Los días se han vuelto grises.
Mezclados unos con otros.
La tormenta de la que parecía haber salido volvió.
Realmente no sé adónde van mis pasos. He levantado nuevamente mis muros.
He cerrado la ventana de mi habitación. He puesto seguro a todo el mundo en mi vida.
Meritra llamando a mi puerta cada mañana.
Menje-Perha paseando por los jardines traseros que daban a mis aposentos, tratando de poder hablar conmigo.
Pero siempre tenía una razón.
Siempre encontraba una.
Una distinta para cada día y así poder alejarme.
Incluso la mirada preocupada de Maya cada vez que peina mi cabello.
Mi silencio era suficiente para que no se atreviera a decir nada.
La mirada de Abur cada vez que me escoltaba a cualquier lugar.
Ignoraba esos ojos que trataban de arrancarme los pensamientos.
No quería que nadie intentara arreglar esto.
No quería arrastrarlos a mi calabozo de oro.
Mis pensamientos solo estaban en el hombre que veía al cerrar los ojos.
La nostalgia había hecho su hogar en mi cabeza.
Las paredes del palacio se reían de mí.
Siendo un cementerio de historias, era allí donde se me estaba pasando el tiempo recordando momentos que jamás volverían.
Las noches caían como un dulce y amargo descanso, donde a veces lo encontraba en sueños y donde, al despertar, volvía a convertirme en el bufón de mi propia soledad.
Cada rincón del palacio guardaba algo de él.
Y descubrir aquello fue peor de lo que imaginaba.
Porque comprendí que ya no existía ningún lugar donde pudiera esconderme de su recuerdo.
—Princesa —me llama Maya, sacándome de mis pensamientos—. Su madre quiere que se corte el cabello.
Miro mi reflejo en el espejo.
Levanto la cabeza, decidida y sin expresión alguna.
—Esa no es su decisión.
Toco mi cabello suavemente, con la mirada perdida.
Maya recoge mi cabello con cuidado y coloca la peluca llena de joyas.
Joyas vacías que, aunque brillan, no reflejan ese brillo en mis ojos.
Salgo de mis aposentos seguida de Maya.
Al entrar a la sala del trono, tomo mi lugar al lado de mi madre.
Clavo la mirada en cualquier punto del salón, aunque no escucho ni una sola palabra de lo que dicen a mi alrededor.
Por un instante, nuestros ojos estuvieron a punto de encontrarse.
Pero Ariel desvió la mirada antes.
Como si yo ya no existiera.
Como si mirarme fuera demasiado doloroso.
Aquello me hirió más de lo que hubiera querido admitir.
Porque durante meses había sentido sus ojos buscándome entre las multitudes.
Había aprendido a reconocer su presencia incluso antes de verlo.
Y ahora...
Ahora era una desconocida para él.
O al menos eso intentaba ser.
Supe entonces que mi decisión no solo me había roto a mí.
También lo había roto a él.
Pero fui incapaz de no observarlo por el rabillo del ojo.
Y parecía otra persona.
No era él.
No era el hombre que siempre mantenía una sonrisa en el rostro.
Tenía los ojos clavados en una de las columnas del salón.
No me miraba.
No miraba a nadie.
Su ceño estaba fruncido y su mandíbula tensa.
Al terminar la reunión, salí ignorando la llamada de Hapı e incluso la de mis hermanos.
Solo les dediqué una mirada fría antes de encerrarme en mis aposentos.
Tomé el primer ídolo entre mis manos.
Durante años le había ofrecido plegarias.
Durante años esperé respuestas.
Durante años esperé consuelo.
Lo dejé caer.
La piedra se hizo pedazos.
Y la culpa jamás llegó.
En mi soledad rompí todos los ídolos presentes en mi habitación.
Sentí esa necesidad.
Yo le había hecho daño.
Así como mis manos destrozaban aquellos ídolos, también había destrozado al hombre que me amó y trajo alegría a mi vida.
Noté unos papiros sobre una de las mesas.
Me acerqué y los tomé.
Acaricié las letras que estaban allí.
Porque en esos papiros se reflejaba la sonrisa de Ariel cuando los escribió para mí después de contarle mi interés por la historia de su pueblo.
"Solo el Dios viviente sabe lo que has pasado y es el único que puede darte consuelo."
"Búscalo, clama a Él y Él te oirá."
Solté los papiros como si quemaran.
Miré todas las piezas rotas de aquellas deidades que adoraba, esparcidas por el suelo.
"Otro tipo de amor."
Las palabras de Sephoj me taladraron los oídos.
Nadie...
Nadie más que Él sabe lo que estoy pasando.
Ariel no lo sabía.
Meritra no lo sabía.
Menje-Perha tampoco.
Ni Maya.
Ni Abur.
Nadie conocía la amenaza.
Nadie conocía el precio que había pagado.
Entonces...
¿Y si era cierto?
¿Y si aquel Dios invisible realmente lo sabía?
¿Y si Él sabía dónde encontrarme?
Posé una mano sobre mi pecho mientras las lágrimas caían al comprender algo.
Toda mi vida la había puesto en cosas falsas y vacías.
Dioses que no oyen.
No ven.
No acompañan.
Dejé caer mis rodillas contra el suelo.
Me quité la peluca y todas las joyas que me adornaban.
Las piedras cayeron al suelo.
Todo destruido.
Todo roto.
¿Acaso podía ser cierto?
¿Cómo aquel Dios invisible podía venir a salvarme?
¿Cómo podía darme consuelo?
¿Podía reparar mi alma y mi corazón?
"Debemos dar gloria, porque el Señor está con nosotros."
Mis lágrimas salían sin cesar al ver cómo las palabras de Sephoj aquella noche comenzaban a tener significado.
Mi fuerza para seguir adelante no provenía de esos ídolos hechos por hombres.
Mi mirada volvió a los trozos esparcidos por mis aposentos.
¿De dónde viene mi ayuda?
Apoyé la frente contra el suelo.
Me humillé y entregué todas mis esperanzas a Él.
A ese Dios invisible que ofrece su mano y espera que abra la puerta de mi corazón.