Guardianes del Umbral

CAPÍTULO 3: Destino y el eco de otro mundo, Bloque 1: El Último Adiós y el Destierro del Traidor

Boletín Público Extraordinario del Arcontado del Eco — Segundo Día de la Penumbra

“El Consejo del Arcontado del Eco informa a todos los asentamientos, ciudades-estado y rutas comerciales de Límine que las operaciones de estabilización continúan desarrollándose conforme a lo previsto.

Gracias al sacrificio del Guardián Lucas Erodes y a los esfuerzos de todo el campamento de Resendar durante la Crisis de la Cúspide, el equilibrio fundamental entre La Tierra, El Umbral y Límine permanece estable. Las pérdidas materiales y humanas en la región han sido considerables, pero la caída de la economía mundial de limine y el colapso sistémico de los mundos ha sido evitado.

Todas las Secciones trabajan actualmente de forma coordinada junto a los Guardianes del Umbral para restaurar las rutas afectadas, rehabilitar los nodos dañados y garantizar la continuidad del comercio internacional.

Los informes más recientes indican una recuperación progresiva de las conexiones entre ciudades que habían sido afectadas, la reapertura parcial del corredor principal de comercio y la estabilización de los principales puntos de tránsito. Se espera que las labores de reconstrucción continúen durante los próximos días.

No obstante, el Consejo reconoce que la restauración del equilibrio a través del entrenamiento de los nuevos aspirantes a guardias alrededor del mundo para llenar el vacío que dejó Lucas Erodes y los guardianes retirados constituye ahora la máxima prioridad del Consejo del Arcontado.

Los mundos han sobrevivido. Ahora debemos asegurar que continúen haciéndolo.”

Comunicado Oficial OOF-26 del Consejo del Arcontado del Eco, emitido durante el Segundo Día de la Penumbra.

Bloque 1: El Último Adiós y el Destierro del Traidor

El calor de finales de marzo caía sobre San Salvador con una crueldad silenciosa.

El pequeño cementerio parecía hervir bajo el sol del mediodía. La tierra oscura despedía olor a humedad y raíces antiguas mientras el sonido seco de las paladas resonaba una y otra vez contra la madera del ataúd.

Tac.

Tac.

Tac.

Cada golpe era una confirmación.

Una sentencia.

Lucas Erodes estaba siendo enterrado.

Alaric permanecía inmóvil junto a su madre, observando cómo la última capa de tierra comenzaba a cubrir el féretro. La fiebre seguía instalada en su cuerpo. No tan feroz como el día anterior, pero persistente. El zumbido en su pecho continuaba allí, vibrando bajo las costillas como una corriente eléctrica atrapada que se negaba a extinguirse.

Intentó concentrarse en algo real.

En las ceibas.

En los amates.

En las lápidas desgastadas.

En cualquier cosa que no fuera el agujero abierto frente a él.

Los árboles que rodeaban el cementerio proyectaban sombras largas sobre los asistentes. Las enormes ramas de los amates se mecían lentamente con la brisa, como si observaran la ceremonia en silencio.

Por un instante, Alaric tuvo la absurda sensación de que aquellas copas verdes estaban inclinadas hacia la tumba.

Como si escucharan.

Apartó la vista de inmediato.

La fiebre seguía jugándole malas pasadas.

La voz del sacerdote continuó flotando sobre las lápidas, mezclándose con el canto lejano de unos pájaros ocultos entre las ceibas.

Sofía sostenía un pequeño rosario de madera entre los dedos.

No lloraba.

No había derramado una sola lágrima desde que el ataúd había llegado aquella mañana.

Pero tampoco apartaba la vista de él.

Cuando los empleados del cementerio comenzaron a bajar el féretro, avanzó un paso al frente y apoyó la mano sobre la madera barnizada.

Solo un instante.

Como si quisiera memorizar la sensación.

Como si aquella fuera la última vez que podría tocar a su hijo.

Luego retrocedió sin decir una palabra.

Alaric sintió un nudo incómodo en la garganta.

No recordaba haber visto jamás a su madre tan pequeña.

A unos metros de distancia, un anciano, a quien alguna vez lucas llamó Abuelo permanecía inmóvil bajo la sombra de una ceiba.

El anciano mantenía ambas manos apoyadas sobre su bastón.

No lloraba.

No hablaba.

Simplemente observaba.

La noche anterior parecía un hombre fuerte para su edad.

Ahora parecía veinte años más viejo.

Como si junto a Lucas hubieran enterrado también una parte de él.

El viejo ni siquiera intentó acercarse a la tumba.

Se limitó a bajar la cabeza mientras la tierra comenzaba a cubrir el ataúd.

Aquella imagen le dolió más a Alaric de lo que esperaba.

Entonces lo vio.

Mauricio Reyes.

Apartado del resto de la familia, amigos y conocidos que acompañaban a los Erodes en su dolor.

Solo.

Vestía ropa oscura, sencilla, muy distinta a la imagen de autoridad que Alaric recordaba.

Nadie hablaba con él.

Nadie lo saludaba.

Nadie parecía siquiera reconocer su presencia.

Durante varios minutos permaneció inmóvil observando la tumba.

Luego avanzó lentamente.

Nadie intentó detenerlo.

Pero nadie se movió para acompañarlo tampoco.

El hombre se detuvo frente al sepulcro recién abierto, bajó la mirada y permaneció allí unos segundos.

Después dio media vuelta y regresó al mismo rincón solitario del que había salido.

Alaric sintió que la rabia volvía a hervirle bajo la piel.

Aún lo odiaba.

Probablemente siempre lo haría.

Pero por primera vez pudo ver algo que jamás había considerado.

Incluso los hombres que destruyen una familia pueden mostrar dolor y arrepentimiento, luego de quedarse solos cuando todo termina.

A su alrededor, familiares, amigos y conocidos comenzaban a despedirse. Algunos se acercaban a Sofía para darle el pésame. Otros observaban a Alaric con una intensidad que lo incomodaba profundamente.




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