Los primeros rayos del alba me encontraron despierta. El aire parecía no llegar a mis pulmones mientras caminaba sin descanso por mis aposentos.
¿Por qué tenía que ser así?
¿Por qué era tan cruel?
Las lágrimas caían por mis mejillas al recordar tantos buenos momentos.
Mi mano tembló sobre mi pecho.
¿Por qué tenía que ser yo quien fuera cruel?
Cuando escuché que llamaban a la puerta de mis aposentos, me limpié las lágrimas rápidamente y fui a abrir.
—Buen día.
Mi cuerpo tembló, incapaz de moverse al verlo entrar.
Su sonrisa.
Su mirada.
El amor no desaparece simplemente porque uno decida terminarlo.
—Nefer, ¿estás llorando? —preguntó de inmediato al verme—. Cariño, ¿qué sucede? ¿Por qué tiemblas?
Su preocupación me hizo sentir culpable.
Sus ojos me buscaban.
Yo los evitaba.
Me senté en mi lecho. Las ganas de vomitar se hicieron presentes mientras mi garganta se negaba a emitir sonido alguno.
—Ariel... —susurré—. Lo nuestro debe terminar.
Cerré los ojos con fuerza y tomé aire.
—Me casaré con Hapı.
Lo dije rápido, antes de que me faltara el valor.
Escuché sus pasos acercándose.
Luego se arrodilló frente a mí para quedar a mi altura.
—Nefer, mírame.
Su voz sonaba desesperada.
—Por favor.
Llevó una mano a mi rostro.
—Mírame a los ojos y dime que no me amas.
Me aferré a las sábanas con fuerza.
Mantuve los ojos cerrados mientras las lágrimas caían.
Negué con la cabeza y apreté los labios para obligarme a guardar silencio.
No me atrevía a mirarlo.
Si lo hacía, correría a sus brazos.
Me derrumbaría.
Mi corazón latía con fuerza mientras luchaba contra el deseo de abrazarlo y abandonar todo.
Pero no podía cargar con la muerte de mi hermano sobre mis hombros.
Tenía que sacrificarme.
Por amor a mi hermano.
Amaba a Ariel.
Mi alma se sentía herida y mi corazón dolía, pero no podía permitir que Menje-Perha perdiera la vida.
No importaba mi sufrimiento.
—No hay nada que me haga cambiar de opinión —dije mientras me limpiaba las lágrimas y me ponía de pie sin mirarlo—. Lo siento.
—Nefer.
Intentó acariciar mi rostro, pero me aparté, dejando su mano suspendida en el aire. Poco a poco sus dedos se cerraron formando un puño.
—Dilo. Di que no me amas y me marcharé sin mirar atrás.
Tenía un nudo en la garganta.
No poseía la valentía suficiente para mentirle de esa forma.
—Entonces nos veremos allí.
Su mirada era firme.
—Te veré en tu boda.
—No —susurré entre sollozos.
No sería capaz de casarme con otro hombre viéndolo a él.
No soportaría convertirme en la causa de su sufrimiento.
—Porque estaré allí, Nefer —continuó cuando le di la espalda—. Mis vestiduras estarán cubiertas de ceniza.
Sus palabras me dejaron inmóvil.
Mordí el interior de mi mejilla para contener el llanto.
Con todas mis fuerzas intenté ignorar los gritos de mi corazón, que me suplicaba correr hacia él.
—Vestiré como un pordiosero en tu boda, princesa.
Las lágrimas volvieron a amenazar con escapar.
—Porque ese día morirá.
Hizo una pausa.
—No él.
—Sino aquel hombre que te amó sin medida.
—Aquel único hombre al que has amado.
Se marchó en cuanto terminó de hablar.
Y observé cómo mi vida se derrumbaba frente a mis ojos.
Mis piernas flaquearon.
Mi cuerpo tembló.
Mis rodillas golpearon el frío suelo.
¿Por qué?
¿Por qué yo debía sacrificar mi amor y mi felicidad?
¿Por qué siempre tenía que ver cómo todos aquellos que amaba se alejaban de mí?
¿Por qué tenía que soltar?
¿En qué había fallado?
Me repudiaba por lo que estaba haciendo.
Estaba hiriendo al hombre que me amaba.
Al hombre que yo amaba.
—No, Ariel —susurré en mi soledad.
Las lágrimas corrieron libres.
—No morirás solo.
Cerré los ojos.
—La mujer que hoy conoces también morirá ese día.
Mi voz se quebró.
—Morirá cuando me obliguen a tomar la mano de un hombre al que no ama.
Las puertas se abrieron de golpe y Meritra entró corriendo.
—¡Nefer!
Me abrazó y me ayudó a levantarme.
—Nefer, cariño, ¿qué sucede?
Nos sentamos en mi lecho.
Apoyé la cabeza sobre su regazo mientras ella acariciaba mi cabello con suavidad.
—Hermana, ¿qué sucede? —susurró al ver que cerraba los ojos.
Las lágrimas escaparon nuevamente.
Sentí cómo su preocupación aumentaba.
—¡Por Sis! Quisiera saber qué está pasando. Dime quién te hizo esto y Menje-Perha y yo nos encargaremos de acabar con tu sufrimiento.
¿Cómo podía hacerlo?
¿Acaso podía exponer a mis hermanos al peligro?
¿Conducir a Menje-Perha hacia la muerte?
¿Destruir la vida de Meritra?
No.
Prefería morir yo en vida antes que arrastrarlos a mi sufrimiento.
—Dilo, Nefer. Por favor, habla —suplicó desesperada.
Abrí los ojos.
Mi mirada encontró la corona de lirios que Ariel me había regalado.
Seguía sobre mi mesa.
Guardada como mi tesoro más preciado.
Y entonces las palabras de mi madre resonaron nuevamente en mi mente.
Flashback
—Lo acepto.
Lo dije sin una sola duda cuando entré en sus aposentos.
Su sonrisa se ensanchó.
—Me casaré con Hapı y seré la reina que tanto deseas ver.
Mi voz era firme.
No quedaba rastro del miedo que antes me dominaba.
—Hija mía...
Me aparté antes de que pudiera tocarme.
—Recuerde algo, Majestad.
Me alejé de ella y caminé lentamente a su alrededor.
—Aquella joven soñadora que corría a sus brazos llamándola mamá...
Me acerqué.
—Murió en el momento en que comenzaste este juego.
Sonreí.
—Y yo me convertí en tu objetivo de captura.
No esperé una respuesta.