Maya fue quien me despertó. Me agitaba con fuerza para que me levantara, pero el sueño aún no me soltaba. Raga apenas estaba saliendo, y mi cuerpo lo sabía.
—¿Qué sucede? —pregunté, arrastrando la voz.
—Princesa, el príncipe Menje…
Sus palabras me despertaron de inmediato. Entonces noté la presencia de Abur en la habitación.
—Necesitamos que vaya a verlo. Está en sus aposentos.
El corazón comenzó a latirme con fuerza. Salí del lecho de un salto. No escuchaba nada más; solo corría hacia la habitación de mi hermano, dejándolos atrás.
Al llegar, abrí las puertas abruptamente… y la escena me congeló.
Abrí la boca, pero ningún sonido salió de ella.
Meritra y Menje se encontraban besándose.
Mi hermano y mi hermana.
Retrocedí sin hacer ruido. Sentía el cuerpo pesado, y cuando mis piernas flaquearon, unos brazos me envolvieron, sosteniéndome.
Ariel.
No había notado su presencia fuera de mis aposentos. Me había seguido. Me sostenía mientras ambos observábamos la escena frente a nosotros.
Menje estaba ebrio, pero sonreía abiertamente. Miraba a Meritra como si fuera la joya más preciada. Ella acariciaba su rostro con delicadeza, dejando besos en sus labios.
—Salgamos —susurró Ariel, haciendo que lo mirara.
Cuando intentamos retirarnos, tropecé con la puerta, haciendo que notaran nuestra presencia.
No fui capaz de mirarlos. Apreté con fuerza los brazos de Ariel.
—Hermana…
La palabra salió de ambos al mismo tiempo, y aquello hizo que mi cabeza diera vueltas.
—Príncipe Menje, princesa Meritra… no es el momento —intervino Ariel.
Él me ayudó a salir de allí.
Hermana.
La palabra resonaba en mi mente.
Sí… eso era.
Yo solo era su hermana.
Ellos me veían como tal, al igual que yo a ellos… pero ellos no se veían entre sí como hermanos.
Las lágrimas comenzaron a caer sin control.
Ariel me llevó hasta mis aposentos. Cerró las puertas, pero permaneció conmigo. Se sentó a mi lado mientras yo apoyaba la cabeza en su pecho y lloraba. Sus brazos no me soltaron.
Un zumbido llenaba mis oídos. Sentía cómo uno de mis mayores temores se hacía realidad frente a mí… y no había podido hacer nada para evitarlo.
Papá no quería esto.
Siempre temió que naciera una relación entre Meritra y Menje. Desde pequeños, nos repetía que esperaba que no repitiéramos sus errores.
—Papá no lo habría permitido… —susurré entre lágrimas—. Yo vi su sufrimiento. Le dolía haber dañado su relación con mi madre.
—Tu padre…
—Mi papá siempre quiso que fuéramos hermanos. Sin importar que Menje tuviera otra madre. Aris… la madre de Menje-Perha… era una joven hija de un comerciante de la que papá se enamoró. Solo nos pidió que fuéramos hermanos. Nada más.
—Nefer, no te culpes —dijo, tomando mi rostro entre sus manos y obligándome a mirarlo.
—No sé por qué te estoy contando todo esto —respondí, llevando mis manos a las suyas.
—Eres libre de llorar, de sentir. No te cierres, Nefer.
Me levanté, intentando alejarme.
Me abracé a mí misma y comencé a caminar por mis aposentos. Mi mente era un caos. No sabía qué debía hacer ni cómo continuar después de lo sucedido.
En ese momento, solo quería una cosa: olvidarme de todo.
Levanté la mirada hacia el lecho. Ariel me observaba en silencio.
Me acerqué despacio. Él parecía expectante.
Fue un impulso.
Uno que nunca antes había sentido.
Me lancé a sus brazos sin decir nada. Él no dudó ni un instante en rodearme con los suyos.
—Gracias —susurré cuando la calma comenzó a regresar.
—Me alegra poder ayudarte, Nefer —respondió en voz baja, cerca de mi oído, antes de limpiar mis lágrimas con suavidad.
—¡Por Sis! Debo estar hecha un desastre —exclamé, separándome y limpiando mi rostro con torpeza.
Ariel soltó una risa abierta.
—Creo que ya pasamos ese límite de apariencia —añadió, aún sonriendo—. ¿Amigos?
Extendió su mano.
—Después de verme llorar, creo que eso ya no se pregunta —respondí, con una leve sonrisa, sentándome a su lado.
Ambos reímos.
Hacía mucho tiempo que no reía así.
Era extraño… pero reconfortante.
Ariel me miraba como a una igual, no como a alguien de quien esperaba algo. Me sentía cómoda, incluso cuando la imagen de la heredera intachable estaba completamente derrumbada.
Nuestras risas eran ajenas a las miradas que, desde la distancia, observaban con desagrado aquella cercanía.
No sabíamos lo que nos deparaba el futuro.
No…
Lo que ocurría era que, desde afuera, comenzaban a notar algo que ni siquiera nosotros entendíamos.