Pasó una semana. Siete días en los que Darian caminaba por el castillo como un espectro, evitando la alcoba real y pasando las noches en la biblioteca o en las murallas, mirando hacia el lugar donde –él creía - Lyra había sido enterrada en una fosa común.
Una noche de lluvia torrencial, mientras Darian estaba en su despacho privado, la puerta se abrió. Elyndra entró, empapada por haber cruzado los jardines, y cerró el cerrojo con un estrépito.
—Darian, mírame —ordenó ella.
Él no levantó la vista de los papeles.
—Vete, madre. Ya tienes lo que querías. Hay una reina de Erythria en el trono y yo soy el rey que prometiste. ¿Qué más quieres? ¿Mi sangre?
Elyndra se acercó y le dio un golpe seco en la mesa para que reaccionara.
—Quiero que dejes de dar lástima. Escúchame bien, porque no lo repetiré: Lyra no está muerta.
Darian se quedó congelado. El aire pareció escaparse de la habitación. Lentamente, levantó la cabeza, y por primera vez en días, sus ojos se enfocaron.
— ¿Qué has dicho? —su voz fue un hilo apenas audible.
—Está viva. Está con Azai, en una cabaña segura cerca del Valle de los Suspiros. Tuve que dejar que lo creyeras para que Morgana no viera ninguna duda en tu dolor. Pero ahora... ahora eres el Rey. Ahora tienes poder.
Darian se puso de pie, derribando la silla. El corazón le latía con tanta fuerza que sentía que le iba a romper las costillas.
— ¿Dónde está? —Exigió, agarrando a su madre
de los hombros—. ¡Dime exactamente dónde está!
—No puedes ir así, como un loco —lo frenó Elyndra—. Morgana tiene espías en cada rincón. Si desapareces esta noche, ella enviará a sus asesinos tras de ti. Tienes que esperar al cambio de guardia de mañana. Irás con la excusa de revisar las fronteras.
Darian soltó a su madre y empezó a caminar en círculos, como un animal enjaulado que acaba de ver la puerta abierta.
—Está viva... —susurró, y una lágrima de puro alivio, la primera que se permitía, rodó por su mejilla—. Dios, está viva.
Al día siguiente, bajo una capa de viaje común y sin escolta real, Darian cabalgó hasta el valle. El corazón le dio un vuelco cuando vio la pequeña cabaña de madera. Al entrar, la vio.
Lyra estaba frente a la chimenea, envuelta en una manta. Al verlo, no dijo nada; simplemente corrió hacia él. El abrazo fue desesperado, un choque de dos almas que se creían perdidas.
—Perdóname —susurró Darian contra su pelo—. Perdóname por haberte dejado allí, por casarme con ella...
—No hables —respondió Lyra, aferrándose a él—. Lo único que importa es que estás aquí.
Se amaron con la furia de los que saben que el tiempo es prestado. Y fue esa noche, entre el miedo y el reencuentro, cuando la semilla de Cyra comenzó su camino.
Pasaron tres meses desde que la corona de Vencardia se convirtió en la jaula de Darian. Tres meses en los que él ha perfeccionado el arte de ser un extraño para Morgana, mientras se escapa cada vez que las sombras lo permiten hacia la cabaña del valle.
Lyra estaba lavándose la cara en el arroyo cercano a la cabaña cuando una náusea repentina la hizo arrodillarse en la tierra húmeda. Se llevó la mano al vientre, que aún no delataba nada, pero su cuerpo ya conocía el secreto. Un miedo gélido, pero a la vez una chispa de esperanza feroz, la recorrió entera.
Esa tarde, Azai llegó con provisiones. Al entrar, la encontró sentada frente al fuego, demasiado pálida, demasiado silenciosa.
— ¿Qué pasa? —Preguntó Azai, dejando la bolsa sobre la mesa—. ¿Ha pasado algo con los guardias de la frontera?
Lyra levantó la vista. Sus ojos estaban cargados de una seriedad que Azai reconoció de inmediato.
—Estoy embarazada, Azai.
El príncipe de Erythria se quedó inmóvil. La noticia cayó entre ellos como una sentencia. Un hijo de Darian y Lyra era, a la vez, el heredero legítimo del amor y el objetivo más peligroso para la furia de Morgana.
Azai se sentó frente a ella. Por un momento, el guerrero desapareció y solo quedó el hombre que la amaba en silencio.
—Recuerdo la primera vez que te vi en el jardín
de palacio, hace años —dijo Azai con una voz suave, perdida en el pasado—. Eras una niña con los cascabeles nuevos, saltando sobre las flores. Yo estaba escondido, llorando porque mi padre me había gritado por extrañar a mi madre. Te acercaste y, ese día me hiciste el niño mas feliz. Cuando volví a verte y eras tú la que estabas mal, quise ser el hombre que necesitabas… pero ya lo tenías.
Lyra sonrió con tristeza, un recuerdo borroso volviendo a su mente.
—Te recuerdo... —susurró ella—. Siempre te recordé, Azai. Pero cuando volviste para la boda, ya no eras ese niño llorón. Por eso me dabas miedo. Tu mirada se volvió tan dura, tan fría... me costaba encontrar a aquel niño en el hombre que ahora camina con una mano siempre en el pomo de su espada.
Azai bajó la vista hacia sus propias manos, curtidas por el entrenamiento y la guerra.
—Tuve que dejar de ser ese niño para que personas como tú pudieran sobrevivir, Lyra. La dureza es lo único que mantiene a Morgana a raya. Pero ese niño... ese niño sigue aquí, deseando que este hijo fuera suyo y no el secreto más peligroso de Vencardia.
Lyra le tomó la mano, un gesto de pura gratitud.
—Eres el hombre más noble que he conocido, Azai. Pero este bebé... si Morgana se entera...
—No se enterará —la interrumpió él con una
determinación feroz—. Me encargaré de que este lugar sea una fortaleza invisible. Pero debes decírselo a Darian. Necesita saber que su legado no está en el trono de piedra que comparte con mi hermana, sino aquí, en este valle.
Darian llegó esa misma noche, con el caballo cubierto de barro y el aliento agitado. Cuando Lyra se lo contó, él no reaccionó con miedo. Se arrodilló ante ella y apoyó la frente en su vientre, llorando en silencio. Era un Rey poderoso afuera, pero allí dentro, era solo un hombre recuperando lo que le habían robado.