Guerra de Fe e Imposiciones.

Capítulo 10

Raga estaba en todo su esplendor.

El vestido de lino fino blanco caía desde mi cintura, ajustado con un cinturón. Tenía un cuello halter que descendía en forma de rombo hasta unirse con la falda, acompañado de una fina tela translúcida que cubría mi rostro. Meritra vestía exactamente igual que yo.

El sonido de los instrumentos ya inundaba el jardín.

Comenzó suave, como un susurro que abrazaba cada columna del palacio y cada cuerpo presente.

Meritra fue la primera.

Su cuerpo se movía con ligereza, como si el aire mismo la guiara. Sus brazos dibujaban formas delicadas mientras sus caderas seguían el ritmo con naturalidad. Ella poseía esa libertad que siempre había envidiado: era sensual sin proponérselo, abierta a sus sentimientos… sentimientos que afloraban cuando miraba a Menje-Perha, tal como lo hacía en ese momento.

Cuando llegó mi turno, el silencio pareció volverse más pesado.

A diferencia de Meritra, me resultaba imposible sostener la mirada de los presentes. Fijé la vista en un punto vacío e hice lo que se esperaba de mí.

Elevé los brazos con precisión.

Cada movimiento era medido.

Cada gesto… perfecto.

Tal como me habían enseñado desde que comencé a caminar.

El sonido de los sistros marcó el ritmo y avancé.

Mi cuerpo obedecía: giraba, descendía, se elevaba…

Pero mi mente no estaba ahí.

No cuando sabía exactamente dónde estaba él.

No cuando sentía su mirada clavada en mí, como si cada movimiento ardiera bajo sus ojos.

Meritra giró a mi alrededor, integrándose al baile. Su risa escapó entre la música y, por un instante, nuestras miradas se encontraron.

Ella brillaba.

Yo… resistía.

Di un giro más lento, dejando caer los brazos con elegancia, pero al alzar la vista lo encontré.

Ariel.

No estaba observando la danza.

Me estaba mirando a mí.

Y entonces, por primera vez…

uno de mis movimientos falló.

Fue mínimo.

Imperceptible para cualquiera.

Pero yo lo sentí.

Mi respiración se quebró por un instante.

Y en ese segundo supe…

que no estaba bailando para los dioses.

Intenté evitar su mirada, pero entonces mis ojos se encontraron con los de Hapı, quien parecía haber notado la tensión que Ariel provocaba.

Un sabor amargo llenó mi boca.

Y más aún al recordar que mi madre observaba desde la distancia.

Meritra se acercó a mí con una sonrisa, indicándome con la mirada que tomaría la parte izquierda.

Mi cuerpo se tensó por un breve instante, pero no podía permitirme fallar.

No con mi madre mirando.

Comenzamos a acercarnos a los presentes. Con los primeros hombres, pasé entre ellos tal como lo dictaba la danza.

Cuando llegó el turno de bailar cerca de Hapı, sentí su mirada recorrer cada movimiento de mi cuerpo.

Maldije en silencio al notar que Ariel era el siguiente, justo a su lado.

Al pasar frente a él, Hapı tomó mi mano y la llevó a sus labios. Al soltarla, tuvo la osadía de intentar tocar mi cuerpo en movimiento.

Fui más rápida.

Me aparté.

Y entonces lo vi.

Esos ojos azules.

Fijos en mí.

Todo lo demás desapareció.

La tensión era solo nuestra.

Nuestra respiración se volvió más pesada.

Pero Ariel no bajó la mirada.

No recorrió mi cuerpo.

Sus manos permanecieron detrás de su espalda.

Solo me miró.

A mí.

Terminé el baile pasando frente a él y tomé a Meritra conmigo para retirarnos sin levantar sospechas.

Intentaba evitar, a toda costa, que mi madre notara cómo mi cuerpo reaccionaba… sin permiso… ante Ariel.

Antes de abandonar el jardín, hicimos una leve reverencia.

Mi madre sonreía con orgullo.

Para ella, todo marchaba perfectamente.

Pero dentro de mí…

todo era un completo caos.

Ya no me reconocía.




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