La Gran Sala de Banquetes resplandecía bajo la luz de cientos de velas. La cena real estaba en pleno apogeo, pero la tensión era palpable, especialmente entre la mesa principal donde se sentaban el Rey, Morgana, Darian y Azai, y el estrado central donde Lyra estaba por comenzar su espectáculo.
Lyra subió al estrado, vestida con un atuendo de seda negra que Darian le había obsequiado, decorado con cascabeles de plata. Esta vez, su rostro no mostraba miedo, sino una determinación que parecía brillar más que las joyas de la corte.
Su acto fue una mezcla de acrobacia, danza y pantomima. Imitó la crueldad de una reina, la avaricia de un rey y la lucha silenciosa del pueblo. Cada movimiento era una crítica velada, pero tan artísticamente disfrazada que solo los más astutos podían captarlo. El Rey Alaric la miraba con una mezcla de aburrimiento y curiosidad, mientras Morgana entrecerraba los ojos, intentando descifrar el mensaje oculto.
Darian, en la mesa, apenas tocaba su comida. Sus ojos no se despegaban de Lyra, con el frasco del antídoto escondido en su mente. Azai, por su parte, se movía inquieto en su asiento, anticipando el desastre.
Lyra, siguiendo la indicación de la Reina, se forzó a mostrar signos de agotamiento. Su respiración se hizo más pesada, sus movimientos más lentos. Se dejó caer sobre un taburete, simulando estar al borde del colapso.
Morgana, viendo su oportunidad, sonrió. Se levantó de su asiento y se acercó al estrado con una copa de plata en la mano.
—Nuestra bufona está exhausta —dijo Morgana con una voz dulzona que no engañó a nadie—. Un esfuerzo admirable, dada su... fragilidad. Bebe esto, Lyra. Es un vino especial, para reponer tus fuerzas.
Lyra miró la copa, y luego los ojos de Morgana. El veneno brillaba en el líquido oscuro. Pero en su interior, Lyra ya había tomado el antídoto hacía una hora, exactamente como la Reina le había instruido. Se levantó con lentitud, tomó la copa de la mano de Morgana y miró fijamente a la princesa.
—Es usted muy amable, Majestad —dijo Lyra.
La joven se acercó la copa a los labios sin dejar de mirar a la princesa. Bebió de ella. Sintió el gusto picoso del veneno. Se pasó la lengua por los labios disfrutando de las sensaciones.
—Se nota que es exclusivo, jamás lo había probado – habló Lyra después de devolverle la copa a Morgana.
—Claro que no, bufona. Jamás habrías tenido el privilegio de probar algo real sino fuera por mí.
Lyra sonrió y miró a Darian. Este no le sacaba los ojos de encima.
Azai estaba congelado en su lugar, no escuchaba nada, solo observaba los movimientos de cada uno, aún de los sirvientes que traían la comida.
Morgana tomó la copa de vuelta con una satisfacción que apenas podía ocultar. Sus dedos rozaron los de Lyra y una chispa de triunfo maligno brilló en sus ojos. Ella esperaba que, en pocos segundos, la bufona empezara a asfixiarse, que sus ojos se pusieran rojos y que cayera al suelo en una agonía lenta frente a todos.
—Espero que el sabor te acompañe por mucho tiempo —murmuró Morgana, regresando a su asiento con la elegancia de un depredador que ya ha mordido a su presa.
Lyra se mantuvo en el centro del estrado. Sintió un calor extraño recorriendo su garganta, el rastro del veneno intentando atacar su sistema, pero el antídoto de la Reina estaba cumpliendo su función, neutralizando la toxina en su sangre. En lugar de dolor, Lyra sintió una descarga de adrenalina.
Darian estaba tan tenso que la silla de roble bajo él crujió. Su mano derecha estaba escondida bajo la mesa, apretando su propia daga. Si veía una sola gota de sangre salir de la nariz de Lyra, no habría ejército en el mundo que le impidiera degollar a Morgana allí mismo.
Pasaron los segundos. Un minuto. Dos.
Lyra no se cayó. No tembló. Al contrario, se estiró como un gato y comenzó una nueva parte de su acto, una danza aún más rápida y exigente que la anterior. Sus cascabeles de plata tintineaban con una alegría insultante para Morgana.
Azai, que conocía los venenos de su tierra, se dio cuenta de que algo estaba mal. Morgana le había dado el Suspiro de Erythria, un veneno que debería haber paralizado el corazón de una persona del tamaño de Lyra en menos de sesenta latidos. Sin embargo, allí estaba ella, saltando y girando con más energía que nunca.
Morgana empezó a perder la compostura. El color desapareció de su rostro, dejando una máscara de palidez mortal. Miró su propia copa, luego la de Lyra, y finalmente sus ojos se cruzaron con los de la Reina.
La madre de Darian estaba sentada al otro extremo, observando la escena con una calma glacial. Levantó su propia copa de vino hacia Morgana en un gesto casi imperceptible. Un brindis silencioso.
Morgana comprendió en ese instante que había sido traicionada por alguien de su propio rango.
Lyra terminó su pirueta justo frente a la mesa real, cayendo de rodillas en una reverencia perfecta, con la respiración apenas agitada.
— ¿Se encuentra bien, Princesa Morgana? —Preguntó Lyra, con una voz clara que resonó en todo el salón—. Parece que el vino me ha sentado mejor a mí que a usted. Se ha quedado un poco pálida.
La princesa le recibió la copa de vuelta, tomó de ella de lo que quedaba para comprobar que hubiera echado el veneno. Cuando el líquido bajó por su garganta sintió el picor del veneno.
—Imposible – murmuró – imposible.
Buscó la mirada de Azai, este sonreía apenas un poco. Entendió la pregunta que Morgana tenía en sus ojos, el simplemente frunció los hombros.
Morgana sintió cómo el fuego líquido del Suspiro de Erythria le quemaba la garganta. Sus propios ojos se abrieron de par en par, inyectados en un pánico que no pudo ocultar. Ella no había tomado el antídoto. Ella no era "invulnerable".
El veneno comenzó a actuar. Su mano, la que sostenía la copa de plata, empezó a temblar violentamente. El metal chocó contra la mesa con un sonido estridente que atrajo la atención de todos los nobles.