Acompañando a Meritra a sus clases de danza y con Ariel escoltándonos, aquello nos daba la facilidad de convivir y platicar sin escondernos.
Meritra se encontraba en el jardín con su maestra, mientras que nosotros nos sentamos a unos metros observándola.
—Son diferentes —mencioné observando a Meritra.
—¿Quiénes? —preguntó confundido Ariel, mirando al mismo lugar que yo, esperando encontrar la respuesta.
—Tu familia —respondí sin apartar la mirada de Meritra—. Tal vez sea por ese Dios al que sirven. ¿Por qué siempre hablas de ese Dios como si fuera alguien cercano a ti?
—Porque lo es, Nefer —escuché cómo soltaba un suspiro—. El Dios de Rebohes es el Dios viviente, y su bondad hacia su pueblo, mi pueblo, que le adora, ha sido demasiado evidente. El padre del abuelo de mi abuelo fue a quien Dios le ordenó dejar su país y a sus parientes. Imagínate, él tenía setenta y cinco años. A cambio de su obediencia, Dios estableció un pacto con él.
—¿Qué tipo de pacto? —le pregunté en un susurro, mirándolo un poco asustada—. He escuchado que en algunos pueblos sacrifican niños.
La risa suave de Ariel no se hizo esperar.
—Claro que no, Nefer —me miró sonriente—. Mi Dios no es alguien que se regocije en el dolor de sus siervos.
Sus palabras me confirmaron cuán justo era el Dios de Rebohes.
—¿Entonces qué pidió?
—Obediencia y confianza, y a cambio hizo unas promesas —rió suavemente—. Fueron tres promesas. Prometió bendecir a quienes lo bendijeran y maldecir a quienes lo maldijeran.
—Entonces, si yo llegara a maldecir a tu Dios, ¿quedaría maldita para siempre?
Me estremecí ante el solo pensamiento de ser maldecida por un dios.
—Otra promesa fue que su nombre sería engrandecido y recordado a lo largo de la historia.
—¿Y la tercera promesa? —pregunté.
Él sonrió al mirarme.
—Después te la cuento.
Le sonreí agradecida.
—Entonces, ¿el padre del abuelo de tu abuelo era como un rey? —pregunté un poco confundida.
—No, más bien un patriarca guiado por Dios. El único Rey es nuestro Dios.
Sentía la mirada de Ariel sobre mí.
Aunque tal vez fuera extraño, de algún modo me cautivaba y atraía algo de ese Dios invisible.
—Ese Dios invisible... —hice una pausa pensando mis palabras—. ¿Es muy severo ante los pecados?
—Varía dependiendo del caso —respondió pensativo—. Por ejemplo, una vez destruyó una ciudad con fuego y azufre por su depravación, orgullo y violencia.
Lo miré asustada y tomé sus manos.
—¿Acabó con toda una ciudad?
Mis ojos se abrieron de par en par.
—Dios prometió que no la destruiría si encontraba tan solo diez justos en ella —explicó tratando de calmarme—. Lastimosamente no los hubo.
Acarició mi mano.
—Mi Dios es tan bueno que escucha todas nuestras súplicas y responde nuestras plegarias.
—Hablas como si fuera fácil.
Mordí mi labio suavemente.
—¿Alguna vez respondió tus oraciones?
—Sí.
Apretó mi mano mientras me sonreía.
—Tú eres mi oración respondida.
Mis ojos se encontraron con los suyos y el brillo en su mirada me hizo sonreír, provocando un cosquilleo en mi estómago.
—Pero ¿cómo puedes confiar tanto si ni siquiera puedes verlo? —pregunté—. En mi pueblo todos los dioses tienen una imagen tallada. Incluso cada casa posee varios amuletos para su protección.
—Tampoco puedo ver el viento, pero sé cuándo está conmigo.
Respondió con una lógica tan simple que me hizo reír.
—No encuentro fallas en tu argumento.
Sonreí intrigada.
—Me gusta la paz y tranquilidad que transmite tu familia —confesé levantándome—. Es muy distinta a la mía, donde desde pequeña me inculcaron que mostrar emociones era sinónimo de debilidad.
Miré a mi hermana, que corrió a abrazar a Menje-Perha en cuanto lo vio aparecer en el jardín.
—Demostrar lo que sientes o por quién lo sientes no es una debilidad, es una fortaleza —dijo poniéndose de pie a mi lado.
—En mi entorno, ellos son mi debilidad —confesé mirándolo.
—No, Nefer.
Seguí la dirección de su mirada hacia Meritra y Menje-Perha.
—Ellos son la razón por la que sigues luchando.
Volví a mirarlo.
—Eso no es una debilidad.
Su voz fue suave.
—Es amor.
No respondí. Solo sonreí.
Sé que es difícil de creer, pero algo dentro de mí me decía que algún día ese amor por ellos sería utilizado en mi contra.
Porque quien amenazara con hacer daño a alguno de mis hermanos me tendría completamente en sus manos.
Las miradas de Meritra y Menje-Perha llegaron hasta mí, y sus sonrisas brillaron mientras caminaban hacia nosotros.
—¿Por qué nos miras así? —preguntó Menje-Perha cuando se detuvo frente a mí.
—Me decía cuán dichosa era de tenerlos como hermanos —intervino Ariel al notar mi dificultad para responder.
Menje-Perha sonrió de inmediato y me abrazó como si fuera una pequeña muñeca. Aunque, considerando nuestra diferencia de altura, realmente lo parecía.
—¿A que es un amor mi hermanita? —preguntó mirando a Ariel.
Este sonrió observando cómo mi hermano prácticamente me aplastaba entre sus brazos.
—Oye —Meritra se acercó a Ariel—. ¿Cómo haces para descongelar a ese témpano de hielo?
La risa de Ariel y Menje-Perha resonó mientras se burlaban del apodo que mi hermana me había puesto.
—Meritra...
—Sabes que te quiero.
Dejó un beso en mi mejilla y finalmente me alejé del abrazo de Menje-Perha.
—Sabes que te quiero, pero tú casi nunca devuelves nuestros gestos.
Blanqueé los ojos.
—Suficiente. Ya se han burlado bastante.
Los regañé con seriedad, aunque ellos solo sonrieron y levantaron las manos en señal de rendición.
—Está bien, vamos adentro —dijo Menje-Perha mientras comenzaba a caminar con Meritra tomada del brazo.
—Vaya...
Ariel inspeccionó el lugar antes de dejar un beso rápido en mi mejilla, provocándome una risa.