El sol se filtró por las rendijas de la Cámara de los Ecos, pero no trajo la calidez de la noche anterior. Trajo el frío de las responsabilidades. Lyra se vistió con el traje de bufona, sintiendo que cada cascabel pesaba ahora como si fuera de plomo.
Cuando salió al pasillo para dirigirse a sus "deberes", se encontró con una presencia que la hizo detenerse en seco. Azai estaba allí, impecablemente vestido, apoyado contra la pared frente a su puerta. No parecía haber dormido; sus ojos verdes eran dos dagas que analizaban cada detalle del rostro de Lyra.
—Tienes un brillo diferente en la mirada, pequeña bufona —dijo Azai, su voz era un susurro gélido que recorrió la columna de Lyra—. Un brillo que te va a costar la vida si no aprendes a apagarlo antes de que Morgana te vea.
Lyra intentó mantener la compostura, recordando las palabras de Darian.
—No sé de qué habla, príncipe Azai.
Azai se despegó de la pared y caminó hacia ella, invadiendo su espacio personal hasta que ella sintió el aroma a metal y vino caro que siempre lo acompañaba.
—Darian cree que los pasadizos de este palacio son un refugio. Pero Morgana tiene espías que no necesitan puertas para ver —Azai le puso una mano en el hombro, apretando apenas lo suficiente para que ella supiera que hablaba en serio—. Si él te ama tanto como parece, es el hombre más peligroso de este reino para ti. No te confíes, Lyra. Las montañas de Vencardia son altas, pero la sombra de Erythria llega a cualquier lugar donde intentes esconderte.
Antes de que Lyra pudiera responder, las puertas del gran salón se abrieron y el Rey Alaric, escoltado por Morgana, apareció al final del pasillo.
Morgana llevaba un vestido de un rojo violento, casi como sangre seca. Al ver a Azai tan cerca de Lyra, una sonrisa depredadora se dibujó en sus labios.
— ¡Hermano! —Exclamó Morgana, acercándose con paso firme—. Veo que te has tomado muy en serio la seguridad de nuestra bufona. ¿O acaso estabas dándole instrucciones privadas para el espectáculo de esta noche?
Darian apareció justo detrás de su padre. Al ver la mano de Azai sobre el hombro de Lyra, sus mandíbulas se tensaron tanto que un pequeño
músculo en su cuello saltó. Pero esta vez, no explotó. Recordó su promesa: sería más astuto.
—Azai simplemente estaba recordándole sus horarios, Morgana —intervino Darian, caminando hacia ellos con una calma fingida—. Padre quiere que Lyra haga una demostración de equilibrio en el jardín durante el almuerzo. ¿No es así, padre?
—Muy cierto – habló el rey – y espero que sea algo… nunca antes visto en este palacio. Ahora eres la bufona real, debes hacer algo de acuerdo a la situación.
Lyra hizo una reverencia y con la cabeza gacha, respondió:
—Si, mi rey, haré algo digno de su presencia.
El rey Alaric se acercó a ella.
—No, niña. Digna de mi presencia no. Sino digna de la presencia de tu futura reina, Morgana.
Ambos príncipes y Lyra lo miraron.
—No sé por qué se sorprenden, después de todo, en algunas semanas Lyra le pertenecerá a Morgana – dijo el rey con sorna– así están destinadas las cosas.
—Oh, gracias mi rey – habló la princesa – ya escuchaste, bufona. Algo digno de mí.
El rey y la princesa caminaron juntos para salir al jardín.
—Lyra… - susurró Darian – no tienes que…
—Oh, sí tengo —habló la muchacha con un tono desafiante que hizo que Darian retrocediera un paso—. Les voy a probar que no soy un juguete que pueden romper o usar a su antojo. Soy una persona con una determinación igual o mayor a la que tienen ustedes. —Los miró a ambos a los ojos, sin rastro de la bufona sumisa—. No soy frágil.
Darian y Azai se quedaron petrificados ante la mirada de Lyra. Por primera vez, no veían a la muchacha que necesitaba ser rescatada, sino a una mujer que estaba dispuesta a prenderle fuego al jardín con tal de no ser humillada.
—Lyra, no seas imprudente —advirtió Azai con voz tensa—. Morgana no quiere un espectáculo, quiere verte caer.
—Entonces que mire bien —respondió ella, dándose la vuelta sin esperar permiso.
El almuerzo se dispuso en la terraza alta, rodeada de un precipicio decorado con estatuas de mármol y fuentes de agua. El "acto de equilibrio" que Morgana tenía en mente no era en el suelo. Habían colocado una cuerda de seda floja que cruzaba de un extremo a otro de la fuente principal, a una altura donde una caída significaría, en el mejor de los casos, huesos rotos contra el mármol.
Morgana bebía su vino, recostada en su silla, observando con ojos de serpiente cómo Lyra se acercaba al borde. El Rey Alaric reía de algún chiste de sus consejeros, ignorando la palidez mortal en el rostro de su hijo.
Darian estaba de pie, con los puños tan apretados que sus nudillos estaban blancos. "Si se cae, salto tras ella", pensó, sin importarle que el mundo entero viera su debilidad. Pero entonces, vio a Lyra.
Ella no subió con miedo. Se quitó los zapatos de cascabeles, quedando descalza sobre la piedra fría. Miró directamente a Morgana y, con una sonrisa que era más una declaración de guerra que una muestra de cortesía, saltó a la cuerda.
El silencio fue absoluto.
Lyra no solo caminó. Empezó a girar, a saltar, moviéndose con una gracia que desafiaba la gravedad. No parecía una bufona; parecía una deidad del aire burlándose de los mortales que la miraban desde abajo. Cada vez que la cuerda oscilaba, el corazón de Darian se detenía, pero ella recuperaba el eje con una fuerza en las piernas que nadie sospechaba.
En el clímax del acto, Lyra se detuvo justo en el centro, sobre la parte más profunda y peligrosa. Se quedó en un solo pie, extendiendo los brazos como si fuera a volar.
— ¿Es esto lo suficientemente digno para usted, mi futura reina?
Lyra estaba en el aire, una figura de seda y orgullo suspendida sobre el vacío. Darian sentía que el mundo se detenía cada vez que el viento soplaba, pero ella se mantenía firme. Morgana, sentada a pocos metros, apretaba el tallo de su copa hasta que sus nudillos palidecieron.