El regreso al palacio fue una procesión de silencio y calor asfixiante. Cyra montaba una yegua del color de las dunas, un animal que parecía fundirse con el horizonte dorado del desierto. A su lado, Azai cabalgaba sobre un semental negro, una criatura de músculos tensos y mirada oscura que reflejaba a la perfección el carácter de su dueño.
Ambos encabezaban la caballeriza que los había escoltado hasta aquel rincón olvidado del mapa, un lugar que Azai consideraba el único santuario lo suficientemente secreto para entrenar a Cyra sin que las miradas indiscretas interrumpieran su progreso.
El sol del mediodía golpeaba con fuerza la frente de la joven. Su cabello negro, rebelde y azabache, ondeaba con la brisa cálida de la jornada, pegándosele a veces a las mejillas encendidas. Al notar su fatiga, Azai estiró el brazo y le tendió un pañuelo de seda.
— Siempre tan atento a mis necesidades —comentó ella con una sonrisa ladeada, aceptando la prenda—. Pero hablando en serio, Azai... ya deberías soltar ese color. El negro no ayuda con este sol.
Él la miró de reojo, manteniendo las riendas firmes, mientras una sombra de nostalgia —o quizás de algo más oscuro— cruzaba sus facciones.
— ¿No es ese el color de tu propio cabello, Cyra? —respondió él con voz grave—. Si el negro es lo suficientemente bueno para proteger tu cabeza, será lo suficientemente bueno para proteger mi luto.
— Siempre tienes que tener la última palabra, ¿no? —replicó ella con un deje de diversión.
— Claro, niña —respondió él, con una sombra de sonrisa que rara vez se permitía—. Si no fuera así, no sería Rey.
Cyra soltó una carcajada vibrante que Azai terminó siguiendo con un gesto ronco. Era de los pocos momentos en los que la tensión de sus entrenamientos se disolvía en la calidez de su vínculo.
El viaje se prolongó durante el resto de la jornada, bajo un cielo que pasó del oro incandescente al violeta profundo. Solo cuando la luna alcanzó su punto más alto, las luces que custodiaban los imponentes muros de Erythria se dibujaron en el horizonte, como una hilera de estrellas caídas sobre la arena. Al acercarse a las puertas, Azai desmontó de su caballo. Caminó los últimos metros con la elegancia pesada de quien regresa a su hogar, pero con la vigilancia de quien sabe que las paredes tienen oídos.
La joven lo seguía de cerca, manteniendo a su yegua a un ritmo constante. Tenía los ojos pesados por el cansancio, pero la mente se mantenía en ese estado de alerta silenciosa que Azai le había grabado a fuego desde que era pequeña. No sabía exactamente qué peligro acechaba en la paz de la noche, pero Azai no criaba civiles, sino supervivientes.
En el imponente portón de la entrada, cinco guardias montaban guardia bajo la luz de las antorchas. Vestían el uniforme del reino, pero cada uno portaba un arma diferente: una maza, una ballesta pesada, espadas curvas... Cyra sabía que aquello no era desorden; era la filosofía de su Rey. Azai no buscaba la uniformidad, sino que cada hombre potenciara sus habilidades natas hasta convertirlas en arte.
— Majestad —exclamaron los cinco al unísono, cuadrándose al reconocer la figura que emergía de la oscuridad.
— Buenas noches, caballeros —los saludó él con esa elegancia innata que parecía formar parte de su propia estructura ósea.
— Señorita —añadieron ellos, inclinándose en una reverencia respetuosa mientras ella pasaba por delante.
Las luces tenues del reino los recibieron con la calidez de un hogar recuperado. Tanto Azai como Cyra inspiraron profundamente, dejando que el aire de la ciudad llenara sus pulmones; ambos sabían que, en todo el mundo conocido, aquel era su único refugio. A pesar de la hora, las calles conservaban un pulso de vida tranquilo; desde la muerte del anterior Rey, la atmósfera de Erythria se había vuelto más liberadora, lejos de la opresión de antaño.
Los ciudadanos los saludaban con una familiaridad respetuosa. Para el pueblo, no eran solo el monarca y su heredera, sino los protectores de su paz. Azai había tejido una red de mentiras perfecta: sostenía ante todos que Cyra era su propia hija y que apenas contaba con dieciséis años. Era un escudo temporal, una forma de retrasar los cálculos de su hermana Morgana y mantener a la joven fuera del radar de las fechas peligrosas.
Cyra desmontó de su yegua y comenzó a caminar a pie, guiando al animal por las riendas. Aunque la medianoche estaba cerca, el aire estaba impregnado con el aroma reconfortante del pan recién horneado y la fragancia embriagadora de las rosas que trepaban por casi cada muro de la ciudad. Cyra observó los pétalos oscuros que se mecían con la brisa nocturna, preguntándose, como tantas otras veces, por qué Azai vivía obsesionado con llenar el reino de flores que ella nunca había visto en el desierto.
El palacio se alzaba sobre la colina opuesta a la entrada de Erythria, irguiéndose como un gigante acorazado bajo el manto de la noche. El mármol negro de sus muros brillaba de forma imponente, rodeado por rejas oscuras de hierro cuyas puntas, afiladas en forma de lanza, custodiaban el recinto.
En cuanto cruzaron el umbral de los terrenos reales, Cyra soltó las riendas de su yegua y corrió colina arriba, impulsada por el deseo de llegar a casa. Junto a la gran puerta de entrada la esperaba Genoveva. A sus cuarenta años, la mujer conservaba una serenidad que escondía una herida profunda: hacía dos décadas, la crueldad del padre de Azai le había arrebatado a su propio bebé, dejando un vacío que el tiempo no lograba cerrar.