Durante varias lunas evité a Menje y a Meritra tanto como pude. Buscaba cualquier excusa cada vez que intentaban acercarse para alejarme. Pasé los días entre mis deberes y las absurdas bromas de Ariel, quien, a su manera, intentaba levantarme el ánimo. De hecho, solo socializaba con Maya, Abur y él.
Mis aposentos se encontraban en un caos… un caos hermoso. Las sastres tomaban las medidas de Maya, mientras las sirvientas organizaban todo y opinaban emocionadas.
—Hola… —Meritra se asomó tímidamente—. ¿Puedo pasar?
Asentí, dejando a un lado lo ocurrido. Ambos habían sido castigados, incluso sin que los demás supieran la verdad. Menje llevaba semanas sancionado por su imprudencia al beber en la casa de las mujeres, y Meritra por haber intentado encubrirlo.
—Estás quedando preciosa, Maya —comentó Meritra.
—Trae las joyas —ordené a otra criada.
El vestido era de lino fino y semitransparente, de un azul oscuro profundo. Ajustado perfectamente a su figura, caía hasta los tobillos, con una abertura en el pecho que descendía casi hasta el ombligo. Lo acompañaba una capa del mismo material, que caía desde los hombros hasta el suelo. El conjunto se completaba con un gran collar semicircular de cuentas de loza y piedras preciosas.
—Yo también tengo un regalo para ti, mi querida Maya —dijo Meritra, tomando una peluca que había mandado traer—. Para un vestido tan hermoso, es necesaria una peluca digna.
Estaba elaborada con cabello natural, adornada con hilos de oro y pequeñas cuentas.
—Gracias… —sollozó Maya, con los ojos llenos de lágrimas, mirándonos a todas.
—Gracias a ti, querida amiga —me acerqué a ella—. Hoy no es un día para llorar. Además, creo que quien debería llorar es Abur al ver a su amada tan hermosa.
Acaricié suavemente su mejilla con la yema de los dedos.
—¡Por Raga! Muchas gracias, princesas —dijo nuevamente antes de salir junto a las demás criadas.
—Nefer… —susurró Meritra a mi espalda.
—Ve a alistarte —me giré para verla—. ¿No pensarás llegar tarde?
Noté cómo mordía su labio inferior antes de salir cabizbaja. Pero, antes de que alcanzara la puerta, hablé nuevamente:
—Nos vemos en la ceremonia, hermana.
Escuché su suspiro aliviado. Sin necesidad de mirarla, supe que sonreía.
Cuando la puerta se cerró, observé el vestido que me esperaba sobre el lecho.
Cuando estuve lista, salí al encuentro de las demás. Todas llevábamos el mismo vestido.
El cortejo comenzó con músicos y bailarines liderando la marcha hacia la sala del trono. El sonido de los instrumentos llenaba el ambiente. Detrás veníamos nosotras: la novia y sus acompañantes. Luego, varios sirvientes llevaban las pertenencias de Maya, junto con sus joyas y reliquias.
Las puertas de la sala del trono se abrieron. Los músicos se dispersaron, dejando espacio para nosotras y para Maya. Poco a poco, cada persona del cortejo se apartó, dejando a Maya y a Abur solos en el centro, frente a mi madre y a Menje-Perha.
—Vaya, no sabía que había código de vestimenta —dijo una voz a mi lado.
Me giré para fulminarlo con la mirada.
—Cállate. La reina está dando su discurso —susurré con firmeza.
—Para cuando termine de mencionar a todos sus dioses, podríamos irnos, volver y dar otras tres vueltas más —respondió en voz baja.
Me exasperó tanto que tuve que apartarme. Pero Ariel era, sin duda, el hombre más irritante que había conocido.
—¿Y ahora qué? ¿Tu madre hará sacrificios a cada uno de esos dioses? ¿Al de cabeza de gato o al de cabeza de vaca?
—¡Por Raga! Te cortarán la lengua si te oyen —respondí sin apartar la mirada al frente.
La carcajada de Ariel resonó en la sala del trono, haciendo que todos, incluida mi madre, giraran hacia nosotros.
De inmediato, llevé la copa a mis labios. Ariel intentó hacer lo mismo, pero, al notar la atención sobre él, alzó su copa con una sonrisa.
—La alegría de los novios ha inundado Geptio. Que todos los presentes seamos bendecidos con un amor como el de ellos.
Sus palabras lograron relajar el ambiente. Nos miramos con complicidad.
La ceremonia continuó, y luego acompañamos a la pareja hasta la entrada de su nuevo hogar. Las calles de Geptio estaban llenas de vida; el pueblo se había reunido para ver el cortejo nupcial.
Al llegar, los cantos y bailes envolvían el lugar.
—Estoy mareado —dijo Ariel de repente.
Lo miré con desconfianza.
—¿Estás bromeando?
Negó.
—Ver tanto azul me dan ganas de vomitar.
Le di una palmada en el hombro, molesta por sus tonterías.
—Sis debió abandonarme para que aceptara ser tu amiga —repliqué.
Él rodó los ojos, negando con la cabeza mientras me alejaba.
—Debo añadir algo más —dijo, colocándose detrás de mí—. Has opacado a la novia, Nefer… a ella y a todas las damas que la acompañaban.
Me quedé inmóvil.
Sentí cómo se alejaba, pero no fui capaz de girarme. Cuando reaccioné, noté la mirada de Senenmut sobre mí. Antes de que pudiera acercarse, la presencia del Shaty Sejo-Meh se situó a mi lado.
—Princesa Nefer —saludó, inclinando ligeramente la cabeza—. Espero que mi nieto no esté causando demasiados problemas.
Su sonrisa era cálida… muy similar a la de Ariel.
—No se preocupe, Shaty Sejo-Meh. Su nieto es… tolerable.
—Sephoj —corrigió con amabilidad—. No es necesario tanto formalismo. Puede llamarme solo Sephoj.
Asentí.
—Si lo desea, puedo acompañarla de regreso al palacio.
—Acepto su ofrecimiento con gusto.