Tanto Azai como Cyra habían pasado la noche en vela, víctimas de un insomnio compartido que los obligó a dar vueltas entre las sábanas, acechados por pensamientos que no daban tregua. Sin embargo, aunque ninguno había logrado pegar un ojo dignamente, ambos aparecieron en el comedor a la hora del desayuno luciendo radiantes, como si la vigilia fuera su estado natural de perfección.
— Buen día, Azai —dijo Cyra al entrar y verlo ya instalado en la mesa.
Al notar que estaban solos, un suspiro de alivio escapó de sus labios; por un breve instante, el aire en Erythria volvía a ser respirable.
— ¿De verdad lo son? —preguntó él, sin levantar la vista, mientras clavaba un cuchillo con una precisión violenta en el corazón de una manzana.
Ella esbozó una sonrisa cargada de ironía y ocupó su lugar habitual. Tomó un puñado de frutos secos y, con una elegancia despreocupada, se los llevó a la boca.
— Lo serán mientras "doña esmeralda lujosa" no haga su aparición —soltó ella, incapaz de contener el dardo venenoso.
Una carcajada compartida rompió la tensión del salón, un destello de la vieja camaradería que los unía. Pero la risa de Azai se extinguió tan rápido como había surgido, dejando paso a una sombra de seriedad que Cyra reconoció de inmediato.
Él estiró el brazo y le tomó la mano, apretándola con una urgencia que le heló la sangre.
— Escúchame, Cyra —le suplicó, fijando sus ojos en los de ella—. Necesito que resistas esta visita. Por lo que más quieras, aguanta. Cuando ellos se vayan, tengo algo que decirte… pero, por favor, prométeme que serás valiente.
Como si la hubieran invocado con un ritual de magia oscura, Morgana apareció en el umbral, enfundada en un vestido de un verde tan vibrante que resultaba ofensivo para la vista. Azai y Cyra intercambiaron una mirada rápida, cargada de una complicidad silenciosa, antes de bajar la vista hacia sus platos con una disciplina casi militar.
— Buen día, familia —saludó ella, con una voz que destilaba una falsa dulzura.
Caminó con paso lento, deteniéndose justo detrás de Cyra. Con una familiaridad no deseada, deslizó su mano por la nuca de la joven, cuya piel había quedado expuesta por el recogido de su moño. Cyra sintió un escalofrío de repulsión recorriéndole la columna, pero no se movió.
— Espero que estés preparada para el entretenimiento de esta mañana —le susurró Morgana al oído.
— Disculpe —respondió Cyra, su voz sonando como el acero chocando contra el hielo—, pero yo no tengo por qué entretenerla. Si acepté ir, fue por voluntad propia, no por obligación.
Morgana arqueó las cejas y formó una "O" con los labios, un gesto de sorpresa muda y burlona que no llegó a emitir sonido alguno.
— Lo que tú digas, querida —replicó Morgana, recuperando su compostura—, pero Eryx ya está en la arena. Se levantó con el alba y te está esperando.
Cyra pinchó una fruta con calma, sin dejarse amedrentar por la urgencia de la otra mujer.
— Pues, que siga esperando —sentenció con frialdad—. Porque yo aún no he terminado mi desayuno.
Azai no pudo evitar una sonrisa de orgullo mientras la veía sostenerle la mirada a Morgana. Ella estaba siendo valiente, justo como él se lo había pedido.
Cuando Cyra finalmente llegó a la arena, el sol de la mañana aún no golpeaba con toda su fuerza, pero era lo suficientemente persistente para que el calor traspasara las suelas de sus botas y el suelo emitiera un brillo dorado y sofocante. En el centro del terreno, Eryx ya la esperaba, pero ella no se sentía intimidada; su atuendo estaba diseñado para la guerra, no para el protocolo.
Vestía un conjunto de cuero oscuro ajustado que le permitía moverse con una agilidad letal. Sobre una blusa de mangas abullonadas en tono arena, llevaba un corsé negro reforzado con correas y hebillas metálicas que protegían su torso. Sus pantalones, también oscuros y ceñidos, estaban equipados con arneses de cuero en los muslos para portar armas ligeras, y una capucha negra de lino caía sobre sus hombros, dándole un aire de misterio y peligro. Guantes de cuero protegían sus manos, dejando solo al descubierto lo necesario para asegurar un agarre firme.
Eryx la observó con atención, notando que la joven que tenía enfrente no era la misma que se sentaba a cenar con delicadeza. Él no se quedaba atrás en cuanto a imponer presencia. Si Cyra era la agilidad personificada, él era la fuerza bruta contenida.
Esperaba de pie, con una rodilla apenas flexionada, vistiendo un conjunto de combate que parecía fundirse con las sombras del palacio. Llevaba un jubón de cuero negro sin mangas que dejaba al descubierto sus brazos anchos y marcados, surcados por cicatrices que contaban historias de batallas que Cyra apenas podía imaginar. Una serie de correas y arneses cruzaban su pecho, sujetando una pesada capa oscura que ondeaba levemente con la brisa de la mañana.
Sus manos, protegidas por guantes de cuero reforzado, sostenían con una naturalidad aterradora una espada de hoja ancha y negra, cuyo metal parecía absorber la poca luz que llegaba a la arena. Su cabello oscuro caía sobre sus ojos, pero eso no ocultaba la intensidad de su mirada, fija en cada movimiento de Cyra.
El contraste entre ambos era evidente: ella, una sombra letal y veloz; él, un muro de acero y músculo que no pensaba ceder ni un milímetro de terreno.