Todo marchaba totalmente igual, con la misma monotonía gris de siempre.
Mi despertador holográfico flotaba sobre la mesa de noche, emitiendo ese molesto zumbido electrónico que ya odiaba con el alma. Me levanté arrastrando los pies, mientras estiraba las sábanas a medias -más por obligación que por mantener un buen orden- luego engullí casi de un bocado una barra de nutrientes sintéticos sabor a algo que pretendía ser fresa, pero que sabía mas a plástico dulce.
Lo de siempre, simple y sencillo, ¿verdad? Patético hasta cierto punto, diría yo.
Mi vida había sido un miserable bucle sin fin desde que tuve uso de razón. Entre rutinas repetidas como un maldito código de programación que se ejecuta cada mañana en el sistema operativo de la ciudad, sin errores... y lo peor de todo, sin sorpresas.
Crucé el umbral de la puerta de mi apartamento y salí a la calle. El aire de la mañana en Neo Áurea ya se sentía frio y denso, impregnado de ese olor a metal limpio, tan típico de los distritos urbanos. Caminé con la vista fija en mis botas de lona, con la silenciosa e inútil esperanza de que, por una vez en la vida, mi profesor de programación decidiera enfermarse por obra del universo o, al menos, no darnos otra de sus eternas y aburridas clases de tres horas. Esas donde el segundero parece avanzar hacia atrás, y hasta el alumno más aplicado termina librando una batalla a muerte contra el sueño. Para mi mala suerte, la Academia Helix me quedaba a pocas calles, así que no tenía la excusa de la distancia para llegar tarde.
Durante el trayecto, intenté distraerme con cualquier cosa que rompiera el paisaje. Busqué un color diferente, un cartel nuevo, pero no había mucho que ver. En este maldito siglo, todo lo nuevo nacía ya prefabricado. Nada interesante pasaba en mi sector. Hasta que la vi en la lejanía.
Lia, mi mejor amiga del alma, era un tapón de desorden y energía. Bajita, de pestañas cortas que aleteaban rápido cuando hablaba y con una melena castaña tan abundante y rebelde que ningún cepillo de la ciudad había logrado domar jamás. En sus mejillas se extendía una constelación de pecas desordenadas que brillaban bajo la luz artificial de los carteles, pero lo que realmente te desarmaba era su sonrisa. Era una línea curva que iba de oreja a oreja, brillante, ruidosa y absurdamente contagiosa. Lia era el tipo de persona capaz de inyectarte cafeína en las venas con solo mirarte en un lunes por la mañana, ella ya me esperaba en el punto de encuentro de siempre, justo frente a las enormes puertas arqueadas de cristal que parecían contener algún tipo de líquido luminoso por dentro que destacaban en toda la academia. Estaba subida en un escalón, agitando los brazos con tanta energía que parecía que intentaba guiar el aterrizaje de una aeronave. Sonreí sin poder evitarlo.
-¡Hasta que te dignas a aparecer, Esparta! -exclamó cuando acorté la distancia, con pasos presurosos.
Nos fundimos en un abrazo. Fue uno de esos saludos cargados de la misma intensidad y alivio que ambas sentíamos cada vez que nos veíamos, como si nuestras neuronas se reconocieran y se conectaran al instante tras pasar doce horas separadas. Caminamos hacia el vestíbulo riéndonos de chistes que ni nosotras mismas entendíamos, que después terminábamos, encadenando una queja tras otra sobre la vida cotidiana, enlistando planes de viajes que probablemente nuestro bolsillo nunca nos permitiría cumplir y, cómo no, despotricando contra el sistema escolar.
Entonces, sin previo aviso, Lia soltó un codazo en mis costillas y señaló una pantalla un poco grande flotante.
-Oye, pero mira al modelo del anuncio de trajes de neopreno... Dios mío, bendita ingeniería genética. Esos abdominales podrían cortar diamantes.
Puse los ojos en blanco, sintiendo el calor subir a mis mejillas.
-¡Lia, por favor, son las ocho de la mañana! -la regañé, aunque mi mirada se desvió un milisegundo hacia la imagen antes de que desapareciera-. Te alocas demasiado con esos temas.
-Ay, por favor, Emma. Como si tú no estuvieras pensando en lo mismo. Te conozco muy bien.
-Yo tengo más autocontrol, que conste -mentí, autoconvenciéndome de mi supuesta madurez, mientras cruzábamos el detector de ID de la entrada de la academia.
Hasta que la burbuja de alegría nos duró, lo que dura un suspiro. El timbre resonó en el pasillo con un tono sordo y metálico, anunciando el inicio de las horas de clases interminables. Entramos al salón de clases, donde el resto del grupo ya formaba un nido de murmullos, risas escandalosas y bromas pesadas de última hora. Todo ese ecosistema adolescente se congeló en un segundo cuando la puerta cromada se deslizo aun lado.
-Buenos días, chicos -resonó la voz monótona y profunda del profesor Alfredo.
El eco de sus pasos hizo que todo el mundo corriera descontrolado, arrastrando las sillas y tropezando entre los pasillos para acomodarse en sus respectivos asientos antes de que pasara asistencia.
-Otra vez no... -susurró Lia a mi derecha, hundiéndose en su pupitre hasta que la barbilla casi tocó la madera.
-Viene listo para anestesiarnos de nuevo -murmuré en respuesta, frotándome la cara con las manos, preparándome psicológicamente para sobrevivir a las próximas tres horas de algoritmos cuánticos. Después de horas de clases, exámenes sorpresa y exposiciones repentinas que parecían interminables por suerte llegaron a su fin.
Eran las 04:00p.m, el sonido de Neo Áurea nunca cesaba. Al salir de la academia, el ruido exterior me golpeó como una bofetada de la dura realidad. En este año 2301, el murmullo insistente de la tecnología era el verdadero latido del mundo entero. Sobre nuestras cabezas, los motores magnéticos de los autos flotantes silbaban al atravesar las rutas aéreas, dejando apenas estelas de luz que cortaban el cielo gris. Enormes pantallas y anuncios holográficos cubrían edificios enteros de arriba abajo, cambiando de imagen cada pocos segundos, bañando el asfalto y a los peatones que cruzaban, con destellos saturados de luces azules, rojas y violetas. Era un bombardeo visual constante que la mayoría de la gente ya había aprendido a ignorar por completo.