Guardianes del Umbral

Capitulo 4: Treinta Días de Penumbra y Tinta. Bloque 8: La Alerta Roja de Xena

Bloque 8: La Alerta Roja de Xena

Al día siguiente, el gran salón colonial de la finca no albergaba el silencio opresivo de las semanas anteriores; exhalaba una solemnidad tensa pero firme. Sentados alrededor de la inmensa mesa de madera oscura, los miembros de la familia Erodes ocupaban sus lugares correspondientes, con los rostros serios y las miradas fijas en el joven que permanecía de pie en el extremo opuesto. El aire pesado de San Salvador se colaba por las ventanas, pero dentro del salón, la atención estaba puesta enteramente en el resultado de los treinta días de aislamiento y tinta.

El tío Daniel tomó la palabra primero, cruzándose de brazos con un gesto de orgullo que intentó, sin éxito, ocultar tras su brusquedad habitual.

—La base está forjada, matriarca —anunció Daniel, dirigiéndose a la tatarabuela Isabel—. El muchacho aguantó el castigo en el patio y las caminatas extenuantes en los perímetros de El Boquerón junto a los gemelos. Su contenedor de carne y hueso ya no es el de un sedentario; ahora tiene el temple y la resistencia física necesarios para soportar el voltaje del eco sin romperse.

Gael dio un paso al frente desde su silla, complementando el informe con una expresión seria pero satisfecha.

—Por el lado del espíritu, el avance es impecable —declaró Gael—. Durante estas cuatro semanas logramos estabilizar la Sucesión Inestable en el plano onírico. Alaric aprendió a disipar el pánico y a controlar la frecuencia de su pecho. Su contenedor ya no se desborda con las emociones disonantes; ha aprendido a canalizar el Eco de forma pulcra y enfocada bajo presión.

El bisabuelo Mateo golpeó suavemente su bastón rústico contra las baldosas del suelo, llamando la atención de los presentes para ofrecer el reporte definitivo.

—Anoche dimos el paso real —anunció el anciano, con un brillo de orgullo en sus ojos cansados—. Bajo mi guía, Alaric usó el anclaje maestro del Amate Negro para rasgar el Velo y realizó su primer cruce físico a la Zona Liminal Continua. El Umbral reconoció su frecuencia y lo aceptó. Llegamos a la plataforma de piedra blanca, el Punto de Arribo que nos corresponde dentro del instituto del Arcontado, y fuimos recibidos en la entrada del instituto del Arcontado del Eco de la región de Taure por los asistentes de los Guardianes.

Mateo hizo una breve pausa, acomodando sus manos sobre el pomo del bastón antes de continuar.

—Tal como dictan nuestras costumbres, les ordené que se retiraran, pues no era el ingreso oficial, y les encomendé informar de inmediato al Consejo del Arcontado del Eco que la vacante ha sido cubierta. Les dejé claro que la familia Erodes tiene un guardián sucesor legítimo y que pronto regresaremos junto a la matriarca para iniciar sus estudios formales. El chico demostró una entereza digna de su sangre frente a los servidores del otro lado.

La tía Elena, impecablemente vestida con su traje sastre, intervino desde el otro extremo de la mesa, deslizando una ligera sonrisa de suficiencia.

—Por mi parte, los cabos sueltos en la sociedad han sido erradicados —informó Elena, cruzando las manos con elegancia—. Los trámites legales ante el Registro Nacional están concluidos y las firmas han sido procesadas con éxito. Alaric Erodes es ahora un ciudadano con una identidad blindada, y sus horarios laborales han quedado restringidos permanentemente. El chico aprendió a obedecer la disciplina de la burocracia y yo obtuve exactamente lo que quería: un Erodes con todas las de la ley, libre de reclamos externos, ademas ya esta al tanto de todo lo que hacemos aqui y en Limine, tambien cumplio su parte y me ayudó a automatizar algunos procesos de los negocios familiares con el sistema que programo para nosotros, mas un interesante plan de modernización a mediano plazo que estaremos implementando para ponernos a la vanguardia tecnológica.

Isabel Erodes, apoyada sobre su bastón ancestral, escuchó cada uno de los testimonios en absoluto silencio. Sus ojos de noventa y seis años, cargados con la memoria de un siglo de fronteras, se fijaron firmemente en Alaric. Al notar su postura erguida y la resolución de piedra en su mirada, la anciana asintió con una lentitud solemne.

El silencio regresó lentamente al salón, por primera vez desde que había iniciado la reunión, nadie habló, todos parecían esperar algo, Alaric permaneció inmóvil, no sabía qué decir.

Sus ojos recorrieron la mesa lentamente. Daniel, Gael, Mateo, Elena, Incluso Sofía.

Todos acababan de presentar informes sobre él, sobre sus avances, sobre sus logros, sobre cosas que jamás imaginó escuchar y una sensación extraña se instaló en su pecho.

Orgullo.

No el orgullo arrogante de quien se siente superior, sino el orgullo silencioso de quien descubre que sus esfuerzos habían sido vistos.Durante años nunca había recibido esa clase de reconocimiento, por eso escuchar aquellas palabras resultaba tan extraño.

Y tan reconfortante.

Respiró profundo.

Y antes de que Isabel pudiera continuar, dio un paso al frente.

—Con su permiso, señora Isabel.

La anciana levantó una ceja. —Adelante, muchacho.

Alaric tragó saliva. —No sé si esto forma parte del protocolo.

Algunas sonrisas aparecieron alrededor de la mesa.

—Pero creo que también debo presentar mi informe.

Gael soltó una carcajada.

Daniel negó con la cabeza. —Claro que es ingeniero.

Alaric ignoró el comentario.

—Hace treinta días apenas podía correr sin quedarme sin aire. Mi cuerpo todavía está lejos del nivel de un Guardián, pero ahora puedo recorrer los perímetros del Boquerón, soportar jornadas completas de entrenamiento y responder ante una emergencia sin desmayarme en el intento.

Varias sonrisas discretas aparecieron entre los presentes.

—También aprendí que las Crónicas no son simples historias. Son manuales de supervivencia escritos por personas que ya enfrentaron estos problemas antes que nosotros. —Miró a Gael y luego a Mateo.




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