Guardianes del velo

Capítulo 2: La sacerdotisa

La mañana llegó con una calma engañosa.

El sol se alzaba sobre los tejados de palma, iluminando las calles húmedas que serpenteaban entre las casas. Pero ningún vecino salió a barrer su patio como cada amanecer. Nadie reía. Nadie llamaba a los niños a desayunar.

Era como si toda la isla contuviera la respiración.

Dentro de su casa, Kailani despertó con un sobresalto. La cabeza le latía como si un tambor resonara bajo su cráneo. El aire le sabía a ceniza y sal.

Se incorporó despacio, notando cómo el cuerpo le dolía con un cansancio extraño, profundo, como si hubiera corrido durante horas.

El silencio era tan espeso que sintió que podía romperse al mínimo susurro.

-Mamá... -llamó en voz baja.

No obtuvo respuesta.

Con esfuerzo, se puso de pie. Sus pies descalzos rozaron el suelo frío mientras caminaba hasta la puerta. La abrió apenas un poco y asomó la cabeza.

En el umbral, encontró a su madre sentada en el suelo, con la espalda apoyada en la pared y la mirada perdida en algún punto que Kailani no pudo seguir.

-Mamá... -repitió con un hilo de voz.

Leilani levantó la vista despacio. Tenía el rostro demacrado y los ojos rojos de tanto llorar. Cuando vio a su hija despierta, se cubrió la boca con ambas manos y soltó un suspiro tembloroso, como si algo se quebrara dentro de ella.

-Estás bien... -murmuró. Se puso de pie con torpeza y caminó hasta abrazarla con fuerza. Su voz sonaba ahogada-. Mi niña... mi niña...

Kailani se quedó inmóvil, sin entender por qué temblaba tanto. Solo sintió esa mezcla de alivio y terror que flotaba en el aire.

-¿Qué pasó...? -preguntó al fin-. ¿Por qué todos me miraban así...?

Leilani no respondió de inmediato. La estrechó un momento más, como si no quisiera soltarla nunca, y luego se apartó. Su semblante se endureció apenas un instante, como si recordara que había cosas que no debía decir.

-Sal... ven -pidió con suavidad.

La condujo afuera.

Kailani sintió de inmediato los ojos sobre ella. Desde las ventanas entreabiertas, desde las rendijas de las puertas, desde los callejones. Nadie se atrevía a salir, pero todos observaban.

-No... no quiero... -susurró, intentando volver a entrar, pero su madre le tomó la mano con firmeza.

-Tienes que mostrarles que estás bien -dijo Leilani en voz baja, con un tono que no admitía discusión.

La niña se quedó quieta. Sentía que el corazón le latía tan fuerte que todo el pueblo debía oírlo.

De pronto, una anciana cruzó la calle lentamente. Era Tetuana, la mujer más vieja del consejo. Caminó hasta detenerse frente a ellas. Sus ojos pequeños y opacos recorrieron el rostro de Kailani con atención.

-Así que tú eres la que sostendrá el velo... -murmuró en voz tan baja que la niña no supo si se lo decía a ella o a nadie en particular.

Kailani no respondió. Solo apretó más su mano contra el pecho, cubriendo la marca que aún le ardía como un recordatorio.

La anciana suspiró. Alzó una mano temblorosa y, con cuidado, la posó sobre su frente.

-Eres tan pequeña... -dijo, con un dejo de tristeza-. Ojalá el destino no fuera tan cruel.

Luego se dio la vuelta y se marchó.

Cuando su figura desapareció, otras puertas comenzaron a abrirse. Algunos vecinos asomaron la cabeza, murmurando entre ellos. Otros bajaron la vista con respeto o temor.

Kailani se sintió más sola que nunca.

-Ya es suficiente -dijo Leilani en voz baja-. Ven adentro.

Entraron en la casa de nuevo. Antes de cerrar la puerta, Kailani miró una última vez la calle. Era igual que siempre, pero ya nada era igual.

Al girar, vio que su madre se había detenido frente a un pequeño altar familiar. Una vasija de barro, rota durante el suceso de anoche, yacía en el suelo. La mujer recogió los trozos con delicadeza y los sostuvo contra su pecho.

-Mamá... -se atrevió a preguntar-. ¿Voy a seguir escuchando esas voces...?

Leilani la miró. Y por primera vez, Kailani vio en sus ojos un miedo que no estaba dirigido a nada fuera de ella, sino a lo que la niña llevaba por dentro.

-Sí -susurró-. Pero aprenderás a soportarlas. Porque no hay otro camino.

Kailani bajó la vista. Una lágrima le resbaló por la mejilla.

-No quiero ser esto... -dijo, con la voz hecha un susurro.

Leilani no respondió. Solo dejó los fragmentos sobre el altar y caminó hacia la cocina.

Kailani se quedó sola en el umbral, con el corazón hecho un puñado de escombros.

___________

Siete años más tarde, Kailani, ya convertida en una señorita de catorce años, se encontraba en una playa completamente vacía, concentrada en su entrenamiento para controlar el agua.

A lo lejos, se escuchaba una pequeña discusión. La chica intentó ignorarla; de todas formas, no entendía por qué hablaban en otro idioma. Siguió con lo suyo, enfocada en los movimientos de sus manos sobre la superficie del mar, hasta que ya no pudo evitar escuchar con más atención, esforzándose por comprender.

-¡Pero mamá, prometiste que iría de vuelta al país en vacaciones! -gritó una voz joven, cargada de frustración, en un español claro que esta vez sí entendió.

(¿Qué hacen estas personas aquí? Pensé que esta parte de la playa estaba prohibida por las olas tan altas...) pensó Kailani, frunciendo el ceño.

-Pero Rosaura, ¿no puedes hacer esto por nosotros? Nos hemos estado esforzando mucho desde que llegamos a Estados Unidos. Necesitamos estas vacaciones... intenta disfrutarlas también -respondió una voz más madura, con un tono cansado.

La chica siguió quejándose y Kailani se vio obligada a acercarse. Debía advertirles que no podían estar allí. Pero en el momento en que la miró de cerca, se quedó completamente inmóvil. Sintió de inmediato una presencia poderosa, algo que no se encontraba en cualquier persona.

(Ella es como tú...) susurró en su mente la voz profunda de Kane, el dios polinesio de la creación y el cielo.




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