Guardianes del velo

Capítulo 8: estudios y reencuentros

En la escuela, Alya empezó a quedarse después de clases, estudiando en la biblioteca hasta que las luces se apagaban. Todas las tardes, llenaba páginas enteras de apuntes y ejercicios. Su inglés mejoraba con rapidez; las palabras ya no sonaban tan lejanas ni tan enemigas.

En casa, se dormía sobre los libros, con un marcador en la mano y el corazón un poco más tranquilo que el día anterior.

Un día, su profesora de Ciencias, la misma que la había oído tartamudear meses atrás, se acercó a su mesa mientras Alya revisaba un ensayo.

-Estás trabajando muy duro -dijo con una voz suave-. ¿Es para entrar a la universidad?

Alya asintió sin levantar la mirada.

-Quiero una beca completa -contestó con determinación-. No puedo pagar nada si no es así.

La profesora le puso una mano en el hombro.

-Lo vas a conseguir -le aseguró-. Tienes algo que muchos no: la voluntad de no rendirte.

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En la lavandería también empezaron a notar la diferencia. Mrs. Parker decía que cada semana parecía más segura y más atenta.

Un jueves por la tarde, Alya ayudó a un cliente anciano que no podía cargar su bolsa de ropa. Cuando terminaron, el hombre le agradeció con una sonrisa tan sincera que se sintió orgullosa de poder servir a alguien sin miedo, sin esconderse.

-Gracias, muchacha -le dijo él-. Ojalá más jóvenes fueran como tú.

Alya volvió al mostrador con el pecho hinchado de algo parecido a la esperanza.

Después de meses de dudas, la lavandería empezó a sentirse como un lugar donde encajaba. Mrs. Parker le enseñó a preparar la caja al final del día, a ordenar pedidos especiales, a tratar con clientes difíciles. Cada vez que completaba una tarea, anotaba en un cuaderno todo lo que aprendía, convencida de que nada de ese esfuerzo sería en vano.

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Por las noches, en su habitación alquilada, Alya escribía cartas que nunca enviaba. A su madre. A sí misma. A la niña que había sido.

Una de esas cartas decía:

"No sé si algún día vas a perdonarme por irme. No sé si yo me perdonaré. Pero hoy sé que quiero vivir. Que quiero ser alguien. Y por primera vez no tengo miedo de intentar."

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Cuando llegaron los exámenes finales del semestre, Alya ya no se sentía como una extraña. Pasaba horas en la biblioteca revisando biología, matemáticas y literatura. Había logrado subir sus calificaciones casi al máximo, y un consejero escolar la ayudaba a preparar la solicitud para su universidad soñada.

La noche anterior a entregar su solicitud de beca, se quedó despierta revisando cada documento una y otra vez. Cuando todo estuvo listo, respiró hondo y miró la hoja donde su nuevo nombre aparecía en mayúsculas:

A L Y A

Por un instante, recordó a la niña que había soñado con jugar con los demás niños y que había terminado cargando el peso de un destino que no pidió. Cerró los ojos y pensó que, si esa niña la viera ahora, quizás estaría orgullosa.

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Los últimos días del ciclo escolar la encontraron con otra actitud. Sonreía más. Saludaba a sus compañeros sin bajar la cabeza. Había conseguido que algunos la incluyeran en trabajos en grupo, y cuando la profesora entregó los resultados finales, Alya sintió que todo su sacrificio valía la pena.

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En la lavandería, Mrs. Parker se enteró de que Alya había solicitado la beca completa y que esperaba una respuesta. Esa tarde, mientras contaban monedas de la caja, la mujer le dio un sobre pequeño.

-Para cuando la consigas -le dijo-. No es mucho, pero quiero que tengas algo por si decides mudarte al campus.

Alya quiso rechazarlo, pero Mrs. Parker insistió. Así que lo aceptó con lágrimas en los ojos.

-Gracias... por creer en mí -dijo con la voz quebrada.

-No tienes que darme las gracias -respondió la mujer-. Eres fuerte, Alya. Mucho más de lo que crees.

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Esa noche, Alya caminó hasta la pequeña colina cerca de su casa. El viento frío agitaba su cabello mientras sostenía la carpeta con todos sus documentos.

Por primera vez, se permitió imaginar su futuro sin miedo.

Se imaginó cruzando la puerta de la universidad con su nombre nuevo, saludando a sus profesores, caminando por los pasillos como cualquier otra chica que solo quería aprender.

Y sonrió.

Sonrió porque, por primera vez, sentía que ese futuro era suyo.

Pasaron semanas en las que Alya apenas podía dormir. Cada día, después de clases y del trabajo, revisaba su correo electrónico y el buzón de la casa con el corazón en la garganta.

Mrs. Parker, los pocos amigos que había hecho en la escuela y hasta la señora que le alquilaba la habitación sabían que estaba esperando esa carta. Todos parecían tan nerviosos como ella.

Una tarde de jueves, mientras Alya doblaba unas sábanas en la lavandería, su teléfono vibró en el bolsillo. Lo sacó con manos temblorosas y vio que tenía un correo nuevo de la universidad.

No se atrevió a abrirlo frente a nadie. Murmuró que tenía que salir un momento y caminó hasta el callejón lateral del edificio. Allí, con la respiración entrecortada, deslizó el dedo sobre la pantalla.

"Estimada Alya,"

El corazón le dio un vuelco.

"Nos complace informarle que su solicitud de beca ha sido aprobada..."

Se quedó mirando la frase una y otra vez, como si no pudiera creerla real. De pronto, las lágrimas le nublaron la vista. Sintió un calor que le subía por el pecho, como si todos los sacrificios, el miedo, la soledad y la culpa se hubieran transformado en un único instante de alivio.

Cuando volvió a entrar a la lavandería, llevaba los ojos enrojecidos. Mrs. Parker la miró alarmada.

-¿Qué pasó, Alya? ¿Estás bien?

Ella se tapó la boca con la mano. Le costaba hablar.

-La... la beca... -logró balbucear-. Me la dieron... ¡Me la dieron!

Por un segundo, nadie se movió. Luego, Mrs. Parker la abrazó con fuerza.

-¡Lo sabía! -exclamó con una risa llena de orgullo-. ¡Sabía que lo ibas a lograr!




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