El día siguiente transcurrió en un letargo de preparativos y baños con hierbas aromáticas que perfumaban hasta el último rincón de la piedra fría. El palacio entero vibraba; desde la sirvienta más insignificante hasta el mismo Rey, todos se alistaban para la gran noche.
Genoveva apareció en los aposentos de Cyra cuando la tarde empezaba a languidecer. Traía entre sus brazos el vestido, una pieza que ella misma había fabricado con la paciencia de quien teje un destino. No se hablaron. El aire entre ambas estaba cargado: Cyra mantenía el orgullo herido como una cicatriz abierta, y Genoveva cargaba con el miedo de decir una palabra que terminara de romper el frágil equilibrio de la joven.
En un silencio denso pero compasivo, Genoveva la ayudó a calzar la seda y ajustó el corpiño con una devoción que solo una madre puede dar, aunque el linaje no lo dictara. Cuando terminaron, el eco de los carruajes y las risas de los invitados ya inundaba el patio de armas, filtrándose por las ventanas como un recordatorio de que el tiempo se había acabado.
El vestido era, sin duda, una obra de arte. El encaje color crema acariciaba el cuello de Cyra con una delicadeza que contrastaba con la tormenta de fuerza que rugía en su interior. Las mangas translúcidas flotaban a su alrededor, otorgándole el aura de una reina que no necesita corona para imponerse, mientras que su cabello suelto caía en ondas salvajes sobre los bordados de oro, desafiando la rigidez de la corte.
Genoveva la observaba desde el reflejo del espejo, con los ojos empañados por una mezcla de orgullo y nostalgia.
—Estás hermosa, niña —susurró, y esa simple frase fue el golpe de gracia para la resistencia de Cyra.
La armadura de hielo que la joven había construido desde el encuentro en la cocina se hizo añicos. Se dio vuelta con brusquedad y se fundió en un abrazo desesperado con la mujer.
—Lo siento... estaba celosa, muy celosa —sollozó Cyra, hundiendo el rostro en el cuello de Genoveva, donde el aroma a pan y hogar seguía intacto—. Pensé que tal vez nunca fui tan importante para nadie. Ni siquiera sé quién soy realmente.
Genoveva la estrechó contra sí, ignorando que el oro del vestido pudiera arrugarse. En ese cuarto, mientras el mundo exterior se preparaba para las intrigas, Cyra volvía a ser la niña que buscaba refugio en medio de la oscuridad.
La mujer no necesitó palabras; se limitó a acunar el rostro de Cyra entre sus manos, dejando que el silencio hablara de ese amor incondicional que no entiende de linajes ni de sangres. Con un último beso en la frente, la ayudó a secar el rastro de sus lágrimas, cuidando de no arruinar el maquillaje ligero que resaltaba sus facciones.
Cyra salió de sus aposentos y caminó por los pasillos de piedra fría, sintiendo el peso y la gloria del vestido de en cada paso. Al llegar al descanso de la gran escalera de mármol, el murmullo de la fiesta se apagó por un instante, como si el palacio mismo contuviera el aliento ante la visión de la joven bañada en hilos de oro.
Al pie de la escalinata, Azai la esperaba. Estaba impecable, con la espalda recta y esa expresión de orgullo calculador que siempre lucía en público. Extendió su mano enguantada hacia ella, listo para presentar a su protegida ante la élite de Erythria.
Cyra comenzó a descender, pero sus ojos no estaban en su mentor ni en la multitud de nobles que la observaban con curiosidad y envidia. Su mirada recorría con urgencia la fila de soldados que custodiaban el salón, buscando desesperadamente los ojos ámbar de Kael, buscando ese rastro de sol y normalidad que la hiciera sentir a salvo en medio de tanta hipocresía.
Sin embargo, antes de encontrar la calidez de su nuevo amigo, su vista chocó contra una columna de sombra.
Allí, a pocos metros de Azai, estaba Eryx. No llevaba la armadura de combate, sino un uniforme de gala oscuro que hacía que su piel pálida resaltara bajo las luces de las arañas de cristal. Tenía los brazos cruzados y la mandíbula menos tensa de lo habitual. Pero eran sus ojos, esos pozos negros y profundos, los que la anclaron al escalón.
Eryx no la miraba con la burla del pasillo ni con la intensidad agresiva de la enfermería. La miraba como si fuera un sueño, con una mezcla de asombro y vulnerabilidad que Cyra nunca creyó posible en un hombre como él. Era una mirada que la desnudaba de su armadura de seda y oro, reconociendo que, a pesar de la bofetada y el orgullo, algo se había roto irremediablemente entre los dos.
El descenso por la escalinata fue eterno. Cada paso de Cyra hacía que las capas de su vestido de seda y oro ondularan como llamas líquidas, capturando la luz de las mil velas del gran salón. Al llegar al último peldaño, Azai tomó su mano con una firmeza que pretendía recordar quién era el arquitecto de esa imagen perfecta.
La música comenzó a sonar: un vals lento, solemne, que marcaba el inicio oficial de la velada. Azai la condujo al centro de la pista con movimientos calculados, moviéndose con la gracia de quien conoce todas las reglas del palacio. Cyra bailaba mecánicamente, respondiendo a los pasos de su mentor mientras sentía que el aire se volvía cada vez más pesado. Por encima del hombro de Azai, la mirada de Eryx seguía fija en ella, una presencia oscura y magnética que no lograba sacudirse.
Cuando la última nota del vals se desvaneció, Azai hizo una leve inclinación, satisfecho por la exhibición de poder. Pero antes de que pudiera escoltarla de regreso, una figura se interpuso en su camino.