Lyra salió a los patios del jardín en lo que Darian iba a atender unos asuntos políticos con su padre. La muchacha practicaba acrobacias, con los pies en el aire y la cabeza en el suelo logro ver unos zapatos negros que se acercaban. Se dejó caer para ver quién era.
—Buenos días señorita – habló Azai acercándose.
Ella se puso de pie rápidamente e hizo una reverencia, el movimiento rápido le provocó un mareo – ya que no tenía estomago para alimentarse después de la noticia – perdió el equilibrio y justo antes de caer el príncipe extranjero la tomó del brazo.
—Estoy acostumbrado a que las mujeres se desmayen cuando me vean, pero no esperaba eso de usted – Azai dijo con tono de burla aunque preocupado por ella.
Lyra recuperó el aliento, sintiendo el calor de la mano de Azai a través de la tela de su manga. Sus ojos marrones se encontraron con la mirada del extranjero, que la sostenía con una fuerza que no era necesaria, pero que se sentía extrañamente segura.
—No se acostumbre, príncipe —respondió Lyra, soltándose con delicadeza pero con firmeza—. No me he desmayado por su belleza, sino porque mi desayuno ha decidido ser tan inexistente como la piedad de su hermana.
Azai soltó una risa corta, soltándola por completo y cruzándose de brazos mientras la observaba como quien estudia una pieza de arte extraña.
—Cuidado —advirtió él, bajando el tono—. En mi reino, hablar así de la realeza te costaría la lengua. Pero aquí... aquí pareces tener un privilegio especial. O quizás es que eres demasiado valiente para tu propio bien.
Lyra se sacudió el polvo de su traje de colores, tratando de recuperar su dignidad.
—Soy la bufona, señor. Mi trabajo es decir las verdades que los demás callan por miedo.
—Entonces dime una verdad —Azai dio un paso hacia ella, invadiendo su espacio personal con esa arrogancia que lo caracterizaba—. ¿Crees que seis semanas serán suficientes para que tu príncipe encuentre una salida? Porque yo conozco a Morgana. Ella no acepta un "no", y mucho menos de alguien a quien considera inferior.
Lyra sintió un escalofrío. La forma en que Azai pronunció el nombre de su hermana fue casi una advertencia de muerte.
—Darian es más fuerte de lo que parece —respondió ella, sosteniéndole la mirada.
—No lo dudo. Pero el amor hace que los hombres cometan errores —Azai estiró la mano y, con un movimiento rápido,atrapó una de las cintas del traje de Lyra—. Y yo soy un experto en aprovechar los errores ajenos. Deberías tener cuidado conmigo, bufona. No todos los príncipes quieren salvarte. Algunos solo queremos ver qué pasa cuando el fuego llega al castillo.
Lyra quedó en silencio, tratando de comprender la metáfora del príncipe.
—Muchas gracias por la advertencia —ella le sonrió con cortesía profesional.
—Cambiando de tema, deberías desayunar.
Se sorprendió, pero asintió.
—Te invitaría yo mismo, pero ya tengo un pendiente con mi hermana y, como te dije, no acepta un "no" por respuesta —insistió él.
—Lo entendí, muchas gracias.
Ella hizo una reverencia impecable y le dio la espalda, continuando con lo suyo como si el príncipe ya no estuviera allí.
Desde lo alto de la galería este, Morgana observaba a través de los cristales reforzados. No se movía. Su mano, adornada con anillos de oro, descansaba sobre el marco de la ventana mientras sus ojos verdes seguían cada movimiento en el jardín.
Había visto el momento exacto en que la bufona perdía el equilibrio. Había visto a Azai —su hermano, el hombre que no mostraba piedad ni ante sus propios generales— estirar el brazo para sostenerla. No la había soltado de inmediato. Habían hablado.
Morgana apretó los labios. No le importaba la bufona en sí, pero detestaba que algo que perteneciera a su entorno (ya fuera su hermano o su futuro reino) se distrajera con "basura".
—¿Qué estás mirando, hermana? —La voz de Azai, que acababa de entrar a la sala tras subir las escaleras, la sacó de sus pensamientos.
Morgana no se giró. Solo señaló con la barbilla hacia el patio, donde Lyra seguía con sus acrobacias, ignorante de que estaba siendo marcada.
—Parece que te gusta mucho el entretenimiento barato, Azai —siseó ella, girándose finalmente. Su vestido verde crujió con el movimiento—. Te vi en el jardín. ¿Desde cuándo el príncipe heredero de Erythria se dedica a recoger sobras del suelo?
Azai mantuvo su expresión de aburrimiento, pero sus ojos se afilaron.
—Estaba mareada, Morgana. No quería que ensuciara el césped con un desmayo. Sería una pena para el decoro de este palacio tan... impecable.
—Ten cuidado —ella se acercó a él, invadiendo su espacio—. Esa muchacha siempre está cerca de Darian. Si estás jugando a algo, asegúrate de no arruinar mis planes. Porque si esa bufona se convierte en una distracción para mi compromiso, me encargaré de que su última pirueta sea desde la torre más alta.
—Como tú digas, hermana —respondió Azai. Su voz bajó una octava, volviéndose tan fría como el acero de una ejecución—. Pero ten más cuidado con cómo me hablas. Recuerda...
Dio un paso hacia ella, ignorando el veneno que Morgana despedía, y la señaló con el dedo índice directamente al pecho, justo donde latía su ambición.
—Yo soy tu futuro rey. Y si llegas a sentarte en ese trono, solo lo serás como una reina consorte. Tu vida, tu título y tu cuello seguirán estando en mis manos cuando yo herede la corona de nuestro padre. No me des órdenes.
El silencio que siguió fue denso, casi sólido. Se quedaron congelados en una jugada de miradas asesinas; los ojos verdes de Morgana, cargados de un odio contenido, chocaron contra la mirada implacable de Azai. Ninguno parpadeó. Era una lucha por ver quién era el depredador más fuerte en esa habitación.
Morgana chasqueó la lengua, un sonido seco que cortó la tensión, y apartó la mirada de su hermano como si se diera por vencida, aunque el odio seguía brillando en el fondo de sus pupilas. Se dio la vuelta, acomodándose los pliegues del vestido con una calma fingida.