Guerra de Corazones

Capitulo 11

Darian se acercó a ella, rebosante de una energía que Lyra no había visto nunca. Le tomó las manos, ignorando que ella estaba rígida como una estatua.

—Azai ya tiene los documentos listos. Mi madre está posicionando a sus hombres de confianza cerca del estrado —susurró Darian con entusiasmo—. En cuanto hagas la señal, Lyra, este reino cambiará. Serás la última persona a la que mi padre logre lastimar.

Lyra lo miró, y las lágrimas que había estado conteniendo desbordaron sus ojos, trazando surcos sobre el maquillaje de bufona.

—Darian... no podemos hacerlo —logró decir con la voz rota.

Él frunció el ceño, su sonrisa desapareciendo de inmediato.

—Es el miedo. Lo entiendo. Pero tienes que ser valiente solo un poco más...

—¡No es miedo por mí! —le interrumpió ella, apretando sus manos con desesperación—. Él estuvo aquí. Hace un momento. Sabe que estamos planeando algo, Darian. Sospecha de todos.

Darian se puso tenso, su mano bajó instintivamente a la espada.

—¿Qué te dijo? ¿Te volvió a tocar?

—Dijo que si abro la boca, matará a mi padre —la confesión salió de ella como un lamento—. Sabe dónde está. Si lo denunciamos, si lo derrocamos... mi padre no vivirá para ver el amanecer.

Darian retrocedió un paso, como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago. El brillo de la victoria en sus ojos se apagó, reemplazado por un horror gélido.

—Él no... —Darian empezó a negar con la cabeza, buscando una lógica que no existía en la mente de su padre—. Mi padre no es un carcelero de plebeyos, él no se ensuciaría con...

—Él es un monstruo, Darian. Me lo dijo a la cara. Me pidió que sonriera y que aplaudiera cuando anuncies tu compromiso con Morgana. Si no lo hago, si el plan sigue adelante, mi padre muere.

Estaba atrapado. Si seguía el plan de su madre, se convertía en el asesino de su suegro. Si se detenía, dejaba a Lyra a merced de los caprichos del Rey para siempre.

—Esa rata maldita... —gruñó Darian entre dientes—. Lo ha planeado todo. Nos tiene atados.

En ese momento, la trompeta del torneo sonó en el exterior, anunciando la entrada del Rey al palco de honor. El sonido, que antes era de esperanza para Darian, ahora sonaba como una sentencia de muerte.

—Tengo que encontrar a Azai —dijo Darian, volviéndose hacia ella con una mirada desesperada—. Él tiene contactos en las sombras que ni siquiera mi padre imagina. Lyra, escúchame: sal ahí. Haz lo que él te pidió. Finge. Gana tiempo. Yo no dejaré que ese hombre muera, pero necesito que Alaric crea que ha ganado por unos minutos más.

Darian no esperó respuesta. Salió de la habitación a zancadas y encontró a Azai en el pasillo, ajustándose los guanteletes de cuero

para el torneo. El príncipe de Erythria notó de inmediato la palidez en el rostro de su amigo.

— ¿Qué ocurre? Pareces haber visto a un espectro —dijo Azai, bajando la voz.

—Mi padre tiene al suyo —soltó Darian, señalando hacia la habitación de Lyra—. En la villa de verano. Si el plan de mi madre sigue adelante hoy, él dará la orden de ejecutarlo. Azai... mis soldados le deben lealtad a la corona, no puedo enviarlos sin que mi padre se entere. Pero tus hombres...

Azai detuvo sus movimientos. Una sonrisa gélida y letal apareció en su rostro. Sus espías y mercenarios de Erythria no respondían a las leyes de Vencardia; eran sombras que se movían por el oro y la lealtad a su sangre.

—Mis sombras no necesitan permiso para moverse—respondió Azai, sus ojos brillando con una emoción peligrosa—. Quieres que lo saquen y lo lleven lejos, fuera del alcance de las garras de tu padre.

—Sácalo del reino. Llévalo a la frontera de Erythria si es necesario —suplicó Darian—. Te daré lo que quieras, Azai. Mi lealtad, mis tierras... lo que sea. Solo sálvalo.

Azai le puso una mano en el hombro, apretando con fuerza.

—No lo hagas por la corona, hazlo porque ese viejo estúpido cree que es el único que sabe jugar sucio. Dile a Lyra que actúe. Que gane todo el tiempo que pueda. Mis hombres estarán en esa torre antes de que el primer caballero caiga de su caballo.

Azai se giró hacia uno de sus guardias silenciosos que esperaba al final del pasillo y le dio una orden en el dialecto de su tierra. El hombre desapareció en las sombras como si nunca hubiera estado allí.

Darian volvió a entrar un segundo para mirar a Lyra.

—Azai está en camino. Sus hombres son los mejores. Ahora, tienes que salir ahí y ser la mejor bufona que este reino haya visto jamás. Haz que mi padre crea que te tiene bajo su bota. Engáñalo, Lyra. Engáñalos a todos.

El estruendo de la multitud en el Torneo de Invierno era ensordecedor, pero para Lyra, el mundo se había quedado en un silencio sepulcral. Caminó hacia la arena con sus cascabeles tintineando, un sonido que ahora le recordaba a cadenas. En el palco de honor, el Rey Alaric lucía su corona de oro, observándola con una sonrisa depredadora.

—¡Nuestra bufona favorita parece estar especialmente silenciosa hoy! —gritó el Rey para que los nobles cercanos lo oyeran, aunque sus ojos le decían a Lyra algo mucho más oscuro—. ¡Ven aquí, pequeña! El vino de mi copa sabe a poco sin tu ingenio.

Darian, sentado a la derecha de su padre, apretó los apoyabrazos de su asiento con tal fuerza que la madera crujió. A la izquierda, Azai mantenía una calma absoluta, aunque su mirada estaba fija en el horizonte, calculando el tiempo que les tomaría a sus jinetes llegar a la villa.

Lyra subió los escalones del palco con las piernas de plomo. Al llegar frente al Rey, se arrodilló.

—Majestad —susurró ella, intentando que su voz no temblara.

—Levántate y sirve —ordenó Alaric. Cuando ella se acercó con la jarra de plata, el Rey se inclinó hacia delante, invadiendo su espacio personal. El olor a cuero y aceite de armas de Alaric la hizo marearse—. ¿Cómo está el ánimo hoy, Lyra? ¿Lista para celebrar el compromiso de mi hijo?




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.