Guerra de Corazones

Capitulo 2

Llegó el final de la recepción; los nobles estaban radiantes de alegría, probando las delicias de la mesa dulce real. Lyra no era la excepción: probaba una pequeña porción de tarta de chocolate con arándanos cuando sintió una fuerte presencia a sus espaldas. Sabía que no era Darian porque todo su cuerpo se tensó ante esa persona. Se dio vuelta lentamente, aprovechando para limpiarse las comisuras con los restos de chocolate.

—Señorita —habló el rey.

Lyra, sorprendida, hizo una reverencia torpe.

—Majestad —sonrió nerviosa—, lo siento, estaba… —miró la mesa de reojo.

El rey, con aire de superioridad, colocó ambas manos a sus espaldas y se acercó con pasos seguros a la mesa.

—No se preocupe, sé que lo de este palacio es apetitoso.

Dándole la espalda, tomó una trufa de chocolate y se la llevó a la boca.

—Delicioso —dijo para sí.

Lyra no se movía. No sabía si sería correcto irse, pero también sentía incorrecto que el rey comiera en su presencia, ya que ella era una persona insignificante.

—Su majestad… si me disculpa… lo dejo disfrutar de su banquete.

—¡Oh, no! —dijo él, dándose la vuelta—. Quería hablar con usted. Me dejé llevar por esta delicia —miró a su alrededor—, como todos.

Y sonrió pretenciosamente.

—No sé si se enteró de que en cinco días hay un baile muy importante.

—Oh… no lo sabía.

—Claro que no, recién se me ocurre…

—Está bien, cuente con mi presencia. Voy a hablar con la reina para que elija un atuendo acorde a la gala…

—Oh, no, no —la interrumpió—. Sí quiero que asista, pero no como la bufona, sino como una joven que acude a un baile con un vestido bonito.

Lyra parpadeó, sin comprender del todo.

—¿Perdón, majestad? —preguntó con cautela.

El rey ladeó la cabeza, observándola con una sonrisa tan cordial como peligrosa.

—Quiero que luzcas como una joven del palacio —explicó—. No como… —hizo un gesto vago hacia su gorro y su atuendo de bufona— esto.

Lyra sintió cómo el estómago se le contraía. No sabía si aquello era un halago o una trampa.

—Sería un honor, su majestad —respondió con dificultad—, pero… ¿por qué yo?

El rey caminó alrededor de ella con la tranquilidad de un león examinando a su presa.

—Porque eres parte de este lugar desde que eras apenas una niña. Y porque mi hijo te aprecia mucho —dijo, con un tono que sonaba amable, pero cuyo verdadero significado era imposible de descifrar—. Sería extraño que él asistiera a un evento tan importante sin… viejos amigos.

Lyra tragó saliva. Esa palabra —amigos— le cayó como una piedra en el pecho.

—Entiendo, majestad.

—Perfecto. —El rey sonrió, satisfecho—. Haré que te envíen un vestido. Algo discreto, pero… apropiado.

Lyra abrió la boca para agradecer, pero el rey levantó una mano, deteniéndola.

—Pero escucha con atención, niña. —Su voz se volvió baja, casi un susurro—. No debes olvidar tu sitio. Esa noche estarás allí para observar, no para participar.

Lyra bajó la mirada.

—Por supuesto, su majestad.

El rey se acomodó la capa, dispuesto a irse, pero dijo una última frase antes de marcharse:

—Y recuerda… hay cosas que un bufón jamás debe confundir con sueños.

Lyra se quedó helada, con la tarta todavía en la mano, sin saber si acababa de recibir una invitación o una advertencia.

No… sí lo sabía.

Era ambas.

La joven recogió algunos postres para su padre y los escondió entre sus ropas para evitar comentarios. Luego buscó con la mirada al príncipe, con la intención de disculparse por la forma en que lo había dejado la noche anterior; no era la manera correcta de tratar a un miembro de la familia real… ni a alguien a quien se amaba.

Se dirigió a la salida. Sus pasos resonaban con eco en los pasillos reales. Mientras avanzaba, dejó que su mirada se deslizara por los retratos familiares, hasta que se encontró frente a uno de Darian. El príncipe aparecía vestido con el uniforme de soldado, y Lyra suspiró ante tanta perfección.

Su expresión era seria; nunca lo había visto así. El casco sobre su cabeza dejaba escapar algunos mechones de su hermoso cabello castaño. La coraza y las demás piezas de la armadura cubrían su cuerpo por completo, pero aun así transmitía seguridad, fuerza… y una calidez silenciosa que solo ella sabía leer en sus ojos.

Suspiró.

Darian era perfecto, y sabía que no se trataba de una belleza subjetiva —como la suya—. Él era verdaderamente hermoso. También era consciente de que no era la única joven en admirarlo de esa manera. Entonces, como una tormenta repentina, un pinchazo de inseguridad se instaló en su pecho.

Lo quería. Pero… ¿qué podía ofrecerle ella?

Tenía cinco días para prepararse para un baile en el que no debería estar; cinco días en los que Darian la vería de otra forma.




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