Santuario de Athena
El Santuario estaba en completo silencio.
Ikki junto a Megan avanzaron con paso firme hacia la cámara donde yacía Seiya. El velloncino de oro brillaba débilmente entre las manos de la diosa, como si supiera que estaba a punto de cumplir su propósito sagrado. Shun, al verlos, se levantó de inmediato de su sitio.
—¿Ese es...? —preguntó con un hilo de esperanza.
Ikki asintió en silencio, y avanzó hasta Valen que se encontraba sentada junto a la cama, sosteniendo la mano de Seiya.
Megan se acercó. Sus ojos violetas se posaron en el caballero, y tras una breve plegaria a Hera, colocó el velloncino sobre su pecho.
Pasaron unos minutos, y no ocurría nada.
—¿Y si no funciona? —susurró Valen con dolor, dirigiéndose a nadie en particular. Megan bajó la mirada. Shun apretó los puños.
—Debe funcionar —murmuró Ikki, aunque ni él estaba seguro de creerlo del todo.
Pero entonces, el cuerpo de Seiya convulsionó levemente. Un destello dorado surgió del velloncino. Y tras un quejido ahogado, Seiya abrió los ojos.
—¿A-Athena? —fue lo primero que dijo.
El nombre golpeó como una lanza a la diosa Valen. Soltó la mano de Seiya de inmediatos, y por un segundo, su aliento se detuvo. Sus labios se entreabrieron, pero no dijo nada. No podía. Solo se limitó a apartarse de la cama, lentamente.
Shun se apresuró a tomar el lugar de Valen y le explicó todo lo que había pasado: la batalla, la caída de Athena, el sacrificio de tantos... y su nuevo rol como protector del Santuario.
Seiya escuchó atento. Lagrimas de dolor y rabia caian de sus ojos mientras golpeana con fuerza las sábanas.
—¡Le prometí que la protegería! ¡A ella... a todos! ¡Y no pude hacer nada!
Valen lo miró una última vez. Comprendiendo que esa furia, esa tristeza... no era por ella.
Era por Athena.
No aguanto más el dolor en el pecho, y sin que nadie se diera lo notará se marchó. Caminó por los pasillos de piedra del Santuario sin rumbo. Cada paso la alejaba de él... de todos. Hasta que llegó a la escalinata del templo central. Ahí, bajo la luz tenue de la luna, se detuvo.
Su corazón dolía como si se partiera en mil pedazos.
"No puedo quedarme aquí... No si cada mirada, cada silencio, cada gesto me recuerda que él nunca me eligió."
Cuanso iba dar el paso final, el que la alejaría de todo, alguien la interceptó.
—¿A dónde vas? —preguntó Ikki, con la voz grave, contenida.
—No importa —susurró ella, sin mirarlo.
—Sí importa. Estás huyendo.
—No puedo quedarme, Ikki... No después de ver lo que vi. No después de sentir lo que siento. No soy como Athena. Yo no sé amar así. No puedo salvar a nadie cuando ni siquiera sé quién soy.
Ikki apretó la mandíbula. Caminó hacia ella, con pasos decididos.
—¡Mírame, Valen! —le gritó de pronto, y ella, sorprendida, alzó la vista.
Sus ojos se encontraron. En ellos había dolor. Furia y amor contenido.
—¡No eres la única que sufre por un amor que no puede tener! ¡Pero no por eso vamos a rendirnos! ¡No por eso vas a dejar todo lo que construiste! ¡Este Santuario está en pie gracias a ti!
—Yo no... yo no soy Athena —replicó ella, con lágrimas contenidas—. Yo no sé amar a todos. Yo no puedo cargar con esto sola...
—No tienes que amar a todos —dijo él, bajando el tono de voz—. Solo tienes que dejar de odiarte. Porque hiciste cosas horribles, sí. Pero también diste la vida por nosotros. Salvaste a este lugar. Y mereces quedarte.
Valen bajó la mirada, temblando.
—¿Y si nunca aprendo a amar? ¿Y si nunca soy suficiente para nadie?
Ikki suspiró, dolido, y entonces lo dijo.
—Yo te amo.
El silencio que siguió fue tan denso como la noche.
—Lo sé —agregó Ikkk con una sonrisa triste—. Sé que tu corazón pertenece a otro. Y no espero que me ames igual. Pero al menos... no me dejes solo.
Valen lo miró con los ojos llenos de lágrimas. No sabía que decirle, pero sin saber porque acepto quedarse.
Detrás de ellos, oculto en las sombras, se encontraba Seiya. No lograba escuchar lo que decían, pero interpretó la mirada de Ikki.
Valen tenía a alguien más.
Y por primera vez desde que abrió los ojos, Seiya pensó que, tal vez, su presencia solo traería más dolor.
Tal vez... era hora de alejarse.
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Valen se quedó sola unos instantes tras la confesión de Ikki. Sentía los latidos del corazón retumbar en los oídos como una tamborina rota. El eco de aquellas palabras seguía vibrando en su pecho.
"Yo te amo."
Nadie jamás se lo había dicho así. Sin pedir nada a cambio. Con el dolor a flor de piel. Y sin embargo... ella no podía corresponderle.
No porque no lo quisiera. Sino porque su corazón latía por aquel hombre que con una sonrisa risa testaruda y ojos llenos de justicia, había llenado el vacío que siempre existió en su pecho.