Guerra de Fe e Imposiciones.

Capítulo 12

Cuando nuestras miradas se cruzaron, el enojo desapareció y solo quedó la preocupación.

Me acerqué a él. Ariel se tambaleaba por la pérdida de sangre. Se apoyó en mí y lo guié hasta donde me encontraba antes. Sin pensarlo, rompí un trozo de mi vestido y, con agua, comencé a limpiar la herida.

La noche ya caía.

La luna, en todo su esplendor, hacía que Ariel se viera… casi irreal.

Con otro trozo de tela até su brazo para detener el sangrado.

—¿Por qué no te defendiste? —pregunté en voz baja.

Yo conocía sus capacidades. Ariel era un general.

—No quería dejar a tu prometido como un inútil —respondió, soltando una leve risa.

—Estaban hablando durante el combate… ¿de qué?

Tomó mi muñeca, mirándome con una sonrisa.

—¿Tienes miedo de que haya provocado al hombre perfecto?

De inmediato retiré mi mano.

—No debería estar aquí —dije, alejándome.

No debía importarme.

No debía haber reaccionado así.

—Tu prometido fue quien causó mi herida —dijo Ariel.

Volví a acercarme al ver el corte.

—¿No deberías estar con él?

—¿Qué le dijiste? Te conozco, Ariel. Tienes un talento para sacar a cualquiera de sus casillas.

Él hizo una mueca de dolor cuando presioné la herida.

—No hice nada —masculló—. ¿Por qué no me crees?

—Porque siempre has sido así… desde el primer día.

—Entonces, ¿qué haces aquí? Ve con tu perrito faldero.

Me levanté, molesta.

—No le faltes el respeto. Él no es un insolente como tú.

—¿Qué más, Nefer? —su voz, aunque baja, estaba cargada de enojo—. ¿En cuántas cosas más no me parezco a tu perfecto noviecito?

—Eres un patán. A diferencia de ti, Hapı sí me trata con respeto.

—¿Respeto? —escupió—. Solo es una marioneta ambiciosa por tu título.

Se acercó más.

No retrocedí.

Mi cuerpo temblaba… y lo odiaba por eso.

¿Por qué me afectaba tanto?
¿Por qué él lograba atravesar cada uno de mis muros?

—Tienes razón —dije con frialdad—. Debería estar con mi prometido y no perder el tiempo contigo.

Le lancé el pañuelo.

—Ve con esa jovencita que te sigue como sombra. Que ella te cure.

Me di la vuelta.

—¿Celosa?

Me detuve.

Su mano tomó mi brazo y me obligó a mirarlo.

—¿Por qué no puedes respetarme? —exigí—. ¿Por qué no me tratas como a una princesa? ¿Por qué a mi hermana sí… y a mí no?

Sus ojos azules brillaban con intensidad.

—Porque jamás te he visto como mi superior.

Mi respiración se volvió errática.

—¿Entonces… cómo?

El silencio se hizo pesado.

—Te odio —susurré, golpeándolo con el abanico mientras las lágrimas llenaban mis ojos.

No respondió.

Y eso dolió más.

Cuando intenté alejarme, él me atrajo hacia su cuerpo.

No era la única que temblaba.

—Como la mujer que amo.

El susurro fue bajo… pero devastador.

Mis piernas flaquearon.

Escondí mi rostro en su pecho, buscando huir… pero su corazón latía tan fuerte como el mío.

Me levantó el rostro con cuidado y limpió mis lágrimas.

—La joven que viste… es mi hermana —dijo, apoyando su frente contra la mía—. Y es una gran admiradora tuya.

El silencio entre nosotros se llenó de todo lo que no sabíamos decir.

Vergüenza.

Confusión.

Deseo.

—Acepto que esto no sea mutuo —añadió en voz baja, alejándose—. Sé que me ofreciste tu amistad… pero soy demasiado egoísta para conformarme con eso.

No podía dejarlo ir.

No después de eso.

Tomé su mano.

Lo atraje hacia mí.

Me miró confundido.

No sabía cómo decirlo.

Así que no lo hice.

Lo tomé del cuello y lo obligué a inclinarse, poniéndome en puntas para unir mis labios con los suyos.

Su respuesta fue inmediata.

Incluso con el dolor.

Sus brazos me rodearon, acercándome más.

Mi mano se perdió en su cabello.

Y en ese instante…

ambos entendimos algo.

Esto ya no tenía vuelta atrás.




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