Darian la buscó entre la marea de nobles, abriéndose paso con una urgencia que rozaba la falta de decoro. Salió del salón principal casi sin aire; necesitaba encontrarla, necesitaba hablar con ella. Hasta ese preciso momento, no había sido consciente de la magnitud del desastre. Su padre había intentado frenarlo al bajar del estrado, pero Darian no permitió que sobrepasara más límites. Ya había entregado su futuro; no entregaría también su última oportunidad de explicar la verdad.
La desesperación lo estaba volviendo loco. Necesitaba verla, sumergirse en sus ojos... tenerla cerca para acallar el ruido de las felicitaciones que aún resonaban en sus oídos como una condena.
—Si buscas a la chica, se fue por allá —la voz de Azai surgió desde las penumbras, deteniéndolo en seco.
Darian se giró hacia la oscuridad del corredor. Allí estaba el príncipe de Erythria, apoyado contra el muro con una serenidad que Darian envidiaba y odiaba a partes iguales. Azai señaló con un gesto lánguido hacia el jardín.
—Gracias —respondió Darian con voz ronca, dispuesto a echar a correr.
—Solo si la amas —el extranjero habló de nuevo antes de que el príncipe pudiera dar un solo paso—. Solo si la amas de verdad, búscala. Si no es así, déjala en paz. Lo necesita.
Darian se quedó inmóvil un segundo, impactado por la franqueza del hombre que, en teoría, debería ser su mayor aliado político. No respondió, pero la determinación en sus ojos fue contestación suficiente mientras se internaba en la noche tras el rastro de la única estrella que le importaba.
Y allí la encontró, una mancha de azul contra el blanco de los rosales, de espaldas y luchando contra los lazos de su propia cárcel. Él se acercó con la cautela de quien teme asustar a una paloma herida; sus dedos buscaron las cintas y, con un siseo suave que la hizo estremecer al reconocerlo, tiró de ellas.
El corsé se aflojó, cayendo al suelo con un susurro de tela pesada, dejando la piel de su espalda expuesta al aire frío de la noche. Darian supo que ella no se daría la vuelta, no todavía, pero necesitaba que su voz la alcanzara.
—Lyra —susurró, y su nombre sonó como un último aliento—. Yo no sabía nada de esto. Si lo hubiera sabido...
Pero las palabras murieron en su garganta, asfixiadas por un nudo de culpa y angustia. Cuando ella finalmente se giró, el mundo de Darian se terminó de romper. Allí, bajo la luna, vio por primera vez el llanto de la mujer que siempre tenía una sonrisa para el reino. Sus ojos marrones oscuros, que solían brillar con ingenio, estaban ahora anegados en una pena insoportable.
—Me duele el corazón —dijo ella, y cada sollozo era un puñal—. Mucho.
Él la atrajo contra su pecho con una fuerza desesperada, envolviéndola en un abrazo que intentaba unir sus pedazos rotos. Un par de segundos después, vencidos por el peso de sus propios cuerpos y la angustia, ambos cayeron al suelo sin soltarse, sobre la hierba húmeda y los pétalos caídos.
Lyra finalmente levantó la vista. Con las manos aún temblorosas, acunó el rostro de Darian y, por primera vez, dejó atrás el miedo y la jerarquía para atreverse a besarlo. No le importaba el pacto, ni la princesa extranjera, ni la corona; en ese rincón oscuro del mundo, él era suyo tanto como ella le pertenecía a él.
En el instante en que sus labios rozaron los del príncipe, Darian sintió una descarga eléctrica; había esperado aquel contacto durante una eternidad silenciosa. Perdió el control por completo. Tomó el rostro de Lyra entre sus manos, devorando sus labios con un hambre evidente y feroz. Suspiraron al unísono, encontrando en la boca del otro el oxígeno que el palacio les había arrebatado horas atrás.
—Voy a luchar por esto —dijo Darian, rompiendo el contacto apenas unos milímetros, lo justo para que sus palabras le rozaran la piel—, por nosotros.
La besó de nuevo, esta vez con una promesa solemne. Lyra hundió sus dedos en el cabello oscuro de Darian, acariciándolo con una ternura que hizo que el príncipe casi ronroneara, entregándose por completo a la sensación de paz que solo ella sabía darle.
—Voy a ganar por ti —sentenció Lyra. Sus palabras no fueron un ruego, sino un juramento de guerra.
Se quedaron así, abrazados sobre la tierra, ignorando que el frío de la noche empezaba a entumecer sus miembros, hasta que finalmente el sentido de la realidad los obligó a ponerse en pie.
Desde la espesura de las sombras, Azai los observaba. No había rastro de burla en su rostro, solo una sonrisa triste y privada que desapareció en cuanto se dio la vuelta para interceptar a los soldados que ya peinaban las cercanías del jardín en busca del príncipe.
—Se sintió indispuesto —mintió Azai con una naturalidad pasmosa, cruzando las manos a la espalda mientras bloqueaba el camino de la guardia—. Me pidió que les informara que se ha retirado a sus aposentos para descansar.
Los soldados, intimidados por la autoridad del príncipe extranjero, asintieron sin cuestionarlo y desistieron de la búsqueda.
Azai regresó al salón. El aire allí dentro era pesado, cargado de perfume caro y de la euforia artificial de los invitados. Divisó a Morgana en el centro de un círculo de nobles; ella lucía su corona de fuego y esmeraldas, bañándose en halagos mientras ensayaba una falsa modestia que solo Azai sabía detectar. Con galantería, se abrió paso entre la multitud.
—Hermosas damas —dijo con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—, debo robarles a mi hermosa y comprometida hermana por un momento.
Morgana aceptó su mano con un gesto regio y se dejó guiar lejos del grupo. En cuanto estuvieron fuera del alcance de los oídos indiscretos, su expresión se tensó.
—Gracias, hermano. Ya no soportaba que esas mujeres manosearan mi vestido —siseó Morgana, limpiándose una mota de polvo invisible de la seda verde—. No las aparté porque seré su futura reina y
necesito su aceptación, pero sus halagos huelen a desesperación.