La mano de Ariel sostuvo mi rostro entre las suyas.
—Por fin... no sabes lo difícil que ha sido convivir contigo ocultando todo lo que sentía.
Su pulgar acarició mi mejilla con suavidad.
—Me caes mal, Ariel —alegué, poniendo los ojos en blanco—. Me fastidia todo este caos que has provocado en mi vida... pero, irónicamente, me gusta.
Su risa ronca cautivó mis oídos.
—Vaya forma de halagarme, Nefer.
Volví a esconder el rostro en su pecho.
—No voy a soltarte jamás —susurró mientras acariciaba mi cabello—. Ahora que por fin te tengo cerca de mí, ni aunque el mundo entero esté en contra.
Sus palabras hicieron que un cosquilleo recorriera todo mi cuerpo.
Era una promesa.
Y lo peor era que yo tampoco quería que me soltara.
—Hablaré con Hapı. Ese compromiso no avanzará. Jamás le perdonaré que te haya herido.
Sus manos recorrieron mi espalda con delicadeza.
—¡Nefer!
La voz de Menje-Perha nos hizo separarnos de inmediato.
Mi hermano se acercó a nosotros. Aunque la luna iluminaba el jardín con claridad, al principio no logré descifrar la expresión de su rostro.
Instintivamente, Ariel me colocó detrás de él sin soltar mi mano.
Cuando Menje llegó hasta nosotros, la seriedad desapareció de su expresión y fue reemplazada por una sonrisa.
Por fin pude respirar.
—Príncipe... —intentó hablar Ariel.
Menje hizo un gesto con la mano para interrumpirlo.
—Y yo que venía preocupado porque creí que Nefer iba a infectarte la herida.
La broma me hizo abrir los ojos con indignación.
—Pero al parecer mi querida hermana sabe ser una excelente medicina.
Mis mejillas se encendieron de vergüenza.
—Ariel, amigo mío, creo que deberías dejar que alguien cure esa herida como corresponde. Mañana hablaremos de lo ocurrido. Esta noche tengo una conversación pendiente con Nefer.
Menje me rodeó con un brazo.
Ariel no se movió.
Solo me observó.
Asentí suavemente y le sonreí para indicarle que podía irse tranquilo.
—Abur, acompáñalo.
—Sí, príncipe.
Abur hizo una reverencia antes de marcharse junto a Ariel.
—Hapı ha ido a buscarte a tus aposentos —informó Meritra mientras se acercaba junto a Maya—. Maya y yo estábamos allí. Él pensó que eras tú.
—Princesa, debe terminar ese compromiso cuanto antes —añadió Maya.
Asentí.
—Hablaré con él ahora mismo.
—No irás sola —intervino Meritra tomando mis manos—. Después de lo que le hizo a Ariel, no me fío de cómo pueda reaccionar.
Todos estuvieron de acuerdo.
Y yo también.
Nos detuvimos frente a los aposentos de Hapı.
—Esperad aquí afuera. Hablaré con él sola.
Nadie protestó.
Di unos golpes sobre la puerta.
Hapı me permitió entrar y cerró la puerta tras de mí.
Era extraño.
Quizás era la primera vez que estábamos completamente solos.
Incluso durante nuestra supuesta relación, rara vez habíamos compartido intimidad alguna.
—Hapı, necesito hablar contigo.
Él asintió con una sonrisa mientras tomaba asiento en su lecho.
—Este compromiso no tiene fundamento.
Fui directa.
No tenía sentido adornar la verdad.
—Lo siento, pero no tiene sentido continuar con esto. Me equivoqué. No debí elegirte para cumplir el deseo de mi madre.
Su expresión se tensó ligeramente.
—En aquel momento creí que estaba atrapada, que luchar era inútil. Pensé que no tenía otra opción.
Guardó silencio.
—Pero ahora entiendo que no puedo seguir engañándome. No puedo ignorar lo que siento. Te pido perdón por arrastrarte a este juego absurdo, por utilizarte para esconder algo que me negaba a aceptar.
Tomé aire.
—He comprendido que no tiene sentido sacrificar lo que deseo para cumplir las expectativas de los demás.
—Princesa Nefer, entiendo que esté molesta por mis últimas acciones, pero...
—No. —Lo interrumpí—. En cierto modo, debo agradecerte.
Lo vi fruncir el ceño.
—Gracias a esas acciones abrí los ojos. Entendí que ya no estoy dispuesta a seguir siendo la marioneta de mi madre.
Me di la vuelta.
—Lo siento, Hapı. Espero que encuentres aquello que buscas.
No volví a mirarlo.
Salí de la habitación.
Los demás me observaban expectantes.
Y por primera vez en mucho tiempo...
me sentía ligera.
Como si una cadena invisible hubiera caído de mis hombros.
—Ahora tendré que hablar con mamá.
Miré al vacío.
Aquello me aterraba más que cualquier otra cosa.
—Yo le daré el mensaje a la reina —dijo Menje-Perha apoyando una mano sobre mi hombro—. No estás sola.
Mis ojos se llenaron de gratitud.
—Por favor, dile que he decidido romper el compromiso. Y que mi decisión no está sujeta a negociación.
Menje asintió.
—Así será.
Lo vi alejarse en dirección a los aposentos de nuestra madre.
Meritra y Maya me acompañaron hasta mi habitación.
En cuanto entramos, Meritra se lanzó sobre mi lecho y comenzó a reír como una niña traviesa.
—¡Por los gloriosos de Geptio! —exclamó mientras me señalaba—. ¡Mi hermana está enamorada!
Sentí que el rostro me ardía.
Y por primera vez...
no intenté negarlo.