Guardianes del velo

Capítulo 9: el despertar

Una niña de unos siete años corría tan rápido como sus pequeños pies se lo permitían. Iba llegando tarde a la escuela, y si la dejaban afuera por tardanza, su madre le iba a dar hasta con el cubo del agua.

Su cabello rizado se agitaba desordenado por el viento, el uniforme le colgaba torcido de tanto apuro, y uno de sus zapatos negros estaba manchado de lodo porque había llovido la noche anterior.

Al llegar a la escuela, tuvo que quedarse quieta como una estatua, respirando con dificultad por haber corrido tanto, porque justo estaban en el acto de la bandera y el himno nacional ya iba por la mitad. Miró a su alrededor y suspiró aliviada al reconocer a algunos compañeros de su curso entre las filas. No había mayor vergüenza que llegar tarde y, encima, entrar sola al aula cuando todos ya estaban sentados.

Cuando finalmente la dejaron entrar al edificio, en su salón ya estaban pasando lista. Ah, casi se me olvida: su nombre es Rosaura.

-¿Rosaura Sánchez? -preguntó la profesora con voz firme-. Por última vez, Rosa...

-¡Presente! -dijo la niña desde la puerta, levantando la mano.

Todos voltearon a mirarla. Ella bajó la cabeza y entró de prisa antes de que a la maestra se le ocurriera mandarla de vuelta afuera.

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UNAS LARGAS HORAS DE CLASE DESPUÉS...

-Esa profesora del culo... -murmuró Rosaura con fastidio, mientras recogía sus cosas. La habían castigado sin recreo, a ella y a otros niños, por llegar tarde-. Eso es buscando excusa pa' dejarnos aquí tranca'os -refunfuñó, lanzando una mirada de reojo hacia la puerta, donde la maestra seguía sentada revisando papeles.

-Pero tú casi ni entras a la escuela, Rosi -le dijo uno de sus compañeros, conteniendo la risa.

La niña prefirió ignorarlo y sacó su lonchera para desayunar tranquila el almuerzo que su mamá le había preparado.

-¡Ja, ja, ja! Dique puré de papa con huevo sancochao -se burló el niño al ver su comida.

-Mire, Carlito, usté ni desayuno trae -le contestó Rosaura, ofendida.

-¡Porque yo me desayuno en mi casa! -replicó el niño, subiendo la voz.

-¡Jabladol! -intervino otra niña con picardía.

Carlos se quedó callado, rojo de la vergüenza.

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YA AL FINAL DEL DÍA...

-¿Y si jugamos en mi casa después? -preguntó una de sus amiguitas, mientras salían al patio.

-Yo no puedo. Tengo que irme donde mi abuela -respondió Rosaura, colgándose la mochila.

-Ay, ¿por qué no puedes quedarte un rato? -preguntó Gael, su vecino, con cara de desilusión.

-Porque mi mamá dijo que hoy me toca ayudar a mi abuela a recoger ropa y barrer -respondió Rosaura, encogiéndose de hombros.

Los demás niños pusieron cara de fastidio y empezaron a despedirse, mientras Rosaura caminaba rumbo a la salida pensando que al menos esa noche su mamá no la iba a regañar más por llegar tarde.

UN RATO DESPUÉS...

Rosaura caminaba con pasos rápidos por la calle polvorienta, sosteniendo bien su lonchera para que no se le cayera. La casa de su abuela quedaba a unas cuantas cuadras de la escuela, y a esa hora el sol estaba tan fuerte que parecía querer derretirla.

Cuando llegó, empujó con cuidado la reja de metal que siempre rechinaba y entró al pequeño patio lleno de macetas. Su abuela, una señora bajita de piel morena y cabello blanco recogido en un moño, estaba sentada en una silla de guano, separando unas ropas para lavar.

-¡Buenas, abuela! -dijo Rosaura, dejando la mochila en un rincón.

-Ay, mi muchachita linda... ¿cómo te fue en la escuela? -preguntó la abuela sin dejar de doblar la ropa.

-Bien... bueno, más o menos -respondió Rosaura, bajando la voz al acordarse del castigo.

-¿Más o menos? -La abuela arqueó una ceja.

-Es que llegué un chin tarde... pero no importa, ya toy aquí -dijo rápido para cambiar de tema.

La abuela soltó un suspiro, pero no insistió. Le hizo un gesto con la mano para que se acercara.

-Ven, ayúdame a separar esta ropa: la blanca de un lado y la de color del otro. Y después me vas a barrer el pasillo, que hay mucho sucio.

-Sí, abuela -respondió Rosaura, sentándose en el piso de cemento.

Se puso a separar las camisas y pantalones, mientras escuchaba la vieja radio que la abuela tenía siempre encendida con boleros y noticias. De vez en cuando, miraba por la puerta hacia la calle, imaginándose a sus amigos jugando, pero no se quejaba.

Cuando terminó con la ropa, se levantó y agarró la escoba. El pasillo estaba lleno de hojas secas que el viento había metido por debajo de la puerta.

-¿Y después puedo merendar? -preguntó Rosaura mientras barría.

-Claro que sí, mi amor. Hay jugo frío y pan con mantequilla -respondió la abuela con una sonrisa.

A Rosaura se le iluminó la cara. Siguió barriendo con más ánimo, pensando que, aunque no pudo quedarse a jugar con sus amigos, siempre le gustaba pasar tiempo con su abuela, que le contaba historias y le daba cariño.

Cuando por fin terminó, fue a la cocina a lavarse las manos y se sentó en la mesa. Mientras mordía su pan, miró a su abuela, que ahora doblaba unas sábanas, y sintió que todo el cansancio del día se le pasaba un poco.

MÁS TARDE, A LA HORA DE LA CENA...

El sol ya se había escondido detrás de los techos vecinos cuando la abuela sirvió la cena. Sobre la mesa de madera, colocó dos platos de arroz con habichuelas y un poco de pollo guisado. Rosaura estaba sentada con las piernas colgando de la silla, hambrienta después de todo el día.

-Cómete to' eso pa' que crezcas fuerte -dijo la abuela mientras se acomodaba enfrente.

-Sí, abuela -respondió Rosaura, empezando a comer con calma.

Mientras cenaban, la abuela se quedó mirándola un momento con ternura y luego sonrió como si se acordara de algo.

-¿Tú sabes que hace mucho, mucho tiempo, aquí vivían los taínos? -preguntó de pronto.

Rosaura levantó la vista, curiosa.

-¿Los taínos? -repitió-. ¿Esos eran los indios, abuela?




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