El camino al palacio fue silencioso. Aunque mis pies avanzaban en dirección a él, mi mente regresaba una y otra vez a la imagen de Ariel sonriéndome y asintiendo, como si quisiera decirme que todo estaría bien. Aquel gesto fue lo único que me dio la valentía necesaria para soltar su mano.
Una vez en mis aposentos, fui incapaz de quedarme quieta. Caminé de un lado a otro como si en ese movimiento pudiera encontrar una solución. El silencio parecía devorar cada uno de los pensamientos que me atormentaban.
Llevé una mano a mi pecho, angustiada, al escuchar unos pasos acercándose a la puerta.
El aire dejó de llegar a mis pulmones.
Mi corazón latía con fuerza.
Mis manos temblaban.
Me obligué a cerrar los ojos cuando escuché abrirse las puertas.
—Princesa Nefer —la voz de uno de los guardias me hizo abrir los ojos—. Su Majestad, la Señora de Geptio, la ha convocado a sus aposentos.
Cuando el hombre se marchó, solté el aire lentamente. Me coloqué la peluca con manos temblorosas y corrí descalza por los pasillos del palacio.
Irónicamente, aquel recorrido se me hizo más largo que nunca.
Me detuve frente a las puertas de los aposentos de mi madre y apreté los puños a ambos lados de mi vestido.
El temor luchaba contra mi voluntad, intentando convencerme de no entrar.
Mordí el interior de mi mejilla para reunir el valor necesario y toqué la puerta.
—Pasa.
Su voz hizo que tragara saliva, pero entré con la cabeza en alto.
Mi madre caminó alrededor de mí con una paciencia calculada.
Lejos de tranquilizarme, aquello hizo que mi respiración se agitara y que mi cuerpo comenzara a temblar.
Mi mirada recorrió instintivamente la habitación en busca de una salida.
No había ninguna.
Porque aquí no había espectadores.
No había hermanos.
No había Ariel.
—¿Lo amas?
La pregunta, directa y serena, me tomó por sorpresa.
—Sí —afirmé sin vacilar.
—¿Desde cuándo?
Fui incapaz de sostenerle la mirada.
Sabía lo que había hecho.
Sabía en qué le había fallado.
—¿Pensabas casarte con él?
Mis ojos se llenaron de lágrimas y mi silencio respondió por mí.
Observé cómo mi madre caminaba hasta una mesa cercana y se servía vino en una copa de oro.
La sonrisa ladeada que apareció en su rostro mientras observaba el líquido rojo me provocó un escalofrío.
Apoyada contra la ventana, me observó durante unos segundos.
—Ya lo sabía.
Mis ojos se abrieron de par en par.
—Los encuentros. Las cartas. Las reuniones.
La sonrisa desapareció.
Y entonces comprendí.
Ella lo sabía todo.
Terminó de beber el vino y caminó hacia mí.
Tomó mi mentón.
Contra todo pronóstico, su agarre fue dolorosamente fuerte.
Su sonrisa seguía siendo tranquila, pero la presión de sus dedos revelaba algo muy distinto.
—Si eliges a Ariel...
Me soltó bruscamente.
—Si eliges a tu extranjero de juego...
Rodeó mi espalda mientras hablaba.
—Tu hermano morirá.
Mis piernas flaquearon.
Sentí como si mi alma abandonara mi cuerpo.
No por la amenaza.
Sino por la naturalidad con la que había pronunciado aquellas palabras.
Parpadeé.
Una vez.
Dos veces.
Como si mi mente hubiera dejado de comprender.
Menje-Perha.
Mi hermano.
Mi protector.
Mi familia.
No.
No podía estar hablando de él.
—Cariño —dijo mientras acariciaba mi rostro.
Mi cuerpo temblaba.
Tuve que apoyarme en la pared para no caer.
—Mi pequeña Nefer...
El veneno oculto tras aquellas palabras hizo que las lágrimas comenzaran a descender por mis mejillas.
—Ya sabes que es necesario eliminar todos los obstáculos de la heredera.
Sonrió.
—Y tú quieres ser feliz con tu amado extranjero.
Con un movimiento débil, aparté su mano de mi rostro.
Desesperadamente intenté recuperar el control de mi respiración.
—Ya sabes, cariño —continuó—. Un accidente es algo muy común para un príncipe que lidera tropas.
Su sonrisa perfecta me provocó náuseas.
Tomé mi cabeza entre las manos.
—Las enfermedades son difíciles de prevenir.
El dolor me atravesó el pecho.
—Las emboscadas ocurren.
Lo susurró junto a mi oído.
Y entonces me derrumbé.
Las lágrimas se apoderaron de mí.
Mi madre me tomó del brazo y fui incapaz de resistirme.
Porque ya no eran solo sus palabras.
Era comprender que estaba destruyendo todo aquello que me hacía feliz.
—Tienes tiempo para pensar —añadió mientras abría la puerta.
Me empujó suavemente hacia el exterior.
—Pero recuerda esto.
Acarició mi rostro una última vez.
—La vida de tu hermano está en tus manos.
La puerta se cerró frente a mí.
Caí de rodillas en el suelo.
Intentando comprender.
Comprender quién acababa de amenazarme.
Quién había puesto la vida de mi hermano sobre mis hombros.
Quién destruía mi vida a su antojo.
Lo más irónico era que se trataba de la misma mujer que me había dado la vida.
Aquella a cuyos brazos corría cuando era pequeña llamándola mamá.
Entonces sentí unos brazos rodeándome.
Unos brazos que conocía demasiado bien.
Unos brazos que siempre habían sido un refugio.
Me aferré a ellos mientras mis lágrimas empapaban su ropa.
—Nefer...
Ariel tomó mi rostro entre sus manos.
La preocupación era evidente en sus ojos.
—No me sueltes —supliqué entre sollozos.
Tal vez con la esperanza de escapar de aquella realidad mientras permaneciera protegida por él.
—Jamás —susurró contra mi oído mientras me abrazaba con fuerza—. Jamás te soltaré, Nefer.
Permanecimos largo rato acurrucados junto a la pared.
Yo seguía sin ser capaz de alejarme.
El miedo no me lo permitía.
—No —me aferré aún más a su pecho—. No puedes dejarme. Promételo.