Guerra de Corazones

Capitulo 12

Cuando se hizo la noche, Darian entró en la prisión. No pidió permiso; rugió amenazas a los guardias, advirtiéndoles que si no le cedían el paso, sus cabezas rodarían por la piedra fría antes de que pudieran dar la alarma. Atemorizados, los soldados se hicieron a un lado, sabiendo que el príncipe hablaba en serio.

Corrió por los pasillos húmedos hasta la celda más profunda. Al abrir la pesada puerta de hierro, se le rompió el corazón: Lyra estaba recostada en el suelo, pequeña y frágil, con las rodillas apretadas contra el pecho.

—Lyra —susurró, cayendo de rodillas a su lado—, mi amor.

Ella abrió los ojos lentamente. No había dormido, pero los mantenía cerrados para no ver la suciedad y el encierro que la rodeaban.

—Darian… —su voz fue apenas un hilo, como si temiera que él fuera solo un sueño.

—Cariño — la abrazó – vamos.

—¿Qué? – ella negó – no, no ahora.

Él se sorprendió con la respuesta negativa que le dio.

—Cásate, conviértete en rey y luego me sacas de aquí. Es lo más inteligente.

—¿Qué dices? – la apartó un poco para mirarla a los ojos – no quiero casarme con esa mujer repulsiva.

—Tranquilo… solo será por unas horas después yo me encargo de ella.

Darian la miró con una mezcla de horror y fascinación. La luz de la antorcha del pasillo filtraba sombras alargadas sobre el rostro de Lyra, que ahora lucía una determinación que él nunca le había visto.

—¿Te encargas de ella? —repitió Darian en un susurro—. Lyra, Morgana es una serpiente protegida por el ejército de mi padre. No puedo dejarte aquí siete días más esperando que el azar nos favorezca.

Lyra puso una mano sucia y fría sobre la mejilla de Darian. Sus ojos brillaban con una intensidad febril.

—Si me sacas ahora, seremos fugitivos. Mi padre será perseguido el resto de su vida y tú perderás el trono que necesitamos para cambiar este lugar —dijo ella con una firmeza que lo dejó mudo—. Cásate con ella. Haz que la corte vea que eres el heredero perfecto. Deja que ella se confíe, que crea que ha ganado, que ya no soy una amenaza porque estoy encadenada.

—¿Y tú? —preguntó Darian, con la voz quebrada.

—Yo esperaré —sonrió ella, una sonrisa pequeña y peligrosa—. La noche de bodas, cuando ella espere que tú entres en su habitación para reclamar su corona... seré yo quien la reciba. Azai te ayudará a meterme en los aposentos reales. Mientras tú firmas el acta de rey ante los nobles, yo me encargaré de que Morgana nunca llegue a ser reina.

Darian comprendió entonces la magnitud del sacrificio y del odio de Lyra. Ella estaba dispuesta a pasar una semana en ese agujero para asegurarse de que el golpe fuera definitivo.

—Es demasiado peligroso —dijo él, aunque empezaba a ver la lógica de hierro tras sus palabras.

—Es la única forma de que Alaric caiga por completo. Si ella muere y tú eres el Rey, no habrá nadie que pueda acusarte. Solo tienes que aguantar siete días mirándola al altar.

¿Puedes hacerlo por mí?

Darian cerró los ojos y apoyó su frente contra la de ella. El aroma a moho de la prisión los rodeaba, pero en ese momento, eran las dos personas más poderosas del castillo porque ya no tenían miedo.

—Siete días —prometió él—. Pero juro que por cada hora que pases aquí, ellos pagarán con una década de agonía.

—Para ser el futuro rey de Erythria eres un imbécil, Azai – habló por fin Morgana.

—¿Qué? – le preguntó el sirviendo vino a una copa.

—Estas dándolo todo por alguien que no te ama – siseó – y lo sabes pero, sigues siendo un arrastrado por el amor de esa cualquiera…

El ardor del bofetón que le dio Azai le llegó de golpe dejando a Morgana en silencio.

Él la agarró de la mandíbula.

—Por una vez en tu vida Morgana, cierra esa maldita boca asquerosa que tienes – la empujó – no entiendes nada de esto, ni del amor. Y dudo que alguna vez sientas un poco de eso.

—¡Pero se revuelca con mi prometido!

—¡No! – respondió el – eso es amor.

Morgana se llevó la mano a la mejilla encendida, con los ojos inyectados en rabia. El bofetón de Azai no solo le había dolido físicamente; había herido su orgullo de princesa. Intentó recuperar la compostura, pero su voz salió como un veneno sibilante.

— ¿Amor? —escupió ella, arreglándose el vestido con manos temblorosas—. Llamas amor a una sirvienta que se mete en la cama de un príncipe para escalar posiciones. Llamas amor a la traición de un igual, que te roba a la mujer que quieres mientras tú le limpias el rastro. ¡Eres patético, Azai!

Azai terminó de beber su vino con una calma que aterrorizó a Morgana. Dejó la copa sobre la mesa de mármol con un golpe seco.

—Lo que tú sientes por Darian es hambre de poder, Morgana. Lo que Alaric siente es hambre de control —Azai se acercó a ella, reduciendo la distancia hasta que ella tuvo que retroceder—. Pero lo que ellos tienen... —hizo una pausa, y por un segundo, su mirada se suavizó con una tristeza infinita— ...es algo que personas como tú y su padre nunca podrán destruir, por muchas celdas que construyan.

Morgana soltó una carcajada estridente y rota. — ¡Disfruta de tu filosofía mientras puedas! En pocos días, estaré casada con él. Y esa "cualquiera" estará colgada en la plaza. ¿Qué será de tu preciado amor entonces, hermano?

Azai la miró con una lástima profunda, una que enfureció a Morgana más que cualquier insulto.

—Te lo dije antes, Morgana: cierra la boca. Estás tan cegada por tu victoria que no ves el suelo desapareciendo bajo tus pies.

Azai se dio la vuelta y salió de los aposentos, dejando a su hermana sola con sus gritos silenciosos. Al salir al pasillo, se encontró con Darian, que había estado esperando en las sombras, habiendo escuchado parte de la disputa.

Los dos hombres se miraron. No hubo necesidad de palabras. Darian sabía el sacrificio que Azai estaba haciendo al defender un amor que no le pertenecía.

—Azai... —empezó Darian.




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