Los cinco días previos al baile pasaron más rápido de lo que Lyra hubiera deseado, y casi negó la invitación de no ser porque la Reina, ella misma, en persona, le llevó el vestido envuelto en una tela de seda color borgoña.
—No puedo esperar para verlo puesto en ti —le había dicho la monarca.
Y ahí estaba ahora, en su habitación, acompañada por dos doncellas reales.
Trabajaron con una delicadeza casi reverencial. Le hicieron un recogido alto, sin rigidez, dejando que algunos mechones escaparan a propósito, enmarcando su rostro con suavidad.
No era un peinado perfecto ni simétrico, sino vivo: ondas naturales entrelazadas con un descuido calculado, como si el viento hubiera tenido algo que decir en su forma. Los mechones sueltos caían a los lados de su rostro y sobre la nuca, otorgándole un aire etéreo, casi indomable.
La Reina había pedido que Lyra no pareciera una dama moldeada por la corte, sino alguien que le pertenecía sin dejar de ser libre.
Se contempló en el espejo y se vio aceptable. Las doncellas la ayudaron a colocarse el vestido; le había quedado a la medida. Cuando su padre la vio, no pudo contener las lágrimas.
—Hija, pareces una princesa —dijo mientras se limpiaba las mejillas.
—Ay, padre, dices tonterías.
Los nervios la alcanzaron justo cuando entraba al salón. Iba sola y, al parecer, llegaba tarde. Lo bueno era que nadie lo notaría.
Darian la buscaba entre vestidos y peinados exuberantes, pero sabía que ella no estaba allí.
—Madre, ¿y si no viene? —preguntó discretamente mientras saludaban a los cortesanos.
—Claro que va a venir. No te preocupes —susurró ella con una sonrisa.
Cuando el príncipe dirigió la mirada hacia las puertas, estas se abrieron… y la vio.
El vestido que Elyndra eligió para Lyra parecía nacido de la noche misma.
Era de un azul profundo que se desvanecía en un degradado casi imperceptible, como si hubiese sido tejido con retazos de cielo estrellado. La falda larga y vaporosa caía en capas de gasa etérea, moviéndose como una ola silenciosa con cada paso. Entre los pliegues, delicados hilos plateados dibujaban ramas y hojas que ascendían por su cuerpo, brillando como escarcha bajo la luna.
El corsé, ajustado con suavidad, abrazaba su figura con bordados dorados y pequeños destellos que imitaban constelaciones. Sobre el pecho, la tela oscura se fundía con una transparencia fina que cubría los hombros como un susurro, adornada con arabescos de lentejuelas que parecían estrellas recién nacidas.
Las mangas, amplias y ligeras, flotaban alrededor de sus brazos como alas teñidas de noche. Cada movimiento hacía que los detalles dorados centellearan, como si el vestido respirara magia propia.
En conjunto, Lyra no parecía una bufona ni una muchacha común del castillo. Parecía una visión: una criatura surgida del corazón de un bosque encantado, una estrella que había decidido caminar entre mortales solo por una noche.
Los nobles, locales y extranjeros, detuvieron lo que estaban haciendo para contemplar su caminata hacia el estrado real. Si algo había aprendido Lyra, era a parecer tranquila incluso cuando su corazón estaba a punto de estallar.
Darian se quedó con la boca entreabierta. La Reina sonreía, satisfecha de su genialidad, y el Rey, sentado en su trono, apretaba la mandíbula para no ordenar su ejecución en ese mismo instante.
Lyra llegó hasta los monarcas e hizo una reverencia.
—Buenas noches, majestades y alteza. Me honra…
—Ese no es el vestido que te mandé, Lyra —la interrumpió el Rey.
La joven se enderezó de golpe.
—Claro que no. Yo lo hice —intervino Elyndra.
El Rey la despidió con un gesto de la mano. Ella no desaprovechó la oportunidad y casi salió corriendo, alejándose de su presencia.
Pasaron algunos minutos hasta que el príncipe la encontró en la mesa dulce. Sonrió al verla.
—Sabía que te encontraría aquí —dijo, acercándose mientras observaba su atuendo.
Lyra se dio vuelta sin sobresaltarse; lo esperaba.
—Pocos conocen mi obsesión por los dulces.
—Entonces me considero afortunado de conocerte tan bien —tomó su mano libre y besó sus nudillos.
El corazón de ambos cambió el ritmo al sentir el contacto del otro.
Ella aprovechó para observar cómo estaba ataviado. Darian vestía un atuendo impecable en un tono azul profundo, elegante sin necesidad de llamar demasiado la atención. La casaca, con discretos bordados plateados en el cuello y los puños, era lo justo para recordarle a todos que él era el heredero del reino. Debajo llevaba un chaleco del mismo tono y una corbata azul noche que completaban el conjunto.
No había nada exagerado en su vestimenta; era sobria, distinguida y resaltaba su porte natural. Solo quien estuviera atento notaría los detalles finos: el brillo suave del bordado, el corte perfecto del traje y la manera en que el azul parecía intensificar el color de sus ojos.
—Creo que mi madre trama algo —le dijo él al notar cómo lo detallaba—. Nos hizo combinar.
—Lo había notado, pero no quería decirlo aún.
Ambos sonrieron por la ocurrencia de la Reina.
—Sobre lo de anoche… —empezó a decir ella.
—Esta noche nos vemos en el mismo lugar para terminar lo que quise empezar —la interrumpió él, soltando las palabras antes de poder pensarlas.
—Alteza —un soldado real interrumpió antes de que Lyra pudiera decir algo—, su padre lo espera.
Darian solo asintió con la cabeza.
—Resérvame el primer baile, Lyra —se despidió con una reverencia.
Ella suspiró y siguió observando los pasteles, sus variedades y colores.
—¡Quiero la atención de todos, por favor! —la voz del Rey la sacó de su ensoñación.
Todos empezaron a acercarse al trono. La joven también lo hizo, pidiendo permiso para adentrarse en la multitud, intrigada por la solemnidad del llamado.
—Esta noche es especial —continuó el Rey al ver que tenía la atención de todos—. Ya que esta noche mi hijo, el príncipe Darian de Vencardia y heredero al trono, se compromete con la Princesa Morgana de Erythria…