Con enojo caminaba hacia el templo de Sis, seguida por mi nuevo guardia personal. No me había gustado en absoluto ese nombramiento, pero tampoco me había negado, pues tenía claro que no podía darme el lujo de dejarme llevar por mis caprichos. Eso no era digno de la encarnación de Sis, futura reina de Geptio.
Dentro del templo no había nadie. Las imágenes perfectamente pulidas de oro de la diosa Sis adornaban el lugar. El olor a incienso se hacía presente, junto con las columnas talladas y el eco de mis pasos sobre el suelo de piedra. Los muros, decorados con los gloriosos de Geptio, dominaban el recinto.
Respiré suavemente, con los ojos cerrados, antes de comenzar el ritual. Me esforzaba por ignorar la presencia del guardia, pero él no colaboraba. Abrí los ojos al escucharlo caminar y noté cómo tomaba una de las manzanas del altar… y la mordía sin el menor reparo.
—¡Por Sis! ¿Cómo osas tomar las ofrendas sagradas de la gran diosa? —reclamé, acercándome para arrebatarle la fruta, pero él, sonriendo, lo impidió.
—Dime, Nefer, ¿cómo una figura de barro te protegerá? ¿Acaso estas imágenes no están hechas por simples mortales como nosotros?
—Descarado…
Me puse de puntas para intentar alcanzarla, pero era imposible: nuestra diferencia de altura era evidente.
—¿Cómo te encuentras? —preguntó de pronto, dejándome atónita.
—¿Por qué lo preguntas? —mascullé de inmediato.
—Esta mañana te fuiste un poco alterada.
—No es de tu incumbencia —repliqué, alejándome.
—Nefer, ¿acaso tus dioses te permiten sentir? —preguntó, acercándose nuevamente.
Su pregunta me dejó sin aliento. Estaba sintiendo… sí, quizá demasiado. ¿O tal vez estaba enferma? Mi corazón latía con fuerza al tenerlo cerca, y un cosquilleo recorría mi estómago.
—¿Acaso tu Dios no te enseña lo que es el respeto? —pregunté, intentando mantener distancia.
—Mi Dios es único y verdadero; da consuelo al afligido —respondió, mirándome—. ¿No estás de acuerdo con los sentimientos del príncipe Menje y la princesa Meritra?
—Nadie me entiende… —susurré, desviando la mirada.
—En un futuro tendrás que casarte con Menje. Así se asegurará el linaje.
—Jamás me casaré con mi hermano. Es imposible. Mi madre me aseguró que no permitiría eso —repliqué con firmeza.
—Los dioses a los que adoras son hermanos y pareja… ¿no es así?
Dudé en responder. No sabía por qué seguía hablando de ese tema con él, un simple desconocido. Tal vez necesitaba desahogarme… o tal vez sus preguntas eran las únicas que nadie más se atrevía a hacerme.
—Raga y Sis son hermanos y esposos… pero eso me incomoda. No porque no ame a mi hermano —al contrario, daría mi vida por Menje o por Meritra—, pero me repugna siquiera imaginar compartir mi lecho con él. No soy una niña; sé lo que implica un matrimonio para concebir. La diosa Shera, diosa del amor y el placer, está presente en ello…
Las lágrimas comenzaron a rodar por mis mejillas.
—No siento ese tipo de amor hacia mi hermano, y me genera repulsión pensar que él y Meritra sí sienten esa atracción, olvidando que son hermanos.
—Tus dioses se unieron en matrimonio, aun siendo hermanos, para crear el mundo —dijo, inclinándose frente a mí.
—¿Acaso ese Dios invisible no? —respondí, alzando la voz a la defensiva.
—No. En el principio, mi Dios creó los cielos y la tierra. La tierra era un caos, y el espíritu del Señor se movía sobre la faz de las aguas —comenzó a relatar—. Hizo la luz y la separó de las tinieblas; llamó a la luz día y a las tinieblas noche. Ordenó todo lo que existe. Luego decidió crear al hombre a su imagen y semejanza, para que gobernara su creación. Y al ver que el hombre estaba solo, hizo una ayuda idónea: lo hizo dormir profundamente, tomó una de sus costillas… y de ella creó a la mujer.
—¿Una costilla? —pregunté, tocándome el cuerpo.
—Sí. Hombre y mujer fueron creados para unirse y ser uno solo, una sola carne. Por eso, el hombre dejará a su padre y a su madre para unirse a su mujer.
—¿Por amor… o por deber? —pregunté, sin poder contenerme.
—Bendito el hombre que encuentra una buena esposa, porque ha hallado un gran tesoro —respondió, mirándome fijamente.
Su mirada nublaba mi mente, y no sabía si eso estaba bien.
—Tu Dios habla muy bonito del amor —respondí, esquivando sus ojos.
—No solo habla; nos enseña que el amor es el vínculo perfecto.
Con cuidado, tomó una de mis manos. Por un instante olvidé apartarme. La calidez que me transmitía era algo que nunca había experimentado, y la sensación de tranquilidad me resultaba desconocida.
—Nefer, no estás equivocada. Solo quieres vivir el amor junto al hombre que tu corazón elija, no con quien te impongan.
Al escuchar las voces de los sacerdotes, limpié mis lágrimas de inmediato. Me levanté y me alejé de Ariel. Cuando ellos entraron, hicieron una reverencia.
—Alteza, no sabíamos que nos honraba con su visita —dijo el sumo sacerdote de Sis—. Los gloriosos de Geptio estarán satisfechos al saber que la princesa se prepara para ser una excelente soberana.
Les di una leve inclinación de cabeza y salí del templo, acompañada de Ariel. Durante el camino, ninguno de los dos habló. Él me escoltó hasta la entrada de mis aposentos.
—Nefer, que Dios guarde sus sueños —dijo, inclinándose ligeramente por primera vez.
—Gracias —respondí antes de cerrar las puertas.
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El jardín estaba vacío. Solo se sentía la brisa y el sol que comenzaba a ocultarse. Noté la presencia de Menje entre los arbustos; desde aquel día no nos habíamos vuelto a encontrar. Sentada junto a la ventana de mi habitación, sonreí al verlo.
—Menje…
Él salió, algo avergonzado.
—¿Cómo has estado?
—Nefer, siento lo de la última vez. Eres mi hermana… no me siento bien discutiendo contigo —dijo en voz baja.
—Sé que no soy quién para imponer mis ideas ni a ti ni a Meritra, pero me incomoda notar tu relación con nuestra hermana.