Guardianes del Umbral

Capitulo 4: Treinta Días de Penumbra y Tinta. Bloque 5: El Temple del Contenedor

Bloque 5: El Temple del Contenedor

Para la tercera semana, el cuerpo físico de Alaric se había convertido en un campo de batalla sin tregua. Si Gael era el encargado de depurar el software de su mente, su tío Daniel era la prensa hidráulica destinada a forjar el hardware de su contenedor, exprimiéndolo tanto en el plano onirico como en el terrenal.

El infierno comenzaba puntualmente a las cinco y media de la mañana, en un espacio del Umbral que Alaric solo alcanzaba mediante el acceso onírico consciente. Ahí, donde la realidad se teñía de un gris neblinoso y el suelo vibraba con la estática del Eco, el tío Daniel lo esperaba con los brazos cruzados y una sonrisa sarcástica que a Alaric le resultaba insoportable a esa hora.

—¡Muévase, ingeniero! ¡Que los servidores de Límine no esperan a los perezosos! —bromeaba Daniel.

En ese estado espiritual, Daniel activaba su Magia de Refuerzo Corporal. El Eco se solidificaba alrededor del cuerpo del tío como un aura de calor denso y distorsionado, otorgándole una fuerza y velocidad sobrehumanas. El entrenamiento no consistía en aprender técnicas de combate estilizadas; consistía en sobrevivir. Daniel lo obligaba a correr cargando bloques de Eco condensado, a esquivar impactos que hacían crujir el suelo liminal y a mantener la concentración emocional mientras su cuerpo ficticio gritaba de dolor.

Lo fascinante y aterrador del proceso es que el Umbral no dejaba el cansancio en el sueño. Debido a la naturaleza de la Sucesión, la magia de refuerzo que Daniel aplicaba sobre el entramado espiritual de Alaric actuaba como un catalizador biológico en el mundo real, preparando sus músculos a la fuerza.

A las siete de la mañana, Alaric despertaba de golpe en su cama de la finca colonial, empapado en sudor real, con los pulmones ardiendo y los músculos de las piernas agarrotados como si de verdad hubiera corrido un maratón kilométrico. Pero no había tregua. Apenas ponía un pie fuera de la cama, el tío Daniel ya lo estaba esperando en el patio de la propiedad, de carne y hueso, para continuar la tortura en la tierra.

—Ya le dimos al espíritu, hoy le toca al lomo de verdad. Al suelo, Alaric. Diez pechadas para empezar —ordenaba Daniel sin pizca de piedad.

Ese entrenamiento físico en la Tierra terminaba de demoler lo poco que le quedaba de energía. Alaric terminaba tirado en la grama, jadeando, con la camiseta empapada y los brazos temblando como gelatinas. Justo cuando pensaba que lo dejarían arrastrarse a la cocina por un poco de agua, su tío le daba una palmada brusca en la espalda y, con una sonrisa maliciosa, lo mandaba directamente al calvario del volcán:

—Vaya, ya calentamos. Ahora muévase, que los gemelos lo están esperando para la patrulla en El Boquerón. No los haga perder el tiempo.

Por esa razón, los primeros perímetros de la semana fueron un tormento absoluto. Alaric avanzaba varios metros detrás de Ricardo y Camila, renegando entre dientes, bufando y murmurando insultos informáticos contra toda su genealogía. Estaban explotando físicamente al pobre programador; su cuerpo no entendía cómo era posible que lo obligaran a marchar cuesta arriba bajo el sol implacable después de haber sido apaleado en un sueño y triturado en el patio.

Mientras Ricardo usaba su equipo especializado para rastrear cualquier anomalía menor en el ambiente local y Camila supervisaba al personal de seguridad para alejar a los civiles y excursionistas, Alaric arrastraba los pies, limpiándose el sudor de los anteojos con furia silenciosa.

Sin embargo, a mitad de esas siete jornadas, el cuerpo empezó a responder. La queja dio paso a una resistencia silenciosa, lenta y madura. La magia de refuerzo corporal que su tío le aplicaba en Límine estaba haciendo un trabajo subterráneo, tejiendo fibras más densas bajo su piel y fortaleciendo poco a poco su físico en la Tierra.

Físicamente, el cambio no era un milagro de revista; Alaric seguía estando visiblemente gordito, con una silueta robusta y pesada que distaba mucho de la estampa atlética que en su día tuvo Lucas. El sobrepeso seguía ahí, haciéndolo sudar a chorros en cada cuesta alta del volcán, pero ya no era el tipo técnico y sedentario que se rendía o sufría un ataque de pánico en el primer tramo de escaleras. Había un temple nuevo en sus ojos. Soportaba el castigo físico con la misma paciencia con la que un analista de sistemas espera a que termine de compilar un código masivo.

El verdadero triunfo se manifestó al final de la semana, de vuelta en el plano onírico de pruebas.

Frente a Daniel y bajo la atenta mirada de Gael, Alaric se plantó en el suelo flotante del estudio de diseño. El zumbido bajo sus costillas ya no provocaba las peligrosas ondas de choque biológico de los primeros días. Cuando Daniel avanzó para lanzar un golpe de presión cargado con su magia de refuerzo, Alaric no retrocedió en pánico. Plantó firmemente los pies, respiró al ritmo que Gael le había enseñado, y demostró un dominio del Eco tan pulcro y focalizado que la onda expansiva se disipó a ras de suelo, sin alterar la geometría del entorno.

Daniel bajó los puños, exhalando un silbido de aprobación mientras se limpiaba el sudor de la frente.

—Bueno, gordo —dijo el tío, rompiendo el silencio con su habitual brusquedad, aunque esta vez con un brillo de genuino respeto en los ojos—. Ya no te desbordás como un dique roto. Tu contenedor está empezando a aguantar el voltaje.

Gael, sentado a unos metros, asintió con una sonrisa ladeada. — El sistema operativo de Alaric Erodes finalmente ha dejado de arrojar errores de pantalla azul; el hardware esta listo para la cartografía real. — expreso Gael

— Hey, pueden hablar normal ¿saben? También entiendo términos de gente normal y ahora entiendo sus cosas, ya bajenle con las cosas informáticas— expreso con seriedad Alaric. Los 3 se vieron seriamente y luego se rieron a carcajadas.




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