Guardianes del Umbral

Capítulo 5: El Primer Viaje y el Despertar. Bloque 4: El Despertar del Caos y la Lección del Guardián

El cristal de resonancia comenzó a vibrar mucho antes de que alcanzaran el centro de la anomalía.

Alaric fue el primero en notarlo. Observo el pequeño cristal en el cinturón notando cómo la luz interior fluctuaba de manera irregular.

—Es extraño —murmuró.

Isabel no respondió. Continuó caminando por el sendero de piedra blanca, permitiéndole observar por sí mismo.

El joven volvió a mirar el cristal. La frecuencia no era constante. Oscilaba. Subía. Bajaba. Volvió a subir. El comportamiento le resultó familiar de inmediato. Durante años había trabajado diagnosticando redes, servidores y sistemas de comunicación. Aquella señal no parecía provenir de un único punto fijo.

—No está en el centro —dijo finalmente.

La anciana se detuvo y giró apenas la cabeza. --¿Qué cosa?

—La fuente de la perturbación. — dijo Alaric.

Por primera vez Isabel pareció interesarse.

Alaric observó el terreno que los rodeaba. Las raíces doradas del Gran Sabio continuaban visibles bajo la superficie translúcida del Umbral, pero algunas comenzaban a oscurecerse. No todas. Solo ciertas ramificaciones.

Agachándose, apoyó una mano sobre la piedra.

—La corrupción no se está expandiendo de forma uniforme.

—Continúa. — dijo Isabel.

—Está siguiendo rutas concretas. —Alaric recorrió el paisaje con la mirada. Cuanto más observaba, más evidente se volvía el patrón. —Como una falla de red.

La expresión de Isabel permaneció impasible, aunque en el fondo de sus ojos apareció un leve destello de curiosidad.

Siguiendo el comportamiento de las raíces afectadas, Alaric comenzó a caminar en dirección opuesta al centro visible de la Niebla. La anciana lo siguió en silencio.

Avanzaron varios minutos antes de encontrar el primer indicio importante.

Un árbol.

Pequeño.

Retorcido.

Sus hojas conservaban parte de su color original, pero estaban marchitas y quebradizas. No parecía muerto. Parecía estar siendo drenado lentamente.

Alaric rodeó el tronco una vez antes de señalar el suelo. —Aquí empezó.

—¿Cómo lo sabes? — pregunto seriamente Isabel.

—Porque las raíces dañadas nacen aquí. — Respondio Alaric Señaló las ramificaciones oscurecidas que se extendían hacia el exterior.

—Si este fuera el resultado de una expansión normal, el daño vendría desde afuera. Pero está ocurriendo lo contrario.

Isabel observó el árbol unos segundos. —Interesante análisis.

Continuaron avanzando.

A medida que seguían el rastro comenzaron a aparecer más señales. Fragmentos de materia oscura adheridos a las rocas. Surcos profundos en la tierra. Marcas de garras sobre algunos troncos.

Entonces Alaric encontró algo más.

Se agachó junto a una zona de suelo blando.

—Huellas.

Isabel se acercó.

Las marcas eran profundas. Cuadrúpedas. Relativamente recientes.

El muchacho siguió el recorrido con la vista hasta donde la niebla comenzaba a espesarse.

Sintió cómo el flujo del Eco se tensaba dentro de su pecho.

—Ahora sí tenemos un problema, pues las huellas se dirigían directamente hacia el corazón de la anomalía y algo le decía que aquello que las había dejado todavía seguía allí.

Esperándolos.

— Tu prueba comienza aquí Alaric. — dijo con voz serena y fuerte Isabel. — Yo no intervendré, si mueres aquí se acaba tu historia, mira como te las arreglas con tus puños, despierta tu magia o muere en el intento hijo.

La severidad de aquellas palabras helaron la sangre de Alaric.

—¿Pero a que me enfrentare? — preguntó el joven mientras la angustia se reflejaba en su rostro.

— A un ser corrompido, cuyo eco se fracturó, debería ser una bestia del caos menor, con todo tu entrenamiento deberías poder con ella.

Finalizando la última sílaba en los labios de Isabel, de lo profundo de aquella pequeña zona de niebla emerge una silueta cuadrúpeda y deforme. Era un Lobo del Umbral, pero su identidad ya había sido erosionada por la corrupción y la disonancia, había perdido su resonancia interna y su ser se había corrompido, ahora era una bestia del caos menor. Sus ojos eran cuencas vacías de las que emanaba un vapor púrpura, y su pelaje aparecía apelmazado por una costra de materia oscura. La criatura, un corrompido que arrastraba la locura hambrienta del Caos, clavó su atención en Alaric. Su sola presencia provocó miedo en Alaric, pues era la primera vez que veía un ser corrupto en persona.

—¡Alaric, mantén la coherencia! —alcanzó a escuchar la voz de la tatarabuela antes de que una barrera forjada por Isabel en esa zona de Niebla se volviera una muralla impenetrable de frío y aislamiento—. ¡No dejes que esta corrupción afecte más las vidas de Límine, conviértete en el engranaje faltante!

El joven se quedó completamente solo, desarmado y con el corazón golpeándole el pecho. El lobo corrompido no le dio tiempo para razonar. Rompió a correr con una velocidad aberrante, saltando las distancias en la llanura. Alaric, forzando los reflejos y la memoria muscular que el tío Daniel le había inculcado a base de golpes, esquivó la primera embestida rodando sobre el terreno reforzado, pero la pesadez de su propio cuerpo físico le jugó en contra. Al intentar reincorporarse, la bestia giró sobre su propio eje con una agilidad antinatural y cayó con todo su peso sobre él.

Las garras del corrompido se hundieron en el hombro de Alaric, desgarrando la tela de la chaqueta y alcanzando la carne. El dolor fue agudo, un frío abrasador que amenazó con entumecer sus sentidos. Derribado sobre la piedra, viendo las fauces abiertas de la criatura chorreando residuo corrupto a centímetros de su rostro, el miedo intentó paralizarlo. Pero en el fondo de su contenedor, allí donde su mente metódica solía resolver averías y caídas de sistemas en el mundo real, algo se quebró y dio paso a una terquedad metodológica y una rabia pura. —Tengo que ganar. No me voy a morir aquí. No voy a ser el eslabón muerto. —




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