Unos días después, Kailani salió al amanecer sin avisar a nadie. Caminó en silencio hasta el bosque que comenzaba más allá de la playa, donde la humedad impregnaba el aire con un aroma a hojas mojadas.
Se sentó sobre una roca lisa, abrazando sus rodillas, mientras observaba cómo la bruma se disolvía entre los árboles. No sabía exactamente qué buscaba allí, solo que no soportaba pasar otro día encerrada en la casa donde todo le recordaba lo que debía ser.
Un suave crujido de ramas la hizo tensarse. Giró la cabeza con cautela, esperando encontrar a algún anciano que viniera a recriminarle. Pero lo que vio la sorprendió tanto que se quedó muda:
La chica extranjera, la misma de la playa, estaba allí. Llevaba un vestido corto de algodón y el cabello recogido en una trenza, con la respiración agitada, como si hubiera corrido mucho rato. Al verla, también se detuvo en seco.
-Eres... tú -murmuró Rosaura, primero en español, y luego con un esfuerzo en inglés-. La chica del agua.
Kailani no contestó enseguida. Se incorporó con cautela, sin apartar la mirada.
-¿Qué estás haciendo aquí? Este bosque también está prohibido -respondió en inglés, intentando que su voz sonara firme, aunque por dentro le temblaba un poco.
-Lo sé... -admitió Rosaura con un suspiro-. Me escapé. No soporto más las discusiones con mi madre. Siempre dice que no entiendo lo que sacrificó por venir a este país... pero yo tampoco pedí estar aquí.
Kailani parpadeó. No esperaba esa sinceridad repentina. La miró con más atención y notó que sus ojos estaban enrojecidos.
-Yo... -Rosaura bajó la mirada y murmuró en voz baja-. Yo tampoco soy normal.
Por un momento, el bosque quedó en silencio. Solo se escuchaba el canto de algún pájaro matinal y el rumor del viento.
-¿Por qué lo dices? -preguntó Kailani, acercándose con cautela.
Rosaura abrió la palma de su mano y, de un bolsillo, sacó una piedra negra del tamaño de una huevo , con una forma curiosa . La superficie estaba cubierta por grabados que Kailani no reconoció de inmediato.
-Cuando era niña, encontré esto en el bosque de mi pueblo -explicó con voz temblorosa-. Nadie me creyó cuando conté que... que escuchaba voces. Que sentía algo vivo en ella.
Kailani frunció el ceño, intrigada.
-¿Qué voces?
-Dicen que son los dioses taínos. -Rosaura cerró el puño alrededor de la piedra-. Por mucho tiempo creí que estaba loca. Pero cuando llegué aquí... sentí algo parecido. Fue cuando te vi.
Kailani tragó saliva. Sintió que un cosquilleo recorría su piel, como si el aire se electrificara a su alrededor.
-Yo también escucho voces -admitió en un susurro-. Bueno... una voz. Kane. Él dice que soy... que soy la sacerdotisa que debe proteger la frontera entre este mundo y el otro.
Se sentó de nuevo en la roca, con el corazón pesado. Rosaura permaneció en silencio, observándola con esa mezcla de curiosidad y comprensión que nadie más le había ofrecido.
-Es horrible -prosiguió Kailani sin mirarla-. Todos me ven como un símbolo, algo que tienen que respetar... o temer. Pero nadie me pregunta qué quiero. A veces siento que... que ni siquiera soy una persona. Solo un recipiente.
Su voz se quebró al final. Tragó saliva con dificultad, deseando que el llanto no se le escapara delante de una extraña. Pero Rosaura se acercó con cuidado y se sentó a su lado.
-Yo tampoco sé qué soy -confesó-. A veces pienso que tal vez no encajo en ningún sitio. Ni en mi país... ni aquí.
Durante un momento, ninguna dijo nada. El sol empezaba a filtrarse entre las hojas, dibujando parches de luz en el suelo húmedo.
-Si pudiera elegir -murmuró Kailani, con la vista perdida-... solo sería una chica cualquiera. Iría a la escuela. Me reiría con amigos. Nadie me miraría como si fuera un monstruo.
-Yo... -Rosaura la miró de reojo-. Yo creo que... que no eres un monstruo.
Kailani apretó los labios y, por primera vez en mucho tiempo, sintió que se aflojaba un poco la opresión en su pecho.
-Gracias -susurró.
-Quizá... -Rosaura dejó escapar una pequeña risa nerviosa-... no sea tan malo si somos raras juntas.
Kailani se permitió una sonrisa tímida. El viento agitó su cabello con suavidad, y por un instante, la idea de no estar sola se sintió como un alivio inmenso.
Los días siguientes, Kailani y Rosaura se encontraron varias veces en aquel claro del bosque. Nunca durante mucho rato -ambas sabían que si alguien las descubría, habría problemas-, pero esos encuentros se convirtieron en su único refugio.
Se contaban cosas que no se atrevían a decir a nadie más: recuerdos de infancia, sueños imposibles, la soledad que ambas compartían a su manera.
La última mañana antes de que Rosaura regresara al continente, se sentaron juntas sobre una piedra grande. El mar se veía a lo lejos, encendido por la luz del amanecer.
-Mañana nos vamos -dijo Rosaura, con voz apagada-. Mi madre ya hizo las reservaciones.
Kailani sintió un vacío repentino en el pecho.
-¿Volverás alguna vez?
Rosaura giró el rostro hacia ella, y durante un segundo pareció que también estaba a punto de llorar.
-Si algún día puedo decidir por mí misma... -tragó saliva-, te prometo que volveré.
Kailani bajó la mirada, jugando con un hilo suelto en la costura de su vestido.
-Lo esperaré -susurró.
La otra chica extendió la mano. Al principio, Kailani dudó. Pero finalmente la tomó, sintiendo un leve cosquilleo recorrerle la palma.
-Hasta entonces -dijo Rosaura con una sonrisa frágil.
-Hasta entonces -repitió Kailani.
Se separaron sin abrazarse, porque las dos entendían que sería aún más difícil irse si lo hacían.
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Al día siguiente, Kailani observó de lejos cómo un auto recogía a Rosaura y su madre. Permaneció medio oculta tras un matorral, con la respiración contenida. La vio mirar por la ventanilla, como si la buscara.