Baste es una de las ciudades más bellas de Geptio. Fuimos recibidos en el palacio por el sumo sacerdote de Baste, sus hijos y toda la comitiva.
Aunque los días eran largos y la incertidumbre sobre cuándo volvería a casa era grande, los deberes que debía cumplir hacían la estancia más llevadera.
—Dios invisible… ¿esta fue tu solución cuando te pedí aclarar mis pensamientos? —sonreí observando la luna—. Vaya que cuidas a los tuyos… me enviaste lejos para evitar que terminara lanzando a Ariel yo misma.
Mi risa fue baja, pero tranquila.
A pesar de estar rodeada de criadas, no había logrado entablar una relación cercana con ninguna. Cuánta falta me hacía Maya.
—Princesa Nefer —escuché la voz de Senenmut.
Me levanté. Raga ya se encontraba en todo su esplendor.
—Dime.
—Quedará sola por unos días. Debo volver a la capital.
Abrí los ojos con sorpresa.
—No se preocupe, los hijos del sumo sacerdote la acompañarán.
No me quedó más opción que aceptar.
Cuando Senenmut abandonó mis aposentos, me quité la peluca.
Tantas lunas lejos de casa… de mi familia.
Me sentía mal por no haberme despedido de mis hermanos. En ese entonces aún me incomodaba lo ocurrido.
Dos años.
Jamás imaginé que mi madre me mantendría tanto tiempo lejos.
Esto no era una misión.
Era un castigo.
La pregunta era… ¿por qué?
Salí ya arreglada. Durante todo ese tiempo no permití que nadie me ayudara en mi aseo personal. No quería que descubrieran nada.
—Princesa Nefer —Hapı hizo una reverencia—. ¿Le gustaría acompañarme a los campos?
Siempre lo hacía.
Tal vez esperando que algún día aceptara su brazo.
Era atractivo, sí. Apenas unos centímetros más alto que yo. Su piel bronceada contrastaba con sus ojos negros, intensos. Vestía una falda plisada corta, ceñida con un cinturón decorado. Su cabeza rapada resaltaba las joyas pesadas: un ancho collar de cuentas de oro, lapislázuli, turquesa y cornalina que cubría sus hombros, además de brazaletes y amuletos como el escarabajo y el ojo de Horus.
Al llegar a los campos de trigo, la diosa Ishu nos bendecía con un viento suave. Las plantas se movían al compás del aire.
Observaba el paisaje cuando sentí la mano de Hapı en mi mejilla.
Retrocedí de inmediato.
—Perdóneme, princesa… le he faltado al respeto al desear a la encarnación de Sis.
Se inclinó.
—¡Mi señora! —una criada llegó corriendo—. Ha llegado una carta de la reina.
No esperé.
Tomé la carta y corrí a mis aposentos.
Al abrirla, me senté en el lecho.
“Querida hija, espero que los gloriosos de Geptio te hayan cuidado. Sé que has estado mucho tiempo lejos de casa. Hace unos días fui al templo y los dioses me han indicado que ha llegado el momento de que la heredera regrese.
Espero que hayas cumplido el propósito de tu viaje y regreses a la capital con tu compañero de vida… tu esposo.”
Las lágrimas comenzaron a caer sin control.
El propósito…
Conseguir un esposo.
No era un castigo.
No era por mi bienestar.
Era un plan.
Había sido apartada durante años para regresar con un hombre.
Y solo había dos opciones.
Hapı… o su hermano gemelo, Ipah.
Salí en su búsqueda. Lo encontré en los jardines.
—Princesa Nefer…
—¿Sabías que debía escoger esposo entre tú y tu hermano?
Asintió.
—¿Por qué crees que debes ser tú?
No respondió con palabras.
Sus labios se posaron sobre los míos.
Mi cuerpo se tensó.
No reaccioné.
No quería hacerlo.
Lo empujé con brusquedad.
—Debes controlar esos impulsos… si vas a ser mi compañero.
No esperé su reacción.
Me dirigí al templo.
Me limpié la boca entre lágrimas.
Era atractivo… pero su cercanía me repugnaba.
—Dios invisible… —susurré entre las estatuas y el incienso—. Soy una idiota… hablándole a la nada… y faltándole el respeto a los gloriosos de Geptio.
Me senté en el suelo.
—Por un momento olvidé quién soy… la heredera al trono… la encarnación de los dioses… criada para mantener el equilibrio de mi pueblo.
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Los días pasaron rápidamente.
Hapı se volvió atento… devoto… perfecto.
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—Princesa Nefer, perdóneme por haberla hecho caer —dijo ayudándome a levantar.
Lo miré en silencio.
La culpable había sido yo.
Tuve que contenerme para no rodar los ojos.
Hapı sería capaz de lanzarse a los cocodrilos si yo lo ordenaba.
Ariel… no.
Ariel discutiría… me llamaría torpe.
—¡Nefer! —me reprendí mentalmente.
—No te preocupes, Hapı.
Él sonrió.
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—¿Y esto? —pregunté al ver una pequeña estatuilla de barro.
—Un regalo, princesa. Para que Raga siempre la proteja.
Se colocó detrás de mí al entregármela.
—Serás la reina más bella que ha existido.
Y… me sentía bien.
Esto era lo correcto.
Lo esperado.
Sus brazos rodearon mi cintura.
Cerré los ojos con fuerza mientras apoyaba mi cabeza en su pecho.
No podía pedir nada mejor.
¿O sí?
—Hemos llegado, princesa —susurró, alejándose y ofreciéndome su mano.
Apreté la mandíbula antes de aceptarla.
Subí al carruaje.
Mi corazón latía con calma…
Hasta que las puertas de la sala del trono se abrieron.
Entonces lo vi.
Esos ojos azules.
Algo en mi interior se agitó.
El ruido de la corte desapareció.
Olvidé cómo respirar.
Por un instante… sentí que solo él podía ayudarme.
Su sonrisa apareció.
Ese gesto… tan suyo.
El rubor subió a mis mejillas.
Sin darme cuenta, solté la mano de mi acompañante…
De quien había elegido como mi futuro esposo.
Y toda esa perfección…
Se rompió en mil pedazos frente a mí.