Guerra de Fe e Imposiciones.

Prólogo

Las puertas del palacio se abren al pueblo. En el gran balcón se ve la presencia del rey. El bullicio no se hizo esperar; aunque parecía imposible, los ojos del nuevo monarca se encontraban perdidos en la multitud. De hecho, estaban puestos en una mujer.

La mujer se encontraba aferrada a los brazos del hombre a su lado. Su corazón se sentía pesado; la respiración parecía haberse detenido en su cuerpo. Todo a su alrededor daba vueltas, y su mirada permanecía fija en el nuevo gobernante, quien, con un leve asentimiento de cabeza, confirmó su peor temor. Las piernas de ella flaquearon; sintió cómo su cuerpo se desvanecía, y las lágrimas rodaron como cascadas por sus mejillas.

Cuando cayó la noche, la mujer estaba perdiendo la cordura. En su casa, lo único que se escuchaba era su llanto desgarrador. Un hombre cubierto con una capa de lino llegó a la vivienda, y ella, al verlo, se sofocó aún más.

—Abur —exclamó entre sollozos, arrodillándose a sus pies—. Necesito verla; por favor, ten compasión de mí.

Abur, aturdido y apesadumbrado, la levantó de inmediato.

—Señora, no soy digno de sus súplicas —respondió, mientras miraba al hombre que se acercaba para tomarla en brazos—. Mi señor ha pedido que, por favor, no desespere y sea paciente hasta el día de mañana; cuando contemos con la bendición de Raga, podrá ir al palacio.

—Iré ahora mismo —dijo la mujer, decidida, limpiándose las lágrimas.

—Nirelle… —intentó replicar el hombre que la sostenía.

—Lo siento, Ariel —dijo, liberándose de él—. Iré, así sea sola —añadió con firmeza.

La entrada al jardín estaba vacía. Nirelle corría mientras su corazón latía con fuerza. Solo miraba hacia la entrada del palacio, pero, cuando estaba a punto de cruzarla, un gran brazo la detuvo.

—¿Qué haces saliendo sin la bendición de Raga? ¿Acaso no eres consciente del peligro que corres?

El hombre la sujetaba con fuerza, pero ella, sin una pizca de temor, se soltó de su agarre con brusquedad.

—Llévame donde está ella —exigió.

—¿Cómo osas ordenarle al rey? —se escuchó la voz de un joven que avanzaba hacia Nirelle con ímpetu—. No olvides frente a quién estás —alegó, colocándose frente a ella—. No te mando a sacar del palacio porque mis padres son demasiado benevolentes.

—No tienes ningún poder —respondió ella, sin mirarlo y sin una pizca de respeto.

—¡Soy el príncipe heredero! —replicó con furia.

—Y yo soy Nefer, primogénita de Hetsupsath y Aken II, única de linaje puro ante el preciado trono que tanto pregonas —respondió, mirándolo por fin.

El rencor del joven hacia la mujer era palpable. No se tenían ni el más mínimo respeto. Él temblaba de rabia, mientras ella permanecía imperturbable.

—Akenan, ¿cómo osas levantarte contra tu tía? —la voz de Meritra se escuchó al acercarse a Nirelle—. Pasa, hermana; su cuerpo reposa en sus aposentos.

—Agradece que por tus venas corre la sangre de los gloriosos de Geptio —dijo Akenan, en cuanto Nirelle pasó a su lado, haciendo que ella se detuviera—, y no aquella sangre sucia de los Rebohes —añadió, con la mirada fija en Ariel, quien se acercaba a Nirelle.

—Digno nieto de Hetsupsath —respondió Ariel con una leve sonrisa—. Que mi Dios, el Dios de tu tía y de Rebohes, te bendiga.




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