles gigantescos. No había rótulos. No había portón visible desde la calle. Solo un pequeño camino privado que pasaría desapercibido para cualquiera que no supiera que estaba ahí.
La finca Erodes.
O, al menos, la parte de ella que el mundo podía ver.
La propiedad parecía una mezcla imposible entre una finca salvadoreña tradicional y una residencia moderna discretamente escondida en medio del bosque. La casa principal estaba construida con piedra volcánica oscura, madera antigua y enormes ventanales cálidos que contrastaban con la neblina exterior. Había antenas de internet ocultas entre los árboles y cámaras de seguridad discretamente colocadas en algunos postes, pero nada rompía la sensación de antigüedad que impregnaba el lugar.
Todo parecía diseñado para pasar desapercibido.
Y aun así, el sitio imponía respeto.
Los Amates rodeaban la finca como murallas vivas.
Las Ceibas más antiguas sobresalían entre la neblina igual que gigantes silenciosos observando desde la oscuridad.
Cuando el carro se detuvo frente al porche principal, Alaric sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo.
La presión del lugar era distinta.
Más antigua.
Más consciente.
Mauricio Reyes estaba sentado en el corredor fumando en silencio.
No se levantó cuando los vio llegar.
Solo observó a Alaric con expresión amarga mientras exhalaba el humo lentamente.
—Vaya —murmuró con una sonrisa cansada y cruel—. El ingeniero decidió honrarnos con su presencia.
Sofía cerró los ojos un instante.
—Mauricio…
—¿Qué? —interrumpió él sin apartar la mirada de Alaric—. Lástima que tuviste que esperar a que tu hermano terminara en una caja para acordarte de que todavía tienes familia.
La rabia golpeó a Alaric de inmediato.
Sintió el pecho arder.
El suelo bajo sus pies vibró apenas.
Una micro-oscilación tan sutil que quizá habría pasado desapercibida para cualquiera más… excepto para Mauricio, cuya expresión cambió apenas un segundo antes de endurecerse nuevamente.
Alaric apretó los dientes.
No tenía energía para discutir.
No esa noche.
Sofía le hizo una señal silenciosa para que entrara.
El interior de la residencia estaba iluminado únicamente por lámparas cálidas y algunas velas dispersas por la sala principal. El olor a café recién hecho, incienso y madera húmeda llenaba el ambiente.
El velorio era silencioso.
Demasiado silencioso.
Quince personas estaban reunidas allí, pero nadie hablaba realmente. No había llanto escandaloso ni rezos exagerados. Solo murmullos contenidos y miradas tensas que seguían a Alaric mientras avanzaba por la sala.
Parecían soldados esperando noticias del frente.
O sobrevivientes aguardando otra tragedia.
El tío Daniel fue el primero en acercarse.
Le dio un abrazo breve y pesado.
—Te ves terrible —dijo en voz baja, estudiándolo con demasiada atención.
Alaric intentó responder algo, pero Daniel ya había retrocedido, observándolo igual que un médico intentando diagnosticar una enfermedad invisible.
Más allá, Mariana permanecía inquieta junto a una ventana abierta hacia el patio.
No dejaba de mirar hacia el gran Ceibo del jardín.
Cada vez que Alaric avanzaba un poco más dentro de la sala, las hojas del árbol parecían estremecerse ligeramente pese a que no había viento.
Mariana lo notó.
Y eso claramente no le gustó.
El único que rompió la tensión fue Gael.
El muchacho apareció casi de inmediato y abrazó a Alaric con sinceridad torpe, sin formalidades familiares ni miradas extrañas.
—Qué bueno que viniste, primo.
Por primera vez desde que llegó, Alaric sintió algo parecido a humanidad.
Después apareció Elena Duarte con un vaso de agua.
—Tomá —le dijo suavemente—. Tenés cara de que te vas a desmayar.
La simple normalidad de aquel comentario casi le resultó absurda en medio de aquella casa llena de silencios y secretos.
Alaric agradeció con un movimiento leve de cabeza.
Entonces vio el ataúd.
Cerrado.
Negro.
Imposiblemente real.
El ruido de la sala desapareció lentamente mientras caminaba hacia él.
Cada paso hacía que el dolor en su pecho aumentara.
Las pulsaciones del bosque exterior comenzaron a sincronizarse con los latidos de su corazón. O quizá era su imaginación. Ya no estaba seguro de nada.
Se detuvo frente al féretro.
Lucas estaba ahí.
Y aun así no podía sentirlo.
Eso fue lo peor.
Miró hacia una de las ventanas.
El gran Amate central del jardín sobresalía entre la neblina nocturna.
Por un instante, Alaric tuvo la absurda impresión de que el árbol era más grande que cuando llegó.
#3889 en Fantasía
#447 en Paranormal
#184 en Mística
muerte de personaje, batallas de magia, violencia seres fantasticos
Editado: 27.06.2026