El sonido del río y la arena bajo mis pies me hicieron suspirar. Tenía tantas cosas en la cabeza que no sabía qué pensar. A lo lejos miré a Meritra y a Menje, quienes jugaban en el agua: una escena conmovedora, pero que a mí me incomodaba. Sentí cómo alguien se sentaba a mi lado.
Entre mis manos tomé un puñado de arena mientras la veía deslizarse entre mis dedos.
—Maya, ya no sé qué hacer. Me preocupa lo que mi madre desea —dije, pero no hubo respuesta—. ¿Acaso me estoy preocupando de más? Lo hablé con Menje, pero parece que no lo entiende. Estoy en un hoyo sin salida.
Cerré los ojos en busca de calma. Todo era silencioso, pero estaba tan agotada que no podía apreciarlo.
—Siempre hay una salida.
La voz que escuché aceleró mi corazón y me hizo girar de inmediato para confirmar quién era.
—Cuando tengo algún problema, siempre le pido al Señor que haga su voluntad. Mi Dios es tan bueno que quita de inmediato esa sensación de angustia de mi corazón y la reemplaza por una calidez que me hace saber que ha escuchado mi petición.
—Olvida… —intenté callarlo.
—Ellos no tienen un sentimiento de hermandad —analizó, mirando a Meritra y a Menje—. Ellos se gustan.
—Somos hermanos y pertenecemos al linaje real de Geptio. Es normal que tengamos una buena relación.
—No. La princesa Meritra y el príncipe Menje se miran como una pareja. Él la mira como un hombre mira a su mujer —dijo, volviendo su mirada hacia mí—, y ella como una esposa mira a su esposo.
Era cierto. Y lo peor era que no sabía por qué me frustraba esa idea, sabiendo que era lo habitual para conservar el linaje puro de la familia real. Mi madre y mi padre eran hermanos.
—Eso no puede ser —dije, levantándome y marchándome sin añadir una sola palabra.
Estaba enojada, y ni siquiera sabía por qué. Fui una tonta… sí, una completa estúpida al permitir que aquel impertinente conociera mis problemas y opinara sobre ellos.
Al llegar al palacio, fui directa a mis aposentos. Al cabo de unos minutos, tocaron la puerta y di permiso para entrar.
—Princesa Nefer…
Me incorporé en el lecho y miré, con los ojos humedecidos, a Senenmut.
—Pequeña princesa, ¿acaso ha discutido con sus hermanos? ¿Qué atormenta su corazón?
Dejé que me abrazara mientras rompía en llanto. Senenmut había sido un gran apoyo para mí tras la muerte de mi padre. Era un hombre muy estimado por mi madre, su mano derecha, y para mí se había convertido en un confidente.
—Hace unos días discutí con mamá. La corte insiste en que debo casarme con Menje. Eso está mal, Senenmut. Menje es mi hermano —me desahogué en su hombro.
—Princesa Nefer, esa es la tradición para conservar un linaje real puro.
Me aparté de él, poniéndome de pie.
—Menje y Meritra sienten algo el uno por el otro —dije, caminando en círculos, exasperada.
—Princesa, ¿te da miedo cómo vaya a reaccionar tu hermana si tú te casas con el príncipe Menje?
—¡Por Sis, no! Nadie me entiende, Senenmut. El príncipe Menje-Perha es mi hermano… mi hermano… —me desesperé—. Es intolerable siquiera pensar en él como mi esposo.
Pasé mis manos por el cuello, intentando calmarme.
—¿Acaso nadie lo nota? Menje y Meritra son hermanos. Es una locura… es un asco. Está mal.
—Nefer, tus padres, la reina Hetsupsath y el rey Aken II, eran hermanos —intentó calmarme.
—¡Y todo fue una tragedia! ¡Estaba mal! Mi madre jamás amó a mi padre; al contrario, lo aborrecía —tomé una copa y serví un poco de agua—. Incluso cuando mi padre era un hombre que la entendía, porque él tampoco la amaba. Era incómodo para ellos cumplir con sus deberes. Solo lo hicieron para dar descendencia… y de esa unión nacimos Meritra y yo.
—Princesa Nefer…
Levanté la mano para hacerlo callar.
—Déjame sola, Senenmut.
Él salió, dejándome sola. Me dejé caer sobre el lecho y lloré. Horas después, cuando por fin me había calmado, mi madre mandó a llamarme a sus aposentos.
—Madre.
—Nefer, Senenmut me ha contado tu sufrimiento. Hija mía, nunca te lo había dicho, pero jamás ha estado en mis planes que te cases con el príncipe Menje-Perha —dijo, acariciando mi rostro—. No llores por un futuro que nunca llegará. Tú serás mi sucesora. Serás grande, Nefer; serás la encarnación de la diosa Sis. Me encargaré de ello.
—Gracias, madre —respondí, abrazándola.
—Agradece a los gloriosos de Geptio, que no te abandonan. Cumple tus deberes con ellos.
—Lo haré.
—Senenmut —lo llamó, y él entró de inmediato—. Encarga a alguien del cuidado de la princesa, para que la acompañe en todos sus deberes.