El alba entraba suavemente por mis aposentos. Me levanté y me dispuse a probarme un montón de atuendos; la necesidad de elegir el mejor se hacía presente.
Acaricié el nuevo largo de mi cabello antes de atarlo para esconderlo dentro de mi peluca.
Abrí las puertas de mis aposentos con el corazón latiéndome a mil.
Mis ojos se toparon con los suyos. Sonreí, agachando un poco el rostro, mientras escuchaba una suave risa de su parte.
—Buenos días, Nefer.
Levanté la cabeza para mirarlo nuevamente, sintiendo un cosquilleo en el estómago.
—Buenos días, Ariel.
Tal vez, si antes me lo hubieran dicho, habría creído que era imposible perderse en la mirada de alguien. Pero allí estábamos, ambos sonriendo tontamente e incapaces de apartar la vista.
—Princesa Nefer.
La voz de Maya llegó a nuestros oídos desde la distancia.
—La reina la espera en la sala del trono.
Asentí mirando a Maya. Ella pasó junto a nosotros con una sonrisa y se quedó unos pasos por delante.
—Vamos —nos dijo con complicidad, dándonos la espalda.
Caminamos despacio detrás de ella. Vi cómo Ariel observaba a todos lados, asegurándose de algo. No le presté atención, pues era algo normal en su puesto.
De un momento a otro sentí sus labios sobre mi mejilla, haciéndome soltar una pequeña risa antes de taparme la boca para evitar que alguien me escuchara.
Roce deliberadamente su mano con la mía mientras caminábamos y me aparté al ver acercarse a un grupo de guardias, conteniendo una sonrisa ante la expresión de Ariel.
Cuando entramos en la sala del trono, me acerqué a mi hermana, mientras Menje-Perha atravesaba la estancia hasta llegar a Ariel.
Mi mirada volvió a cruzarse con la de Ariel a la distancia y, por un momento, el mundo dejó de girar. Abur le dijo algo, obligándolo a apartar la vista de mí, y yo volví a concentrarme en lo que decía mi madre.
Los campos de trigo resplandecían bajo la luz del sol mientras el viento los balanceaba en un hermoso compás.
—Deberían encarcelarte.
Su voz seria y ronca a mi espalda me hizo girarme de inmediato.
—¿Qué?
Lo miré confundida mientras se acercaba.
—Sí —respondió inclinándose hacia mi oído.
Yo ya me preparaba para empujarlo, recordando sus tontas bromas.
—Eres culpable de robarle el centro de atención a todo lo existente.
Sus palabras me dejaron boquiabierta.
Él rodeó mi cintura con los brazos.
—Solo tú puedes volver insignificante un paisaje tan magnífico con tu presencia.
Su enorme sonrisa me hizo esconderme, sonrojada, en su pecho. Jamás pensé que escuchar los latidos de su corazón se convertiría en mi melodía favorita.
Su abrazo era fuerte. Apoyó la cabeza sobre la mía y tomó una de mis manos para llevarla a sus labios. Un beso suave que hizo que mi corazón saltara como loco.
Tranquilidad.
Jamás había sentido algo parecido.
Jamás creí que bastarían sus brazos y su aroma mientras el viento soplaba a nuestro favor.
Aún me parecía extraño poder tomar su mano sin haberlo imaginado primero.
Durante años intenté explicar el caos que Ariel provocaba en mí, culpando a su insolencia o a la firmeza con que defendía sus ideales.
Siempre que lo veía sentía algo extraño, quizá miedo.
Pero ahora ese sentimiento estaba mezclado con una locura mucho más grande.
Ahora entendía que quería tenerlo conmigo, aunque fuera solo un instante.
Lo único que sabía era que había sido lo mejor que me había ocurrido.
Los besos de Ariel sobre mi cabeza me hicieron sonreír. Me aparté un poco para mirarlo y descubrir que él también sonreía.
No eran necesarias las palabras.
Solo queríamos disfrutar cada segundo en compañía del otro, sin pensar en nada ni en nadie.
En el jardín estaba junto a Meritra recogiendo flores cuando vi acercarse a Menje y Ariel. Por sus ropas y expresiones asumí que venían de alguna inspección.
Mi sonrisa apareció de inmediato cuando nuestros ojos se encontraron.
Meritra los saludó efusivamente con la mano y Ariel fijó la mirada en mí.
Mi hermano abrió los brazos y nos abrazó a ambas al mismo tiempo.
Después tomó mis mejillas y comenzó a pellizcarlas.
—Mira nada más, qué sonrisa tan hermosa.
Besó mi rostro varias veces, obligándome a apartar la mirada de Ariel.
—¿Para qué hombre es esa sonrisa tan bella?
Senenmut, que estaba cerca, nos observaba con demasiado interés.
Mi hermano sonrió con picardía al mirarnos a Ariel y a mí, que parecíamos haber perdido todo el color del rostro por culpa de su imprudencia.
—¿Para quién más? Para el hombre que amas.
Me abrazó con fuerza.
—Para su bello y amado hermano.
Solté un suspiro de alivio mientras escuchaba las risas suaves de los demás.
Observé a Senenmut negar con una sonrisa, acostumbrado a las demostraciones de afecto de Menje-Perha.
—Deja de sonreír tanto, querida —susurró solo para mí—. Se te van a entumecer las mejillas.
Se alejó burlándose.
Luego se acercó nuevamente a Ariel.
—Bella mi hermana, ¿no crees?
Ariel soltó una pequeña risa y asintió mirando a mi hermano.
Yo, por mi parte, puse los ojos en blanco ante la burla de Menje-Perha y la evidente complicidad de Ariel.
Mientras Ariel me escoltaba por las calles de Geptio hacia el templo, manteníamos una distancia prudente.
Cuando llegamos, los sacerdotes nos dejaron solos.
Ariel se acercó por detrás y colocó una flor tras mi oreja. Después puso sobre mi cabeza una corona hecha con aquellas mismas flores.
—Jamás había visto estas flores —confesé sonriendo.
—Claro que no. Solo crecen en Rebohes. Los lirios están asociados al amor y la belleza.
Acarició mi rostro.
—Y tu presencia es el significado del amor y la belleza en mi vida.
Mi corazón dio un vuelco.
—Mi Dios es para mi pueblo como el rocío de la mañana —explicó.