El camino al palacio era largo, pero no pesado… más bien silencioso. En mi mente resonaban una y otra vez las últimas palabras de Ariel. Mi corazón aún no se estabilizaba; sentía que en cualquier momento saldría de mi pecho.
Me estaba volviendo loca.
Sí, eso era.
Pediría que un sacerdote me examinara.
—Ha estado animada la celebración —comentó Sephoj mientras caminaba a mi lado—. De hecho, desde mi matrimonio, no había visto un cortejo nupcial en el que integrantes de la familia real acompañaran a la novia.
Me detuve a mirarlo con curiosidad.
—¿En el cortejo de su esposa? ¿Quiénes estuvieron? No me imagino a mi madre participando en algo así.
La risa del Shaty no se hizo esperar.
—Tu madre, en ese entonces, era solo una niña —indicó con un gesto que continuáramos—. Thazene era una de las damas de la reina Ynat. Tu abuela fue quien acompañó a mi esposa en su cortejo.
—Thazene veía a la reina como a una hermana mayor, al ser hija única…
Su sonrisa se amplió al recordar.
—Mi esposa dice que le recuerdas mucho a la reina Ynat.
—Casi no la recuerdo. Su rostro es borroso para mí —suspiré, mirando al cielo.
—No tanto en lo físico —aclaró—. Es tu presencia. Aunque, si me preguntas, creo que eres una hermosa mezcla de tus abuelos, el rey İpap y la reina Ynat. Estarían muy orgullosos de la joven en la que te has convertido.
El resto del camino transcurrió en silencio.
No creía parecerme a ellos. Al rey İpap nunca lo conocí, y de la reina Ynat apenas guardo recuerdos. Siento que no logro ni acercarme a lo que fueron. Gobernantes admirados por su sabiduría y generosidad.
—Princesa, ha sido un placer escoltarla hasta el palacio —dijo al llegar.
—El agradecimiento es mío, Shaty… —alzó una ceja—, es decir, Sephoj. Gracias por tan agradable conversación.
—Siempre que necesite algo, mi casa estará abierta para usted. Que mi Dios la bendiga.
Sin más, se despidió.
El palacio estaba más vacío de lo habitual. Caminé sin dirigir la mirada a nadie hasta mis aposentos. Sin pensarlo, vacié una de las bandejas llenas de frutas. La superficie dorada, pulida, reflejó mi rostro de inmediato.
Casi por instinto, llevé las manos a mi cara, como si quisiera dibujar cada una de mis facciones.
No… jamás me parecería a mis abuelos.
Y si existiera algún parecido físico, sería como un recipiente vacío. Nunca lograría llenarlo. Ellos fueron soberanos dignos, amados por su pueblo.
“Estarían muy orgullosos de la joven en la que te has convertido”.
Esa frase resonó más de lo que debería.
No… estarían avergonzados.
He sido moldeada por mi madre, a su antojo. Alejada de todo lo que mi padre admiraba de ellos. Incluso a él lo he decepcionado.
—¡Nefer!
El grito irrumpió en mis pensamientos. Me llevé una mano al pecho por el susto antes de girarme, lista para reprender a quien fuera necesario.
Respiré hondo, pidiendo paciencia a Sis.
—¿Cómo osan entrar a mis aposentos de esa manera?
Meritra se escondió detrás de Ariel.
—Nefer, disculpa. Te perdimos de vista, y la princesa Meritra tampoco sabía dónde estabas, así que me preocupé —explicó él.
—Estoy bien.
—Hermana, ¿por qué volviste sin que Ariel te escoltara? —preguntó Meritra, asomándose apenas.
—No vine sola.
Ella asintió y salió casi corriendo, cerrando la puerta tras de sí.
Más que retirarse… huyó.
—No es nada —dije, dejándome caer boca abajo sobre el lecho—. Tu abuelo me escoltó hasta el palacio.
Ariel guardó silencio. Noté su mirada fija en mí, y mi corazón volvió a acelerarse. Sus palabras en la ceremonia regresaron a mi mente.
—Puedes retirarte. Necesito descansar.
Asintió y salió, dejándome sola.
Hundí el rostro entre las telas de lino y grité con todas mis fuerzas.
Estaba perdiendo la cordura.
No podía permitir que mi cuerpo reaccionara de esa manera cada vez que ese… ese enorme insolente me miraba o decía alguna de sus tonterías.
No.
Una reina no podía permitirse eso.
No yo.
La encarnación de Sis en la tierra. Guardiana del equilibrio.
No podía dejarme afectar por un simple Rebohita… por un extranjero.
Me incorporé, quitándome los adornos. Pero, al ver mi reflejo en el oro, una sonrisa escapó de mis labios.
Mis mejillas ardieron al recordar su cumplido.
La forma en que me miró durante toda la ceremonia.
No apartó los ojos de mí ni un instante.
¿Acaso ese idiota no sabía comportarse?
…¿o era incapaz de alejarse?
Negué con la cabeza.
No era el único con quien había hablado. Sephoj era un hombre amable, una presencia tranquila.
“Que mi Dios la bendiga”.
Fruncí ligeramente el ceño.
¿Ese Dios… me bendeciría?
Cuando yo nunca le había ofrecido nada.
El pueblo de Rebohes era extraño… pero intrigante.
—Dios de Rebohes… ¿acaso me escuchas?
La pregunta salió sola, como si algo dentro de mí creyera que alguien podía oírme.
—¡Por los gloriosos de Geptio! —exclamé en voz baja—. Qué tontería.
Me estaba volviendo loca.
Sí… los sacerdotes debían examinarme.
Tenían que hacerlo.
Porque si esto no era locura…
…entonces no quería siquiera imaginar qué podría ser.