Guerra de Fe e Imposiciones.

Capítulo 17

Las antorchas en las paredes dejaban una excelente vista del tan preciado trono de Geptio. Las columnas colosales, pintadas de vivos colores; los muros cubiertos de jeroglíficos tallados; y los pisos de piedra pulida reflejaban el poder de los grandes de Geptio.

Mi madre se sentaba en el trono de oro macizo. La ubicación de este hacía parecer que era más grande que cualquier presente.

Comíamos en silencio.

Un silencio pesado, muy distinto al que habitaba la casa de la familia de Ariel.

Mis hermanos y yo intercambiábamos miradas discretas, tratando de hallar el significado de la expresión de nuestra madre mientras nos observaba.

—Pueden retirarse a sus aposentos —ordenó, levantándose del trono.

Mis hermanos y yo hicimos una pequeña reverencia antes de salir de su presencia.

Cada uno, sin decir nada, tomó el camino hacia sus aposentos privados.

—Maya, puedes irte ya a casa —le sonreí antes de entrar a mis aposentos y cerrar las puertas tras de mí.

Suspiré mientras caminaba hacia la ventana que daba vista a los jardines traseros. La abrí y de inmediato sentí la cálida brisa de la noche.

El jardín se veía bañado por la luz de la luna.

Me recosté en el marco de la ventana observando las estrellas.

Durante años, aquellas mismas estrellas fueron simples puntos brillantes en el cielo. Ahora me preguntaba si el Dios de Ariel también las habría creado.

Sonreí ante aquel pensamiento.

Ariel estaría feliz de saber que cada vez pensaba más en su Dios.

—Nefer —susurró contra mi cabello.

Me giré para mirarlo.

—¿Desde cuándo? —preguntó en voz baja.

Sonreí tontamente al verlo ahí, parado frente a mí en medio de la noche.

La noche que, al parecer, se había convertido en nuestra mejor compañía.

—Desde que me hablaste de las mujeres de Rebohes.

Ariel no dijo nada.

Solo observó mi cabello como si intentara comprender que alguien hubiera cambiado algo de sí misma por él.

Saltó la ventana para entrar a mis aposentos y tocó mi cabello con una suavidad que no parecía propia de él.

Ahogué un grito cuando me alzó en sus brazos y volvió a salir por la ventana como si yo pesara lo mismo que una pluma.

Tuve que sujetarme fuertemente a él mientras se escabullía por el palacio y atravesaba las salidas hasta llegar al gran caudal.

Me dejó suavemente sobre el suelo.

Yo me solté a reír.

—¿Has perdido la cabeza? —pregunté divertida al recordar que me había robado de mis propios aposentos.

—Tal vez.

Sus brazos rodearon mi cintura.

—¿Tal vez?

Besó el dorso de mi muñeca.

—Eres culpable, señorita Nefer.

—¿Yo? ¿Cuáles son mis pecados, señor?

Lo miré sonriendo.

Ariel hundió su rostro en su nuevo descubrimiento: mi cabello.

—Ser tú.

Sus palabras se perdieron entre mis mechones mientras la brisa del gran caudal se convertía en una pequeña melodía.

—Eres culpable de tenerme a tus pies y de que en mi corazón no haya nadie más que tú.

Tomé su rostro entre mis manos y dejé un suave beso sobre sus labios.

El dulce sabor de su boca era embriagador.

Ariel unió su frente con la mía mientras su risa llenaba el silencio de la noche.

Yo acariciaba su rostro.

Sentía la necesidad de memorizar cada uno de sus rasgos.

No quería perder una sola expresión.

Quería conservarlo todo.

Por primera vez en mucho tiempo me sentía tranquila.

Como si el mundo hubiera decidido dejarnos en paz.

Como si nada pudiera alcanzarnos aquella noche.

—Ariel.

Me alejé para dar media vuelta y observar el gran caudal mientras él me abrazaba por detrás.

—¿Cómo es la historia de tu Dios sobre la creación de las estrellas?

Admiré el cielo lleno de ellas.

—Nunca la he escuchado.

Continué hablando curiosa mientras sentía su cabeza descansando sobre mi hombro.

—¿Tú tampoco la sabes?

Sonreí cuando lo vi por encima de mi hombro.

Tenía los ojos cerrados, demasiado concentrado en el aroma de mi cabello.

—No me estás escuchando.

Me quejé, aunque sin moverme.

Sentí su risa vibrar contra mi cuello.

—Claro que sí.

—Ariel.

Me aparté para mirarlo.

—¿Qué fue lo último que dije?

Me crucé de brazos.

—Que eres muy hermosa.

Soltó una carcajada.

Negué divertida.

—Eso no fue lo que dije.

—¿Ah, no?

Volvió a atraerme hacia él.

—Pues es lo que deberías empezar a decir.

—¿Cómo crees que voy a ir por la vida diciendo esas cosas?

—Bueno...

Volvió a esconder el rostro en mi cabello.

—Puedes ir diciendo que eres la mujer más hermosa que ha pisado este mundo y que tienes locamente enamorado a un extranjero y comandante del ejército de Geptio.

—¡Oh, por Dios, Ariel!

Me carcajeé tapándole la boca.

—Calla esos bonitos labios.

Ariel levantó las manos en señal de rendición, aunque sin perder la diversión en el rostro.

Besó mis manos.

Las retiré rápidamente, avergonzada.

—Es como música para mis oídos escucharte decir esa palabra.

Me abrazó.

—Que mi Dios salga de tu boca es maravilloso.

Sonrojada, escondí el rostro en su pecho al comprender finalmente lo que acababa de decir.

Y aun así era incapaz de negar el efecto que su Dios estaba dejando en mí.

—¿De niño también hablabas tanto? —pregunté, desviando el tema.

—Nefer.

Tomó mi rostro entre sus manos.

—¿Acaso me estás insinuando que quieres tener hijos conmigo?

—¡Ariel!

Exclamé más fuerte de lo normal mientras lo empujaba.

Su risa se hizo aún más notoria.

—Te imaginas.

Volvió a acercarme.

—Una pequeña niña idéntica a ti, pero con mi encanto.

Inevitablemente, mi mente viajó hacia la imagen que describía.

No pude ocultar la sonrisa.

La risa de unos niños.

Ariel hablando demasiado.




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