Guerra de Fe e Imposiciones.

Capítulo 7

Mi reacción ante su burla fue simple y decisiva: caminé hacia él y le di un fuerte pisotón antes de marcharme del jardín.

Eso le pasaba por sus juegos tontos.

No quise ni pensar en lo que acababa de hacer… y delante de quién.

Pensé que sería una caminata tranquila por el jardín junto a mi madre y mis hermanos. De hecho, estaba contenta; hacía mucho que no compartíamos tiempo en familia. Pero tenía que estar ahí Ariel, junto a su abuelo, sin ser capaz de mantener la boca cerrada ni un segundo.

—Shaty Sejo-Meh, Ariel —saludó mi madre con una leve sonrisa.

—Majestad —respondieron ambos al unísono.

Mi madre continuó conversando con Sephoj, mientras Ariel se acercaba a nosotros.

—Nefer, al parecer no dormiste bien… ¿a cuál de todos tus dioses no oraste? —mis ojos se abrieron ante su comentario—. Pareces un pequeño mapache. No me digas… ¿también tienen un dios con cara de mapache? Seguro que a ese le hiciste ofrendas.

La rabia se apoderó de mí y reaccioné.

¿Podía haber alguien más insoportable?

Ariel lograba sacarme de quicio. Hace unos días me decía que había opacado a todas las mujeres… y ahora me comparaba con un animal.

Que Raga se ocupara de él. De ese vil y engreído rebohita.

—¿Acaso no le enseñas a tus siervos a ser caballeros? —murmuré mirando al cielo, a punto de golpear mi cabeza contra un muro—. ¿Ese es tu poder? ¿Volver locos a tus seguidores? ¿Acaso me caí de pequeña? ¿Cómo se me ocurre hablar con un dios invisible?

Caminé con rapidez hasta donde el sumo sacerdote y le pedí que me examinara.

—Disculpe, princesa, pero no puedo ayudarla si no sé qué le sucede.

—Eres el sumo sacerdote de Raga. Deberías tener la respuesta —repliqué, caminando de un lado a otro.

—Princesa…

—¡Últimamente siento que mi corazón va a salirse de mi pecho y pienso demasiadas cosas! —exclamé, desesperada.

El sacerdote tragó saliva al verme en ese estado.

—¿Qué pensamientos la atormentan?

—¡Estupideces! —grité, haciéndolo sobresaltarse—. Es como si no pudiera pensar con claridad. Es absurdo… como si ya no me conociera.

—Señora… por favor, no me mande a la horca —suplicó, temblando—. Si alguien la atormenta, debería arrojarlo a los cocodrilos.

—¿Pero acaso te has vuelto loco? —me acerqué y lo sujeté por sus vestiduras—. ¿Cómo osas tomar decisiones por mí?

Lo solté con brusquedad y salí de allí.

¿Había perdido la cabeza?

Lanzar a alguien a los cocodrilos no era la solución… aunque se tratara de ese insolente.

No…

No sería capaz de hacerle daño.

Solo quería entender lo que me ocurría.

Me dejé caer en mi lecho al llegar a mis aposentos.

—Dios de Rebohes… ¿cuál sería la solución? —gruñí frustrada—. He oído que das tranquilidad y claridad… ¿podrías ayudarme? Porque, de lo contrario, en uno de estos arrebatos podría enviar a tu siervo, ese insolente de Ariel, como comida de cocodrilos.

.

.

.

Los golpes en la puerta me despertaron. Una criada entró.

Cuánta falta me hacía Maya… debería pedirle que regresara.

—Mi señora, la reina ha pedido que vaya a la sala del trono.

Sus palabras me hicieron levantarme de inmediato, arreglarme y dirigirme allí.

Mi madre estaba sentada en el trono. Senenmut a su lado. Menje-Perha, Meritra… y Ariel también estaban presentes.

Por un instante, sentí que me faltaba el aire.

—He tomado una decisión que he pospuesto durante mucho tiempo —dijo mi madre, poniéndose de pie—. Ariel.

Al escuchar su nombre, todo comenzó a darme vueltas.

Mi madre lo enviaría a la horca.

—Quedas relevado de tu puesto como guardia personal de la princesa Nefer.

Nuestros ojos se encontraron. Ambos estábamos igual de sorprendidos.

—Será un descanso temporal, ya que la princesa Nefer viajará a Baste.

—¿Qué? —mi voz resonó más de lo debido.

—No es una petición, Nefer. Viajarás con Senenmut, y allí él te indicará tus deberes. Partes mañana, tan pronto Raga nos bendiga.

—Como ordene, majestad —respondí antes de salir de inmediato.

No quería ver a nadie.

Esa noche no logré dormir. Cuando miré hacia la ventana, estuve a punto de gritar, pero un cuerpo fue más rápido y cubrió mi boca.

Esos ojos azules.

Ariel.

Me soltó.

—¿Cómo osas? —susurré.

—Lo siento, Nefer. Solo quería despedirme.

Mi corazón volvió a acelerarse.

—¿Por qué?

—Dijiste que éramos amigos… eso hacen los amigos, ¿no?

Se sentó en el borde de la ventana.

No era la respuesta que mi corazón esperaba.

—No estás bien de la cabeza. Nadie debería salir sin la protección de Raga. Es peligroso —dije, sentándome a su lado.

Él rió suavemente.

—Mi Dios nos protege en la noche. Siempre cuida a los suyos.

—¿Cuántas cosas extrañas tiene tu Dios? —pregunté con sarcasmo.

—El cabello. Las mujeres no deben cortarlo. Cuanto más largo y abundante, más bendición representa —sonrió—. Además de belleza.

—¿Y los piojos?

Se acercó a mí, observando algo.

—Tienes uno en el hombro. No te muevas.

Cerré los ojos con fuerza… y entonces escuché su risa.

Cuando los abrí, estábamos demasiado cerca.

Su mano sostuvo mi mejilla.

El mundo pareció detenerse.

Cerré los ojos, sintiendo cómo su tacto calmaba todo en mí. Sus dedos recorrían mi rostro con delicadeza.

—Te verías aún más hermosa con el cabello largo —susurró—. Si ahora tienes a todos a tus pies… no imagino lo que lograrías.

Abrí los ojos lentamente.

Ese azul.

—Sería un delito que fueras aún más hermosa.

—Ariel… —intenté hablar.

Colocó un dedo sobre mis labios.

—Bendita seas, Nefer. Que Dios guíe tu camino en este viaje y no suelte tu mano.

Besó mi mejilla.

Poco a poco solté su mano… aunque no quería.

Lo vi alejarse hasta desaparecer.

Cerré la ventana.




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