Regresó caminando a la aldea. Cada paso se sentía más pesado que el anterior.
Los siguientes días los pasó casi sin salir de su cuarto. Si su madre notaba algo, no lo demostró; simplemente dejaba la comida junto a la puerta en silencio.
Kailani apenas probaba bocado. Una tarde, sentada en la penumbra, se sorprendió pensando que tal vez sería más fácil si simplemente desaparecía. Si huía lejos, hasta un lugar donde nadie la reconociera.
La idea fue apenas un susurro en su mente, un pensamiento fugaz, pero le hizo contener el aliento.
¿Y si lo hiciera? ¿Y si dejara todo atrás?
Un escalofrío recorrió la habitación, aunque las ventanas estaban cerradas.
-No -susurró una voz profunda y conocida, resonando como un eco dentro de su cabeza.
Kailani apretó los puños sobre sus rodillas.
-Kane...
-No puedes marcharte -replicó la voz del dios, tan tranquila que casi dolía-. Tu destino está aquí. Eres el puente entre los mundos. Si te vas, algo más vendrá a ocupar tu lugar. Algo que no comprenderás hasta que sea demasiado tarde.
-¿Y si no quiero este destino? -preguntó con voz rota.
Por un instante, no hubo respuesta. La penumbra se hizo más densa.
-Entonces tendrás que aprender a quererlo -respondió Kane al fin, con una serenidad que la llenó de rabia.
Kailani se tapó los oídos, aunque sabía que no servía de nada. Las lágrimas le corrieron por las mejillas, mezclándose con la sal de todo aquello que no podía decir en voz alta.
Quererlo... pensó con amargura. No sé si podré.
Pero tampoco podía imaginarse huyendo. Al menos, no todavía.
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Era el final de la tarde cuando Kailani se sentó en el centro del círculo ceremonial. Las antorchas encendidas parpadeaban con un resplandor pálido que apenas alcanzaba a iluminar los rostros de los presentes.
Mientras los ancianos recitaban cantos antiguos, ella mantenía la espalda recta, la mirada baja y las manos entrelazadas sobre las piernas.
Por fuera, todo en ella parecía serenidad.
Por dentro, su corazón golpeaba con un ritmo extraño, como un pájaro queriendo escapar de una jaula.
El sacerdote mayor se aproximó para colocarle sobre los hombros el manto sagrado. La tela, tejida con símbolos de las deidades, pesaba más que nunca. Sentía que cada puntada era una cadena.
-Deberías estar agradecida por el honor que tienes -murmuró una anciana mientras le acomodaba el tocado, su voz impregnada de reproche.
Kailani alzó un instante la mirada. Vio en los ojos de aquella mujer el mismo juicio que se repetía en todos: el deber que nadie le preguntó si quería.
Bajó la vista antes de que notaran el temblor en sus labios.
-(Si esto es un honor, ¿por qué se siente como una prisión?)-pensó mientras apretaba con fuerza sus manos para no llorar.
La mañana siguiente, le asignaron trasladar un cesto con ofrendas al templo. El sendero de piedra, húmedo por la llovizna, se volvía resbaladizo bajo sus pies descalzos.
A medio camino, un grupo de adolescentes salió del callejón lateral. Sus risas cesaron al verla acercarse.
Ella bajó la mirada, deseando que se apartaran y la dejaran pasar. Pero uno de ellos -un muchacho alto, con una trenza sobre el hombro- dio un paso en su dirección.
-Permiso, gran sacerdotisa... -dijo con una voz cargada de sorna. Fingió tropezar y, con un gesto estudiado, empujó el cesto.
El recipiente se volcó, esparciendo flores, semillas y fragmentos de conchas sobre las piedras húmedas. Un silencio incómodo se hizo alrededor.
Kailani se arrodilló de inmediato, recogiendo con manos temblorosas cada ofrenda. Sentía las risas contenidas de los otros, el fuego en sus mejillas.
-Mírala... tan poderosa -susurró otra voz.
-No puede ni levantar la cabeza -agregó alguien más.
Cuando por fin tuvo todo dentro del cesto, no se atrevió a mirarlos. Caminó con pasos lentos, la garganta cerrada.
Esa noche, sola en su habitación, se abrazó las piernas y dejó que las lágrimas le mojaran las rodillas.
No pertenezco a ninguna parte, pensó mientras el cansancio la vencía.
Días después, al despertar, Kailani notó algo extraño. Se acercó a la puerta de su cuarto y la empujó con cuidado. No cedió.
Giró el pestillo. Nada.
Su pecho se llenó de un frío repentino. Llamó en voz baja:
-¿Mamá?
Pasaron unos segundos antes de oír pasos. La voz de su madre llegó del otro lado, suave pero firme:
-Es por tu seguridad. No quiero que vuelvas a escaparte por la noche.
Kailani apoyó la frente en la madera. La sensación de encierro la ahogaba.
Ni siquiera me dejan respirar.
Miró por la pequeña ventana. El mar brillaba a la distancia, indiferente a su encierro. Sintió un deseo urgente de estar allí, aunque fuera un solo minuto.
Dejó escapar un suspiro, mientras algo dentro de ella se rompía un poco más.
𓊈【ᎻϴᎡᎪՏ ᎷᎪ́Տ ͲᎪᎡᎠᎬ】𓊉
Al ser llamada por los ancianos, su madre no tuvo más remedio que dejarla salir de su encierro. Al llegar la mandaron a recoger flores para una ofrenda. Caminó descalza entre los arbustos, con el cesto en la mano.
Cada paso era una excusa para retrasar su regreso a casa.
Cuando arrancó una flor blanca, una brisa más fría que el viento común le erizó la piel. Entonces la escuchó:
-No importa cuántas veces lo desees -susurró Kane, su voz profunda resonando en su mente-. Este es tu sitio.
Kailani se quedó inmóvil.
-Yo no quiero esto -dijo con voz temblorosa, mirando el horizonte.
-Tu querer no cambia lo que eres -contestó Kane con calma.
Por primera vez, su serenidad la hizo arder de rabia.
-No me importa. -Su voz salió baja, pero firme-. No quiero ser su espectáculo. No quiero ser... esto.
Pero el dios no respondió. El silencio se hizo tan pesado que Kailani deseó que volviera a hablar, aunque fuera para reprenderla.
Sintió lágrimas brotarle otra vez, y las limpió con la manga. Ya estaba cansada de llorar.