Guerra Monarca [lgbt]

16: De nuevo en los brazos del enemigo.

Mateo

No recuerdo nada de lo que paso despues de que vi a Deacon. Todo lo que recuerdo es el dolor que me provocó Nicolás. Esa pesadilla que era fresca en mi mente y que me impulsaba a morir aquí, en donde sea que estuviera.

Con los ojos cerrados aun, me estaba esforzando por escuchar algo que me confirmara en donde estaba, pero no escuchaba ningún ruido, ni pasos, ni voz y ni siquiera una respiración.

Abrí los ojos lentamente, la noche cubría todo el lugar, solo podia ver negrura y nada más. Por un momento pensé que había quedado ciego, que Nicolás me había hecho algo en los ojos hasta dejarme ciego como parte de su venganza. No obstante, cuando me adapté a la oscuridad y mi vista se enfocó, pude ver sillones, un techo, paredes, cuadros, mesas y una cama de algodón debajo de mi cuerpo.

Mis manos se deslizaron por la suave textura de la cama, era todo lo que necesitaba para descansar y olvidarme del mal momento que me había hecho pasar el ser maldito de Nicolás.

Ahora mi pregunta era: ¿Quién me había traído hasta aquí?

Entonces me di cuenta de algo; el dolor que sentía antes de desmayarme en el duro y polvoriento suelo del bosque bajo las hojas secas ya no estaba. El cuello no me ardía y mi abdomen estaba intacto. Ni siquiera sentía hambre, era como si en el sueño profundo en el que caí, todos mis malestares se hubieran desaparecido por arte de magia. Claro está, si existían los seres malditos que consumían sangre humana, no me encontraría extraño que también existiera un poder de sanación instantáneo.

Si antes de desmayarme alguien me hubiera dicho que cuando despertara no iba a sentir ningún tipo de dolor, probablemente me hubiese reído en su cara mientras la sangre me brotaba de la boca. Pero ahora al mover las piernas y no sentir dolor, pude entender que probablemente el poder de sanación instantáneo era verdadero.

De un salto me levante de la cama, como si nunca hubiese tenido un dolor tan agudo como lo sentía en mi encuentro con Nicolás. Me estire y mire atentamente el lugar en donde estaba: era una habitación muy espaciosa. Me hubiese gustado que sea diminuta, con dos camas y que en una estuviera el estúpido de mi hermano Maximus y en la otra Greta, durmiendo muy profundamente, pero no iba a suceder, esta era la realidad. Una realidad que me aterraba bastante.

Caminé a pasos lentos hacia el ventanal que daba al exterior, hice a un lado las cortinas que lo vestían y los primeros rayos de la luz de la luna que lo atravesaron me alumbraron el cuerpo y la habitación. Estaba con la ropa con la que había salido de la cabaña, solo que ahora la traía sucia y hecha girones.

Mi piel estaba intacta, en donde antes tenía hematomas y heridas graves, ya no tenía nada, solo piel suave y con una que otra capa de sudor.

Mire hacia el exterior, la noche estaba clara y los árboles se movían con fuerza por el viento. Si tan solo pudiera abrir la ventana las gotitas de sudor que se instalaban en mi frente se harían volando con el viento.

Al ver el bosque me daba la impresión de que estaba en lugares desconocidos.

Sabía perfectamente que no estaba en mi reino. El bosque lo conocía a la perfección, pero este solo lo veía algunos meses al año, y esta parte era completamente desconocida para mí.

Era evidente que aún estaba en el reino de Hatzis, pero lo que no sabía era en que parte.

De repente sentí un escalofrió, como la presencia de alguien extraño apoderarse de mi mente, como aquella vez que Nicolás me miró fijamente y sentí que me absorbía la energía, con la única diferencia que esta vez no tenía ojos mirándome, solo el bosque y la luna en lo alto del cielo.

Pero no pude dejar de pensar en los hermanos Georgiou. Si el rey Deacon estaba conmigo antes de desmayarme era muy probable que me trajera aquí, a su casa improvisada para pasarse un día o dos en el reino de Hatzis durante las fiestas. Es decir, que, si me trajo a mí, también traería a Nicolás y si eso fuera cierto entonces estaría en peligro.

Mire por todos lados tratando de encontrar algo con que defenderme. Mi corazón se aceleró, la luz de la luna no me tranquilizo como lo hacía cuando voy muy tarde de la noche descubriendo el bosque. Al contrario, en la penumbra, la luz de la luna en la habitación hacía que el ambiente se volviera bastante tenso y a la misma vez terrorífico.

Los pasos de alguien por el pasillo al otro lado de la puerta se escucharon sigilosamente, como si aquella persona hubiese escuchado un sonido. Como si se diera cuenta de que ya estaba despierto.

Encima de una mesita vieja de madera había un candelero el cual evidentemente no estaba encendido, y lo agradecía bastante porque fue mi mejor arma. Una barra de metal era un arma muy poderosa.

La sostuve con fuerza en mi mano, era más pesada de lo que pensé, por lo que supe que tenía que ser rápido con el golpe que le iba a dar a Nicolás, porque si él era el que estaba del otro lado de la puerta teniéndome como prisionero no tendría mucho tiempo para escapar.

Pero pensando lógicamente, si era Nicolás el que estaba del otro lado de la puerta él no fue el responsable de curar mis heridas porque su objetivo es matarme.

Camine hacia la puerta de puntillas, aunque la madera bajo mis pies hacia un sonido medianamente alto. Cuando estuve frente a la puerta levante mi brazo derecho en donde tenía el candelero, agarre la cerradura de la puerta y al girarla me di cuenta de que estaba bloqueada.

Un segundo despues la persona que estaba al otro lado la comenzó a girar lentamente, así que agarre más fuerte el candelero, lo incline y cerré los ojos. El chirrido de la puerta al abrirse y el frio aire que choco en mi cuerpo fueron las señales perfectas de defensa. Dispuesto a matar al enemigo que me tenía en cautiverio, moví mi mano con rapidez, pero alguien me sostuvo de la muñeca.

Al no obtener ni una sola palabra de la persona que me tenía sujetada la muñeca, abrí mi ojo izquierdo, con las cejas fruncidas y abriendo el derecho para comprobar mi delirio, lo vi. Tan fuerte y encantador como lo vi la última vez que la misma mano que me tiene agarrada fue gusto a su mejilla. Aquella vez en donde solo éramos él y yo en el mundo. Él y yo contra el mundo.




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