Guerra de Fe e Imposiciones.

Capítulo 15

—¿A cenar?

Lo miré confundida mientras me alejaba un paso.

—¿Estás seguro?

Él volvió a acercarse.

—Claro que sí, Nefer. —Sonrió y dejó un beso en mi frente—. Mi familia estará feliz de conocerte. Además, mi madre quiere ver a la mujer que le está quitando el amor de su hijo.

—No estoy segura de ir —le confesé a Meritra, que estaba sentada sobre mi lecho comiendo uvas.

—No seas tonta, hermana. —Se levantó y me metió una uva en la boca—. Tienes que conocer a la familia de tu hombre.

Su afirmación me hizo sonrojar y ella soltó una carcajada.

—¿Me veo bien? —pregunté nerviosa—. No quiero parecer demasiado ostentosa.

Tenía la boca llena de uvas cuando Menje-Perha entró en mis aposentos y cerró la puerta con llave.

—Te ves hermosa. —Se acercó para entregarme una capa—. Y tú deja de comer tanto.

Regañó a Meritra, aunque su sonrisa contradecía sus palabras.

—¿Me estás llamando fea? —se quejó ella haciendo un puchero mientras dejaba la bandeja de uvas.

—Claro que no. —Menje acarició su rostro—. Jamás podría.

—Solo que vas a terminar atragantándote con tantas uvas.

Sonrió divertido antes de volver a mirarme.

—Ya está todo listo. He hecho saber que dormiremos en tus aposentos y que nadie puede venir a molestarnos.

—Princesa, debe ponerse mi capa. Como tenemos una estatura similar, saldrá junto a Abur y creerán que soy yo.

Maya me sonrió mientras Abur permanecía a su lado.

—Vamos, princesa.

Abur me ofreció su brazo y lo tomé.

—Gracias —les dije a todos antes de salir por la ventana hacia el jardín.

La salida estaba custodiada por varios guardias.

Antes de llegar, unos soldados se acercaron a saludar a Abur. Rápidamente me pegué más a él.

Abur colocó una mano en mi espalda y se inclinó, dando la impresión de que nos estábamos besando, por lo que los guardias se alejaron de inmediato.

Sin dejar que vieran mi rostro, me abrazó contra su cuerpo y así conseguimos salir.

Ya lejos del palacio, ambos suspiramos aliviados.

—Abur. —Ariel se acercó—. Muchas gracias, amigo.

Le dio una palmada en el hombro.

—Te debo una.

—De nada, Ariel. —Respondió con su característico semblante serio—. Hasta luego, princesa. Antes del amanecer los esperaré aquí para entrar.

Abur hizo una pequeña reverencia y luego devolvió la palmada a Ariel antes de marcharse.

—A veces creo que es Maya quien obliga a Abur a hacer estas cosas —comenté mientras caminábamos tomados de la mano.

Ariel soltó una carcajada.

—Lo digo en serio. Me da miedo mirarlo. Siempre está tan serio que parece incapaz de mover un músculo del rostro.

—Vaya, tú teniéndole miedo a alguien.

—Pero después lo veo sonriéndole a Maya y se me pasa.

Me encogí de hombros.

—Eso es lo que hace el amor —susurró mientras apretaba mi mano.

Cuando llegamos frente a su casa me quedé paralizada.

Ariel lo notó enseguida.

—Vamos, no pasa nada.

Me rodeó con un brazo y llamó a la puerta.

Fue la señora Thazene quien abrió.

Una sonrisa apareció de inmediato en su rostro.

Ni siquiera prestó atención a su nieto.

Abrió los brazos y me atrapó en un abrazo.

Durante un instante mis brazos quedaron rígidos a los costados, pero luego respondí al gesto con timidez.

—Oh, cariño, qué bella eres.

Se apartó apenas para observarme mejor y luego me tomó del brazo para hacerme entrar.

Dentro, todos los presentes me sonrieron.

Fue entonces cuando noté que la única vestida al estilo de Geptio era Thazene. Llevaba un sencillo vestido blanco similar al mío, sin joyas, y su largo cabello lacio comenzaba a teñirse de canas.

Mis ojos se posaron en un hombre adulto que me observaba sonriente.

Tenía una sonrisa idéntica a la de Ariel.

Ariel me condujo hasta la mesa.

—Nefer, ellos son mis abuelos, mis padres y mi hermana.

Sonrió mientras me rodeaba con un brazo.

—Familia, ella es Nefer, mi novia.

—Mucho gusto —saludé sonrojada.

El ambiente en aquella casa era cálido.

Todos sonreían, pero no era una sonrisa fingida.

Llegaba hasta sus ojos.

La comida ya estaba servida. Cada uno tenía un plato frente a sí y el resto de los alimentos ocupaba el centro de la mesa.

—Nefer, come todo lo que quieras.

El Shaty Sejo-Meh me habló con una sonrisa amable.

—Muchas gracias, Shat...

Me detuve al recordar su petición.

—Señor Sephoj.

—Ay, no, cariño. —Thazene se quejó mientras abrazaba a su esposo—. Deja eso de señor y señora para otro lugar. Aquí solo llámanos por nuestros nombres.

Asentí confundida por tanta amabilidad.

En el palacio estaba acostumbrada a esos protocolos.

Pero parecía que a ellos no les gustaban dentro de su hogar.

—No te preocupes.

Ariel tomó mi mano debajo de la mesa.

—Simplemente no estamos acostumbrados a esos títulos cuando estamos en familia.

Su sonrisa y el calor de su mano me ayudaron a relajarme.

Y también a comprender un poco mejor por qué Ariel era como era.

—Nefer, ¿quieres más pan? —preguntó la madre de Ariel.

Parpadeé varias veces.

Nunca nadie me había preguntado algo tan simple.

Y mucho menos con tanta naturalidad.

—No, muchas gracias.

Negué avergonzada.

El padre de Ariel soltó una carcajada.

—La niña parece un corderito perdido.

Mi rostro se volvió completamente rojo.

—Fraine, no seas imprudente. Has avergonzado a Nefer.

La manera en que Sephoj regañaba a su hijo adulto me pareció enternecedora.

Continué comiendo mientras observaba la dinámica de aquella familia.

Inevitablemente la comparé con el ambiente tenso y lleno de expectativas del palacio.

Allí, cada comida junto a mi madre parecía un examen.

Aquí, en cambio, todo era sencillo.

Humano.

Cálido.




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