Me alejé de Hapı, como si hubiera olvidado por completo su presencia.
Menje-Perha y Meritra se lanzaron sobre mí para abrazarme. El gozo que sentía era inmenso. Me llevé una mano a la boca al notar la pequeña pancita de Maya y corrí a abrazarla junto a Abur. Sus risas y palabras de alegría inundaban el palacio.
—Vamos, Nefer… ¿no piensas abrazar a este insolente?
Mi carcajada se escuchó entre todos, y no dudé ni un segundo en lanzarme a esos brazos que se abrían para mí.
Nos separamos con una sonrisa, y me coloqué al lado de mi hermana y de Maya.
—Aún no puedo creer que estés embarazada —confesé sin dejar de mirarla.
—A Maya y Abur les rindió el tiempo —dijo Meritra, alzando una ceja con picardía—. Aunque parece que a ti también.
Hapı se acercó con una sonrisa y besó el dorso de mi mano antes de retirarse.
—¡Oh, por Raga! —exclamó Maya, abanicándose el rostro.
—No, ese hombre es bellísimo… ¡por Sis! Hermana, tendrás una gran noche de bodas. ¿Viste cómo besó tu mano? Es perfecto.
Intenté evitar la mirada de Ariel ante sus comentarios, pero mis ojos terminaron encontrándose con los de mi madre.
Sonreía.
Una sonrisa llena de orgullo.
Su creación… estaba funcionando.
—Hapı es perfecto —fueron las únicas palabras que salieron de mi boca.
Y toda la alegría desapareció.
—¿Es en serio que te vas a casar con ese tipo? —preguntó Menje-Perha—. Hermana… ¿lo amas?
Su pregunta convirtió mi mente en un torbellino.
Sabía cuál debía ser mi respuesta.
Pero… ¿podía hablar de amor?
No.
Ese tipo de sentimientos no eran para mí.
Mi camino estaba trazado desde antes de nacer.
El amor no formaba parte de él.
Pero lo que realmente hizo temblar mi cuerpo de rabia fue verla.
Una joven de cabello largo colgándose del brazo de Ariel con total confianza.
Su sonrisa parecía desarmarlo.
Él le devolvía la sonrisa.
Y apartó la mirada de mí.
—Madre —me acerqué al trono—. Ha sido un viaje largo… ¿me permite retirarme?
—Hija mía, lo entiendo. Pero antes quiero dejar claro que Ariel retomará su puesto como tu guardia personal, y Maya volverá a ser tu sierva.
Asentí sin decir más y salí de la sala del trono, seguida por Maya.
—Princesa, ¿hay algo que la aflija? —preguntó al cerrar la puerta de mis aposentos.
—Ni yo misma sé qué me ocurre, mi querida Maya —respondí, dejándome caer en el asiento.
Maya se acercó y comenzó a quitarme las joyas y vestiduras.
Mi mente estaba en blanco.
No me di cuenta de cuándo retiró la peluca.
Su jadeo ahogado me sacó del trance.
—Mi señora…
Llevé mis manos a mi cabello, que ahora caía sobre mis hombros.
No sabía por qué lo había dejado crecer…
Pero desde que escuché que él admiraba el cabello largo en las mujeres, algo dentro de mí me impidió cortarlo.
Tomé una bandeja de oro pulido para ver mi reflejo.
Las lágrimas llenaron mis ojos.
La lancé contra el muro.
No lo decía por mí.
Qué ingenua fui al pensar que lo hacía por mí.
Él hablaba de otra.
De esa joven que se aferraba a su brazo.
De su estúpido cabello largo.
Maya se acercó con cuidado al verme caer al suelo, envuelta en llanto. Se sentó en el lecho y acomodó mi cabeza sobre su regazo mientras acariciaba mi cabello.
—Se ve muy hermosa… de hecho, envidio esa cabellera tan linda.
No respondí.
Sabía que solo intentaba consolarme.
—Dios invisible… —susurré entre lágrimas—. ¿Por qué tienes un siervo tan tonto? ¿Y por qué le diste tanto poder sobre mí?