El sol de Erythria no tiene piedad, y Azai tampoco la tenía.
— ¡Otra vez! —rugió el hombre, cuya barba ya mostraba hilos de plata pero cuyos reflejos seguían siendo letales.
Cyra, con dieciocho años y la piel bronceada por el desierto, se levantó de la arena por quinta vez en la mañana. Escupió un poco de polvo y volvió a encajar la flecha en el arco. Sus dedos estaban llenos de callos, y sus brazos tenían la fuerza fibrosa de quien ha crecido cazando para sobrevivir.
— ¿Por qué me exiges tanto, Azai? —preguntó ella, soltando la cuerda. La flecha silbó y se clavó justo en el centro del fardo de paja a cincuenta metros—. No soy una soldado. Solo somos tú y yo en este rincón olvidado del mundo.
Azai se acercó a ella, quitándole el arco de las manos con un movimiento brusco. La miró a esos ojos azules que, en las noches de insomnio, le recordaban demasiado a un palacio cubierto de nieve que él intentaba olvidar.
—Te exijo porque el mundo no es este desierto, Cyra —dijo él, su voz era como el choque de dos piedras—. Te enseño a usar el arco para que nadie se te acerque, y la lanza para que, si lo hacen, se arrepientan. Te doy las herramientas que... que otros no tuvieron.
—¿Qué otros? —preguntó ella con curiosidad. Siempre que Cyra preguntaba por su pasado, Azai levantaba un muro de silencio—. ¿Mi madre? ¿Mi padre? Solo me has dicho que murieron en la Gran Peste del Norte.
Azai apretó la mandíbula. Le dolía mentirle, pero la verdad era una sentencia de muerte. Si ella supiera que por sus venas corría la sangre de un Rey roto y una bufona valiente, correría hacia Vencardia, y Morgana la destruiría antes de que pudiera cruzar la frontera.
—Tu madre era una mujer que tuvo que bailar al ritmo de los demás porque no sabía pelear —respondió Azai, dándole la espalda para que ella no viera la tristeza en sus ojos—. No tenía armas, ni escudos, solo su voz. Y eso no fue suficiente para salvarla. Yo no dejaré que tú seas una víctima de las circunstancias.
Cyra tomó su lanza, una pieza de madera de fresno equilibrada a la perfección, y la hizo girar con una elegancia que Azai solo había visto una vez en una arena de torneo, hace muchos años.
—No entiendo por qué tanto misterio —insistió la joven—. A veces parece que me entrenas para matar a un fantasma.
—Te entreno para que sobrevivas a los vivos, que son mucho más peligrosos —sentenció Azai—. Ahora, toma la lanza. Si logras tocar mi pecho antes de que caiga el sol, te contaré una historia.
Cyra sonrió con una determinación feroz. No sabía de tronos, ni de traiciones, ni de reinas venenosas. Solo sabía que Azai era su padre en todo menos en la sangre, y que él la estaba convirtiendo en algo que el mundo aún no estaba listo para ver.
Esa noche, mientras Cyra dormía, Azai sacó una pequeña bolsa de cuero oculta bajo las tablas del suelo. Dentro, un cascabel de plata brilló débilmente. Lo sostuvo contra su pecho, escuchando el silencio de un reino que, muy pronto, sentiría el calor del sol que él había jurado proteger.
—Ya casi es hora, Lyra —susurró al viento—. Tu hija ya no necesita cascabeles. Ahora tiene acero.