La luz de la mañana se filtraba de manera agresiva por las ventanas de seda de los aposentos reales. Morgana abrió los ojos, sintiendo que su cabeza era un yunque golpeado por mil martillos. Lo primero que recordó fue el sabor metálico del vino y la sonrisa desafiante de la bufona.
Intentó incorporarse, pero sus músculos estaban rígidos. Al ver a Azai sentado en un sillón frente a su cama, limpiando sus uñas con un estilete, Morgana abrió la boca para gritar, para exigir la cabeza de Lyra, para maldecir a la Reina de Vencardia.
—¡Guardias! ¡Traigan a esa maldita...! —quiso gritar.
Pero de su garganta solo salió un soplido ronco, un chirrido seco que apenas superaba el volumen de un susurro roto. Se llevó las manos al cuello, con los ojos desorbitados por el pánico.
Azai levantó la vista, con una expresión de aburrimiento letal.
—No te esfuerces, querida hermana —dijo él, sin moverse—. El veneno que tú misma preparaste ha dejado sus huellas. El médico dice que tus cuerdas vocales están paralizadas. Con suerte, volverás a hablar en una semana. Con mala suerte... bueno, el silencio te hace parecer más inteligente.
Morgana golpeó las sábanas con rabia, emitiendo un sonido gutural de frustración. En ese momento, la puerta se abrió tras un breve toque.
Lyra entró en la habitación. No llevaba su gorro de cascabeles, sino un vestido sencillo de sirvienta que la hacía pasar desapercibida, pero sus ojos brillaban con un triunfo sereno. Traía una bandeja con agua y hierbas medicinales.
—El Rey me ha enviado a ver cómo seguía la invitada de honor —mintió Lyra con una vozmelodiosa, disfrutando cada sílaba.
Se acercó a la cama. Morgana intentó abalanzarse sobre ella, pero la debilidad la devolvió a las almohadas. Lyra se inclinó, fingiendo que acomodaba las mantas, y le susurró al oído para que solo ella pudiera escucharla:
—¿Recuerda lo que me dijo ayer sobre la fragilidad, Princesa? Parece que el destino tiene un sentido del humor muy retorcido. Yo sigo aquí, y usted... usted ni siquiera puede pedir ayuda.
Lyra dejó el vaso de agua en la mesa de noche, justo fuera del alcance de la mano de Morgana.
—Beba despacio —añadió Lyra en voz alta para que Azai la oyera—. No querríamos que volviera a atragantarse con sus propias intenciones.
Morgana solo pudo emitir un gemido de furia última mirada de hierro antes de retirarse.
Lyra caminó triunfante a la Cámara de los ecos pero la sonrisa se le borró del rostro cuando vio al rey de espaldas, mirando por las ventanas.
—El poder es curioso – habló el primero – nos hace sentir extasiados, es una emoción similar a la que tenemos cuando probamos algo por primera vez y nos gusta.
Él se dio vuelta y la miró desde los pies a la cabeza. El cuerpo de ella se contrajo de miedo o asco, o las dos cosas.
—Me enteré por malas lenguas que te has revolcado con mi hijo.
Los ojos de Lyra se abrieron de sorpresa y miedo. Tembló.
—Yo… — empezó a balbucear.
El rey levantó una mano para indicarle que guardara silencio.
—No juzgo a mi hijo, eres hermosa.
Se acercó a ella como un león a su presa y la tomó del cuello con tal fuerza que la empujó contra la puerta.
—Yo hubiera hecho exactamente lo mismo.
La mirada lasciva de él hizo que el estómago de ella se revolviera del asco.
—Majestad… no soy digna de que usted se fije en mí.
La mano del Rey era como un grillete de hierro. Lyra sentía la rugosidad de sus anillos contra su piel y el olor a vino añejo y poder podrido que emanaba de él. Sus pies apenas rozaban el suelo, y el aire empezaba a faltarle, pero el miedo que sentía no era a morir, sino a la mirada que el Rey le clavaba.
—Digna... —repitió Alaric con una risa ronca que vibró contra el pecho de la muchacha—. ¿Crees que me importa tu dignidad? En este reino, lo que es de mi hijo, es mío por derecho de sangre. Él es solo un reflejo débil de lo que yo soy.
Alaric acercó su rostro al de ella, ignorando las lágrimas de rabia que empezaban a asomar en los ojos de Lyra. Su otra mano subió para acariciar el cabello de la joven, un gesto que se sentía como el paso de una serpiente.
—Darian cree que te oculta en esta cámara porque es un romántico —susurró el Rey—. Pero no hay secretos para mí en mi propio castillo. Si te permito seguir respirando después de lo que le pasó a Morgana, es porque quiero ver qué es lo que tanto fascina a mi heredero.
Lyra, a pesar del pánico, logró encontrar un rastro de esa fuerza que había jurado tener. No podía usar la fuerza física contra un Rey, pero podía usar su lengua.
—Si me toca... —logró decir con la voz quebrada por la presión en su cuello—, perderá a su hijo para siempre. Él no se lo perdonará.
El Rey apretó un poco más, y su sonrisa se volvió gélida.
—Él no tiene por qué enterarse. Al menos, no hasta que yo haya terminado contigo.
En ese momento, un golpe seco sonó al otro lado de la puerta. Alaric no soltó a Lyra, pero giró la cabeza con impaciencia.
— ¡Majestad! —Era la voz de un guardia—. El Príncipe Darian exige verlo en el salón del trono. Dice que es un asunto de seguridad nacional sobre la frontera de Erythria.
El Rey soltó a Lyra tan repentinamente que ella cayó de rodillas al suelo, tosiendo y frotándose el cuello, que ya empezaba a mostrar marcas rojas. Alaric se arregló la túnica con una calma aterradora.
—Parece que mi hijo tiene un sentido del tiempo impecable —dijo el Rey, mirando a Lyra desde arriba—. Limpia tu rostro, bufona. Y recuerda: el veneno de Morgana es agua comparado con lo que yo puedo hacerte si le dices una sola palabra a Darian.
Salió de la habitación, cerrando la puerta con un estruendo que dejó a Lyra temblando en el suelo de la Cámara de los Ecos.
Se hizo un ovillo en el suelo de piedra y lloró. No fue el llanto de una niña, sino un sollozo seco, de esos que nacen en el estómago y queman la garganta. Ni todas las burlas de la corte, ni el veneno de Morgana, ni el odio de los guardias se comparaban con la náusea que sentía ahora. Lo de Alaric no había sido solo miedo; había sido terror puro, una invasión que le había robado la poca seguridad que le quedaba.