El sol de la mañana en Vencardia no era cálido como el de Erythria; era una luz pálida y fría que se filtraba por los ventanales del palacio. En el punto más alto de la torre norte, el Rey Darian observaba sus dominios. No llevaba corona; no la necesitaba. Su sola presencia, una silueta imponente vestida de luto perpetuo, era suficiente para silenciar cualquier pasillo por el que caminara.
Darian tenía la mirada perdida en las montañas fronterizas cuando el sonido de pasos apresurados rompió su silencio. Un mensajero, con las botas cubiertas de barro y el aliento entrecortado por la cabalgata nocturna, se arrodilló a sus espaldas.
— Majestad... un correo urgente. De la frontera con Erythria. Viene con el sello de la Rosa de Plata.
Darian se tensó. Ese sello no se había usado en dieciocho años. Era un símbolo muerto, una reliquia de una vida que él mismo había ayudado a enterrar. Se giró lentamente, y sus ojos, grises como una tormenta de invierno, se clavaron en el sobre lacrado.
Con dedos largos y firmes, rompió el sello. El aroma a papel viejo y a una esencia que reconoció al instante —el perfume de las tintas que Azai solía fabricar— inundó sus sentidos.
A medida que sus ojos recorrían la caligrafía elegante y afilada de su antiguo aliado, el aire en la habitación pareció congelarse.
"...la venganza tiene ahora un rostro. Es el vivo retrato de la mujer que amamos, Darian."
El papel crujió bajo la presión de sus dedos. Darian sintió un latigazo de dolor en el pecho, una cicatriz antigua que volvía a abrirse. Azai no solo le estaba enviando un aviso; le estaba enviando un fantasma.
"...ni siquiera el fuego puede contenerla. Ella misma es el fuego, la luz y el sol."
Darian caminó hacia la chimenea, donde un fuego agonizante luchaba por mantenerse vivo. Miró la carta una última vez antes de que sus ojos se oscurecieran con una determinación feroz. Si Azai decía la verdad, si esa joven era realmente el reflejo de Lyra, entonces el equilibrio de los reinos acababa de romperse para siempre.
—Preparen mi escolta —ordenó Darian, su voz resonando como un trueno en la estancia vacía. El mensajero levantó la cabeza, sorprendido—. Y llamen a los generales. Si el sol ha vuelto a salir en Erythria, es hora de que Vencardia se prepare para el incendio.
Darian apretó el puño sobre el pomo de su propia espada, una hoja negra que nunca había fallado. Dieciocho años de espera habían terminado. La pieza que Azai creía controlar estaba a punto de encontrarse con el hombre que lo perdió todo por ella.
El bosque que rodeaba los límites de Erythria era una maraña de sombras y robles centenarios, un lugar donde el silencio solo era roto por el crujido de las hojas secas. Darian, envuelto en una capa de viaje oscura que camuflaba su porte real, se movía entre la maleza con la cautela de un depredador. La carta de Azai lo había arrastrado hasta allí; necesitaba ver con sus propios ojos si el sol realmente había vuelto a nacer.
De repente, el sonido de cascos de caballos y risas agudas vibró en el aire. Darian se fundió contra el tronco de un sauce llorón, ocultándose tras las ramas caídas.
A pocos metros, una comitiva avanzaba por el sendero principal. A la cabeza iba Morgana, montada sobre un corcel blanco, luciendo un vestido de caza carmesí que destacaba como una mancha de sangre contra el verde del bosque. Se reía de algún comentario mordaz, con la arrogancia de quien se cree dueña de cada centímetro de tierra que pisa.
Caminando a su lado, con la mano apoyada en la empuñadura de su espada, iba Eryx. Su expresión era la misma máscara de piedra de siempre, pero sus ojos negros escaneaban el entorno con una agudeza militar.
Morgana pasó a escasos metros del escondite de Darian, sin sospechar ni por un segundo que el Rey de Vencardia, el hombre al que ella creía tener bajo control mediante sus redes de espionaje, estaba observándola desde las sombras.
En un instante fugaz, cuando Morgana se giró para hablar con otro de sus guardias, la mirada de Eryx se desvió hacia el sauce. Sus ojos se encontraron con los de Darian. No hubo sorpresa, ni alarma, ni un solo músculo se tensó en el rostro del guerrero.
Eryx simplemente bajó la vista un milímetro, un asentimiento casi imperceptible, una señal silenciosa de reconocimiento y lealtad que no iba dirigida a la mujer que cabalgaba a su lado. Era el saludo de un soldado a su verdadero soberano.
Morgana siguió adelante, espoleando a su caballo con impaciencia, ignorando que su sombra más fiel era, en realidad, el ojo derecho de su peor enemigo.
Darian permaneció inmóvil hasta que el eco de la comitiva se perdió. Una sonrisa amarga se dibujó en su rostro. Eryx estaba cumpliendo su parte. Ahora, lo único que faltaba era encontrar el momento preciso para enfrentarse a la luz de Cyra y descubrir si aquel "sol" era una bendición... o la perdición que Azai le había prometido.
Darian avanzó por las entrañas del palacio siguiendo las indicaciones que Azai había grabado en su memoria años atrás. La entrada, oculta bajo una pesada trampilla de hierro, lo condujo a un sótano donde el aire era espeso y las paredes rezumaban humedad. Cada peldaño de la escalera de caracol era un descenso a sus propios fantasmas. Al final del túnel, encontró el mecanismo oculto que comunicaba directamente con los aposentos privados.